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Covid
Photo
Diaries

Covid Photo Diaries es un proyecto creado por ocho destacados fotoperiodistas españoles que documenta, en diferentes partes del país y a diario, los efectos de la pandemia del Covid-19.

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Olmo Calvo

Fotos de Olmo Calvo y textos de Fabiola Barranco


Biografía

Olmo Calvo nació en Santander (Cantabria) en 1982, actualmente está afincado en Madrid. En 2004 formó parte del grupo fundador del periódico Diagonal haciéndose cargo de la coordinación de fotografía. En 2005 fue cofundador de la cooperativa de fotógrafos SUB de Buenos Aires, con la que ha logrado diferentes premios internacionales como la Bienal de Arte de Cuenca 2009 (Ecuador), o varios premios en los Pictures of the Year de América Latina 2010 y 2012. En 2012 obtuvo el primer premio del XVI Premio Internacional de Fotografía Luis Valtueña, con una serie sobre desahucios en Madrid.

Durante los últimos años ha trabajo documentando la crisis en España realizando reportajes como “Fronteras Invisibles”, “Víctimas de los Desahucios”, “No Job Land” o “Los Que Se Quedan”. En 2013 participó en el Festival Internacional de Fotoperiodismo PhotON de Valencia, en el Circuito de Fotografía Documental de Barcelona y en el Festival Internacional de Fotoperiodismo de Gijón. En 2014 recibió el Premio Internacional de Periodismo de ABC “Mingote”, la Mención de Honor del Premio Nacional de Fotoperiodismo y el premio Desalambre de Videoperiodismo. En 2015 ha recibido un tercer premio en los premios Pictures of the Year Latam en la categoría de imagen individual de Vida Cotidiana.

Actualmente trabaja de manera independiente para medios nacionales e internacionales.

Web

Hoy escribo yo el texto. Quizá lo haga ya todos los días. Fabiola ha comenzado a tener contracciones y se encuentra muy cansada. Son dolorosas e impiden que pueda descansar con normalidad. En el hospital nos han dicho que todo está perfecto, por lo que toca esperar. Aún falta un poco para el parto, pero Iria ya se está preparando dentro de Fabiola. El paso de Madrid a la primera fase nos ha sorprendido en casa, cuidándonos lo mejor posible para que todo vaya bien.
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Hoy escribo yo el texto. Quizá lo haga ya todos los días. Fabiola ha comenzado a tener contracciones y se encuentra muy cansada. Son dolorosas e impiden que pueda descansar con normalidad. En el hospital nos han dicho que todo está perfecto, por lo que toca esperar. Aún falta un poco para el parto, pero Iria ya se está preparando dentro de Fabiola. El paso de Madrid a la primera fase nos ha sorprendido en casa, cuidándonos lo mejor posible para que todo vaya bien.
Durante el paseo me cruzo diariamente con caras y voces que ya son conocidas porque compartimos la rutina de este momento de aire al día. “Ya te falta poquito”. “Enhorabuena”. “Madre mía, estás a puntito”. “Si no te vemos mañana es que ya estarás pariendo”. Me dicen algunas, y nos despedimos con la duda de qué pasará. El sábado por la noche intentamos hacer un recorrido algo más especial y fuimos hasta el Palacio Real. En el camino no encontramos esas voces amigas ni caras conocidas, pero sí rincones del Madrid árabe, antes solo transitado por turistas por donde ahora pasean vecinos. Me pregunto si esta nueva ocupación y disfrute de la ciudad se quedará en anécdota y volverá a imponerse el modelo Airbnb.
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Durante el paseo me cruzo diariamente con caras y voces que ya son conocidas porque compartimos la rutina de este momento de aire al día. “Ya te falta poquito”. “Enhorabuena”. “Madre mía, estás a puntito”. “Si no te vemos mañana es que ya estarás pariendo”. Me dicen algunas, y nos despedimos con la duda de qué pasará. El sábado por la noche intentamos hacer un recorrido algo más especial y fuimos hasta el Palacio Real. En el camino no encontramos esas voces amigas ni caras conocidas, pero sí rincones del Madrid árabe, antes solo transitado por turistas por donde ahora pasean vecinos. Me pregunto si esta nueva ocupación y disfrute de la ciudad se quedará en anécdota y volverá a imponerse el modelo Airbnb.
Desescalada. Salir de cuentas. Larga espera. Verano adelantado. Incertidumbre. Paseos rutinarios. Cambio de fase. Siestas que compartimos juntos mientras pasan -y pesan- los días.
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Desescalada. Salir de cuentas. Larga espera. Verano adelantado. Incertidumbre. Paseos rutinarios. Cambio de fase. Siestas que compartimos juntos mientras pasan -y pesan- los días.
Ni el ruido de caceroladas, ni de gritos vacíos o fascistas llegan a nuestra calle ni a las colindantes. Al contrario, las vecinas y vecinos, seguimos saliendo cada tarde a aplaudir, a saludarnos y constatar que seguimos bien. Ares, Amaia y Franco, los más peques siguen bailando a ritmo de ‘Resistiré’, son los más fieles a esta cita que guarda el sentido homenaje a todos aquellos profesionales que están trabajando para protegernos y combatir el virus, a quienes han perdido la vida en este tiempo y a quienes han superado la enfermedad. Aplaudimos porque sigue siendo un gesto de cariño, unión y antídoto contra el odio.
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Ni el ruido de caceroladas, ni de gritos vacíos o fascistas llegan a nuestra calle ni a las colindantes. Al contrario, las vecinas y vecinos, seguimos saliendo cada tarde a aplaudir, a saludarnos y constatar que seguimos bien. Ares, Amaia y Franco, los más peques siguen bailando a ritmo de ‘Resistiré’, son los más fieles a esta cita que guarda el sentido homenaje a todos aquellos profesionales que están trabajando para protegernos y combatir el virus, a quienes han perdido la vida en este tiempo y a quienes han superado la enfermedad. Aplaudimos porque sigue siendo un gesto de cariño, unión y antídoto contra el odio.
Las dificultades en el campo para la contratación de temporeros, ha visibilizado algo tan estructural como la esencial mano de obra extranjera, que en su mayoría corresponde a personas migrantes en situación irregular, es decir, el eslabón más bajo y castigado de la cadena agrícola pero el más necesario; y que en tiempos de pandemia se está viendo aún más desprotegido. Ayer hablaba precisamente de esto en la frutería con el tendero y otra clienta, al hilo del alto precio de las cerezas, esa fruta exquisita que da la bienvenida al verano y que ahora está por las nubes. Me gustó compartir este tipo de reflexiones con los vecinos y espero que sirva para valorar y defender los derechos laborales de todas y todos. Al llegar a casa con mi puñadito de cerezas, hice una tarta sorpresa para compartir con Olmo -con dedicatoria firmada en plural incluida-.
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Las dificultades en el campo para la contratación de temporeros, ha visibilizado algo tan estructural como la esencial mano de obra extranjera, que en su mayoría corresponde a personas migrantes en situación irregular, es decir, el eslabón más bajo y castigado de la cadena agrícola pero el más necesario; y que en tiempos de pandemia se está viendo aún más desprotegido. Ayer hablaba precisamente de esto en la frutería con el tendero y otra clienta, al hilo del alto precio de las cerezas, esa fruta exquisita que da la bienvenida al verano y que ahora está por las nubes. Me gustó compartir este tipo de reflexiones con los vecinos y espero que sirva para valorar y defender los derechos laborales de todas y todos. Al llegar a casa con mi puñadito de cerezas, hice una tarta sorpresa para compartir con Olmo -con dedicatoria firmada en plural incluida-.
La generosidad, el apoyo y entrega, son sello de identidad de la inmensa mayoría de las abuelas. La crisis económica que comenzó en 2008 fue una prueba clara: pensiones humildes convertidas sustento vital de familias enteras, abuelos cuidadores, y muchos desahuciados por avalar el futuro de sus hijos en la trampa de los bancos. Sin embargo, en esta nueva crisis que ha traído el coronavirus, los abuelos han pasado a estar directamente en el centro de la diana, saldándose con miles de muertes entre personas mayores, en soledad y con una respuesta social y política que, más pronto que tarde, nos avergonzará. Paradojas de la vida, es precisamente en este momento hostil para las generaciones más mayores, cuando mi madre se estrenará como abuela. Por suerte, la ilusión -y nervios- por tener a su nieta en sus brazos alivian cualquier desazón. De momento yo me la imagino leyéndole a Iria “La gran enciclopedia de las abuelas”, un libro divertido que le compré ayer y que sirve como pequeño homenaje a todas estas mujeres.
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La generosidad, el apoyo y entrega, son sello de identidad de la inmensa mayoría de las abuelas. La crisis económica que comenzó en 2008 fue una prueba clara: pensiones humildes convertidas sustento vital de familias enteras, abuelos cuidadores, y muchos desahuciados por avalar el futuro de sus hijos en la trampa de los bancos. Sin embargo, en esta nueva crisis que ha traído el coronavirus, los abuelos han pasado a estar directamente en el centro de la diana, saldándose con miles de muertes entre personas mayores, en soledad y con una respuesta social y política que, más pronto que tarde, nos avergonzará. Paradojas de la vida, es precisamente en este momento hostil para las generaciones más mayores, cuando mi madre se estrenará como abuela. Por suerte, la ilusión -y nervios- por tener a su nieta en sus brazos alivian cualquier desazón. De momento yo me la imagino leyéndole a Iria “La gran enciclopedia de las abuelas”, un libro divertido que le compré ayer y que sirve como pequeño homenaje a todas estas mujeres.
Al cumplir 40 semanas me han hecho la prueba del Covid-19 para establecer las medidas de seguridad a llevar a cabo el día que de a luz. El resultado también determinará si, cuando llegue el momento, Olmo podrá acompañarme o no. Esto, el alta en 24 h o el uso de mascarilla en todo momento, son algunas de las medidas que se toman en esta ‘nueva normalidad’, pero que pueden variar según el avance y control de la pandemia. Lo que viene siendo dar a luz en tiempos de coronavirus.
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Al cumplir 40 semanas me han hecho la prueba del Covid-19 para establecer las medidas de seguridad a llevar a cabo el día que de a luz. El resultado también determinará si, cuando llegue el momento, Olmo podrá acompañarme o no. Esto, el alta en 24 h o el uso de mascarilla en todo momento, son algunas de las medidas que se toman en esta ‘nueva normalidad’, pero que pueden variar según el avance y control de la pandemia. Lo que viene siendo dar a luz en tiempos de coronavirus.
Empezamos este proyecto colectivo con el propósito de documentar la pandemia hace dos meses. En ese momento todavía las palabras como ‘coronavirus’, ‘confinamiento’, ‘pandemia’, desescalada’, etc., no estaban tan interiorizadas en nuestro vocabulario y ahora son parte de nuestra rutina. Documentar y compartir algo tan personal como mi embarazo, era algo completamente nuevo para mí, acostumbrada a estar siempre al otro lado de las historias. Quizás por eso, aunque sea un relato íntimo, siempre hemos querido que al mismo tiempo fuera una ventana a la que asomarse al exterior. De todo esto quedará un recuerdo para Iria, que le tocó nacer en mitad de una pandemia, pero rodeada de amor y lucha.
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Empezamos este proyecto colectivo con el propósito de documentar la pandemia hace dos meses. En ese momento todavía las palabras como ‘coronavirus’, ‘confinamiento’, ‘pandemia’, desescalada’, etc., no estaban tan interiorizadas en nuestro vocabulario y ahora son parte de nuestra rutina. Documentar y compartir algo tan personal como mi embarazo, era algo completamente nuevo para mí, acostumbrada a estar siempre al otro lado de las historias. Quizás por eso, aunque sea un relato íntimo, siempre hemos querido que al mismo tiempo fuera una ventana a la que asomarse al exterior. De todo esto quedará un recuerdo para Iria, que le tocó nacer en mitad de una pandemia, pero rodeada de amor y lucha.
“Yo tengo la idea de que las recién paridas están como iluminadas por dentro y los niños se duermen horas y horas sobre ellas, oyendo ese arroyo de leche tibia que les va llenando los pechos para que ellos mamen, para que ellos jueguen hasta que no quieran más, hasta que retiren la cabeza: otro poquito más, niño…y se les llene la cara y el pecho de gotas blancas”. Así imaginaba la lactancia Yerma, la mujer protagonista de la obra de Federico García Lorca que, hace ya 86 años, llevó al teatro el drama de las normas que la sociedad imponía -y sigue haciendo- a la mujer para que sea madre. Por suerte, después de años, las mujeres seguimos rompiendo tabúes, imposiciones o mitos sobre la maternidad y nuestros cuerpos. Las manchas de leche en mi camiseta, lejos de asustarme, me parecen pura vida.
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“Yo tengo la idea de que las recién paridas están como iluminadas por dentro y los niños se duermen horas y horas sobre ellas, oyendo ese arroyo de leche tibia que les va llenando los pechos para que ellos mamen, para que ellos jueguen hasta que no quieran más, hasta que retiren la cabeza: otro poquito más, niño…y se les llene la cara y el pecho de gotas blancas”. Así imaginaba la lactancia Yerma, la mujer protagonista de la obra de Federico García Lorca que, hace ya 86 años, llevó al teatro el drama de las normas que la sociedad imponía -y sigue haciendo- a la mujer para que sea madre. Por suerte, después de años, las mujeres seguimos rompiendo tabúes, imposiciones o mitos sobre la maternidad y nuestros cuerpos. Las manchas de leche en mi camiseta, lejos de asustarme, me parecen pura vida.
Quise ponerle al mal tiempo buena cara. Por eso, antes de salir al paseo me apetecía acicalarme. Desde que empezó el confinamiento nunca lo había hecho, pero ayer el cuerpo me lo pedía. No sé si se trataba de un impulso inconsciente para celebrar el 15 de mayo, un día de orgullo castizo y revolucionario. Incluso me pinté los labios, aunque la mascarilla lo tapara. Pero este año, el carmín como la verbena, va por dentro.
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Quise ponerle al mal tiempo buena cara. Por eso, antes de salir al paseo me apetecía acicalarme. Desde que empezó el confinamiento nunca lo había hecho, pero ayer el cuerpo me lo pedía. No sé si se trataba de un impulso inconsciente para celebrar el 15 de mayo, un día de orgullo castizo y revolucionario. Incluso me pinté los labios, aunque la mascarilla lo tapara. Pero este año, el carmín como la verbena, va por dentro.
La ley de Murphy ha querido que en mitad de la pandemia y en plena espera del parto, me tocara visitar a la dentista. En cualquier otro momento no sería nada destacable pero ahora lo es, y más viviendo en Madrid donde seguimos en la fase cero de la desescalada. Era la primera vez que acudía a esta clínica del barrio y liderada por mujeres, con un trato especialmente cercano que llamó mi atención desde el inicio. No sé si son los efectos secundarios del confinamiento, que ya cualquier contacto amable, cercano y de camaradería nos parece exótico.
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La ley de Murphy ha querido que en mitad de la pandemia y en plena espera del parto, me tocara visitar a la dentista. En cualquier otro momento no sería nada destacable pero ahora lo es, y más viviendo en Madrid donde seguimos en la fase cero de la desescalada. Era la primera vez que acudía a esta clínica del barrio y liderada por mujeres, con un trato especialmente cercano que llamó mi atención desde el inicio. No sé si son los efectos secundarios del confinamiento, que ya cualquier contacto amable, cercano y de camaradería nos parece exótico.
Los últimos coletazos de la primavera nos están dejando algunos días de cielos encapotados. Anoche, tras volver de un breve paseo bajo el paraguas, me senté a oscuras en el sofá sin más cometido que el gusto de acariciar mi vientre. De pronto, ese estímulo traspasó la piel e Iria no dejó de responder con fuertes movimientos que deformaban la esfera de mi barriga. Estaba a oscuras y alumbré con mi móvil aquella estampa para que también Olmo pudiera disfrutarlo. Después de nueve meses de embarazo, contando los días -incluso las horas- para ver su carita, instantes como estos no dejan de sorprenderme. Y me alegra los días grises.
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Los últimos coletazos de la primavera nos están dejando algunos días de cielos encapotados. Anoche, tras volver de un breve paseo bajo el paraguas, me senté a oscuras en el sofá sin más cometido que el gusto de acariciar mi vientre. De pronto, ese estímulo traspasó la piel e Iria no dejó de responder con fuertes movimientos que deformaban la esfera de mi barriga. Estaba a oscuras y alumbré con mi móvil aquella estampa para que también Olmo pudiera disfrutarlo. Después de nueve meses de embarazo, contando los días -incluso las horas- para ver su carita, instantes como estos no dejan de sorprenderme. Y me alegra los días grises.
La ‘nueva normalidad’ arrastra fantasmas del pasado. En mi barrio, por ejemplo, la basura en las calles no desaparece y los coches siguen aparcados invadiendo las aceras, bloqueando incluso el acceso a algunas casas. Al volver del paseo nocturno pienso en este recorrido dentro de unos días, cuando Iria haya nacido y sortear todos estos obstáculos con el carrito sea aún más difícil. Me apena que, como sociedad, sigamos siendo incapaces de cuidar los espacios públicos, ni siquiera en tiempos de coronavirus.
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La ‘nueva normalidad’ arrastra fantasmas del pasado. En mi barrio, por ejemplo, la basura en las calles no desaparece y los coches siguen aparcados invadiendo las aceras, bloqueando incluso el acceso a algunas casas. Al volver del paseo nocturno pienso en este recorrido dentro de unos días, cuando Iria haya nacido y sortear todos estos obstáculos con el carrito sea aún más difícil. Me apena que, como sociedad, sigamos siendo incapaces de cuidar los espacios públicos, ni siquiera en tiempos de coronavirus.
Desde hace unos días ya no soy capaz de sentarme en el plato de ducha como solía hacer, sino que me ayudo de un taburete. Pero nada de esto impide que el agua corriendo sobre mi cuerpo siga siendo el momento de conexión más fuerte entre Iria y yo. Es ese regalo del día que a veces se repite más de una vez y en el que pierdo la noción del tiempo y espacio porque todos mis  sentidos están puestos en ella.
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Desde hace unos días ya no soy capaz de sentarme en el plato de ducha como solía hacer, sino que me ayudo de un taburete. Pero nada de esto impide que el agua corriendo sobre mi cuerpo siga siendo el momento de conexión más fuerte entre Iria y yo. Es ese regalo del día que a veces se repite más de una vez y en el que pierdo la noción del tiempo y espacio porque todos mis  sentidos están puestos en ella.
“En este proceso vamos todos juntos. Si suspende uno, suspendemos todos juntos. Por tanto, yo creo que tenemos que tener mucho cuidado con algunas de las expresiones que utilizamos porque nadie suspende”, contestaba ayer Fernando Simón en rueda de prensa. La verdad es que la serenidad, el esfuerzo didáctico y entrega que está demostrando diariamente el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad, nos tranquiliza a muchos. Y más cuando otros se empeñan en generar ruido y odio, y defender a los mercados por encima de las vidas humanas.
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“En este proceso vamos todos juntos. Si suspende uno, suspendemos todos juntos. Por tanto, yo creo que tenemos que tener mucho cuidado con algunas de las expresiones que utilizamos porque nadie suspende”, contestaba ayer Fernando Simón en rueda de prensa. La verdad es que la serenidad, el esfuerzo didáctico y entrega que está demostrando diariamente el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad, nos tranquiliza a muchos. Y más cuando otros se empeñan en generar ruido y odio, y defender a los mercados por encima de las vidas humanas.
Es posible que el ocho de mayo fuera de los días más bonitos vividos hasta el momento, en esta etapa confinada. A quienes el clima nos afecta tanto en el estado de ánimo, la primavera radiante es una gran aliada. Como también lo fue el reencuentro con mis amigas durante el paseo por la mañana y la ilusión de abrir los paquetes de regalos que nos hicieron a Iria y a mí. Me vine arriba y el cuerpo me pedía bailar. Además, coincidió con la apertura de -algunos- parques en Madrid y una luna llena preciosa. (Más detalles de la ‘nueva normalidad’).
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Es posible que el ocho de mayo fuera de los días más bonitos vividos hasta el momento, en esta etapa confinada. A quienes el clima nos afecta tanto en el estado de ánimo, la primavera radiante es una gran aliada. Como también lo fue el reencuentro con mis amigas durante el paseo por la mañana y la ilusión de abrir los paquetes de regalos que nos hicieron a Iria y a mí. Me vine arriba y el cuerpo me pedía bailar. Además, coincidió con la apertura de -algunos- parques en Madrid y una luna llena preciosa. (Más detalles de la ‘nueva normalidad’).
Desde ayer por la noche, en la percha de la entrada de casa cuelgan dos bolsas que son una suerte de equipaje para cuando llegue el momento de ir al hospital. No sabemos cuándo será, pero cada vez estamos más cerca. Ha empezado la cuenta atrás.
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Desde ayer por la noche, en la percha de la entrada de casa cuelgan dos bolsas que son una suerte de equipaje para cuando llegue el momento de ir al hospital. No sabemos cuándo será, pero cada vez estamos más cerca. Ha empezado la cuenta atrás.
Un helecho, el carrito de la compra, una bolsa donde tiramos guantes y mascarillas usadas, una palangana con agua y lejía, y una percha donde cuelgo la ropa que uso para salir a la calle. Ese es el atrezo del rellano en tiempos de pandemia. Un espacio que se ha convertido en nuestro particular vestuario antes de entrar en casa. Esto también es parte de la ‘nueva normalidad’, al menos de la nuestra.
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Un helecho, el carrito de la compra, una bolsa donde tiramos guantes y mascarillas usadas, una palangana con agua y lejía, y una percha donde cuelgo la ropa que uso para salir a la calle. Ese es el atrezo del rellano en tiempos de pandemia. Un espacio que se ha convertido en nuestro particular vestuario antes de entrar en casa. Esto también es parte de la ‘nueva normalidad’, al menos de la nuestra.
Siempre me han fascinado las pequeñas escenas cotidianas que en el momento parecen pasar sin pena ni gloria, pero que dejan anclados en tu memoria olores o sabores que un día revives con nostalgia. Creo que cuando eche la vista atrás de este periodo tan extraño que estamos viviendo y que se funde con mi último tramo de embarazo, será el olor a lejía lo que me haga recordar esos ratos de limpieza en casa, en los que Olmo y yo escuchamos música, compartimos risas, preocupaciones y silencios. Retales de nuestro día a día que, desde su sencillez más mundana guardan el misterio más dulce.
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Siempre me han fascinado las pequeñas escenas cotidianas que en el momento parecen pasar sin pena ni gloria, pero que dejan anclados en tu memoria olores o sabores que un día revives con nostalgia. Creo que cuando eche la vista atrás de este periodo tan extraño que estamos viviendo y que se funde con mi último tramo de embarazo, será el olor a lejía lo que me haga recordar esos ratos de limpieza en casa, en los que Olmo y yo escuchamos música, compartimos risas, preocupaciones y silencios. Retales de nuestro día a día que, desde su sencillez más mundana guardan el misterio más dulce.
Gran parte de la comunidad china en España empezó el confinamiento antes de que se decretara el estado de alarma. Algunos niños dejaron las aulas antes de que se cerraran las escuelas y la mayoría de los negocios echaron el cierre. Eso fue lo que hicieron Ai -o Luis, como se identifica en español- y su mujer, Mónica. Sin embargo, después de casi dos meses, volvieron a abrir hace unos días su negocio de alimentación y bazar en nuestro barrio. Intuyo que las dificultades económicas fueron una razón de peso para su reapertura. Se alegraron de vernos -y nosotros también-. Por cierto, ¡después de semanas de búsqueda... conseguí una caja de levadura!
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Gran parte de la comunidad china en España empezó el confinamiento antes de que se decretara el estado de alarma. Algunos niños dejaron las aulas antes de que se cerraran las escuelas y la mayoría de los negocios echaron el cierre. Eso fue lo que hicieron Ai -o Luis, como se identifica en español- y su mujer, Mónica. Sin embargo, después de casi dos meses, volvieron a abrir hace unos días su negocio de alimentación y bazar en nuestro barrio. Intuyo que las dificultades económicas fueron una razón de peso para su reapertura. Se alegraron de vernos -y nosotros también-. Por cierto, ¡después de semanas de búsqueda... conseguí una caja de levadura!
Volvimos a pasear por segundo atardecer consecutivo. Esta vez buscamos una ruta nueva por el barrio, alguna alternativa menos transitada. Sin embargo, el cierre de parques y zonas verdes en Madrid no lo pone fácil. Las aceras no dan más de sí y en varios momentos no hay otra alternativa que caminar por la calzada. Al final, rodeando la tapia del cementerio de San Isidro, en un camino de gravilla, conseguí dar en soledad mis cortos y pesados pasos mientras acaricio mi ya pesado vientre. Ojalá los paseos con Iria sean lejos del asfalto.
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Volvimos a pasear por segundo atardecer consecutivo. Esta vez buscamos una ruta nueva por el barrio, alguna alternativa menos transitada. Sin embargo, el cierre de parques y zonas verdes en Madrid no lo pone fácil. Las aceras no dan más de sí y en varios momentos no hay otra alternativa que caminar por la calzada. Al final, rodeando la tapia del cementerio de San Isidro, en un camino de gravilla, conseguí dar en soledad mis cortos y pesados pasos mientras acaricio mi ya pesado vientre. Ojalá los paseos con Iria sean lejos del asfalto.
Flotar entre ficción y realidad fue la sensación que tuve durante el primer paseo de la desescalada. Fuimos muchas las que salimos a la calle en un atardecer con aire veraniego. Intuía más de una sonrisa detrás de las mascarillas. Parejas de la mano paseando cruzando el río y algunos más solitarios compartían el momento por videollamada. Reconozco que, después de tantos días de encierro, abrumaba cruzarse con tanta gente. Sin duda, lo más comentado en Madrid es la petición de la ciudadanía de la apertura de parques o zonas de verdes de paseo para que este ratito del día sea seguro y no nos dé ningún susto.
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Flotar entre ficción y realidad fue la sensación que tuve durante el primer paseo de la desescalada. Fuimos muchas las que salimos a la calle en un atardecer con aire veraniego. Intuía más de una sonrisa detrás de las mascarillas. Parejas de la mano paseando cruzando el río y algunos más solitarios compartían el momento por videollamada. Reconozco que, después de tantos días de encierro, abrumaba cruzarse con tanta gente. Sin duda, lo más comentado en Madrid es la petición de la ciudadanía de la apertura de parques o zonas de verdes de paseo para que este ratito del día sea seguro y no nos dé ningún susto.
Y de repente, los detalles más simples desprenden belleza. Como ese rayito de luz directo a Iria. Y ahí, su padre supo verlo -y captarlo-.
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Y de repente, los detalles más simples desprenden belleza. Como ese rayito de luz directo a Iria. Y ahí, su padre supo verlo -y captarlo-.
Sólo tengo palabras de agradecimiento y cariño a todo el personal sanitario que me está acompañando en estos nueve meses de embarazo. Es un alivio sentirse tan protegida en esta recta final que, además, coincide con una pandemia que está alterando el orden mundial de nuestra historia. Pero ellos y ellas, lejos de descuidarnos nos están tratando con mayor profesionalidad y humanidad. Este es el valor de la Sanidad Pública tan vapuleada en los últimos años que ahora, muchos de sus detractores se atreven a vitorear sin proteger. Esto también se lo contaré a Iria, porque nos queda mucho por defender.
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Sólo tengo palabras de agradecimiento y cariño a todo el personal sanitario que me está acompañando en estos nueve meses de embarazo. Es un alivio sentirse tan protegida en esta recta final que, además, coincide con una pandemia que está alterando el orden mundial de nuestra historia. Pero ellos y ellas, lejos de descuidarnos nos están tratando con mayor profesionalidad y humanidad. Este es el valor de la Sanidad Pública tan vapuleada en los últimos años que ahora, muchos de sus detractores se atreven a vitorear sin proteger. Esto también se lo contaré a Iria, porque nos queda mucho por defender.
El trayecto de casa al hospital se ha convertido en una experiencia casi mística. Un viaje en coche que cruza algunas calles del corazón de Madrid, ahora desiertas. Sin embargo, he de decir que, en esta ocasión, respecto a la última hace dos semanas, he notado algo diferente. Desde la ventanilla el paisaje era menos fantasmagórico y el ruido parecía cobrar más protagonismo que el silencio. Espero -y deseo- que la prudencia y la responsabilidad ciudadana nos acompañe en esta nueva etapa de fuego que llaman “desescalada”.
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El trayecto de casa al hospital se ha convertido en una experiencia casi mística. Un viaje en coche que cruza algunas calles del corazón de Madrid, ahora desiertas. Sin embargo, he de decir que, en esta ocasión, respecto a la última hace dos semanas, he notado algo diferente. Desde la ventanilla el paisaje era menos fantasmagórico y el ruido parecía cobrar más protagonismo que el silencio. Espero -y deseo- que la prudencia y la responsabilidad ciudadana nos acompañe en esta nueva etapa de fuego que llaman “desescalada”.
“Fabiola, Iria y Olmo: Os queremos y os deseamos toda la felicidad. Estamos con vosotros, aunque la distancia nos separe”. Nos llegan abrazos transformados en orquídeas y cartas. No se funden en cuerpos, sino en lágrimas de amor. Los afectos no entienden de pandemias.
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“Fabiola, Iria y Olmo: Os queremos y os deseamos toda la felicidad. Estamos con vosotros, aunque la distancia nos separe”. Nos llegan abrazos transformados en orquídeas y cartas. No se funden en cuerpos, sino en lágrimas de amor. Los afectos no entienden de pandemias.
Algo positivo que saco del confinamiento es el propio cambio de ritmo de nuestras vidas. Una velocidad más pausada que, imagino, en ciudades frenéticas como Madrid, el cambio es más notorio. Y te ves un lunes cualquiera preparando una comida más especial o laboriosa, acompañada por su correspondiente sobremesa y cabezadita en el sofá. No perdamos las buenas costumbres.
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Algo positivo que saco del confinamiento es el propio cambio de ritmo de nuestras vidas. Una velocidad más pausada que, imagino, en ciudades frenéticas como Madrid, el cambio es más notorio. Y te ves un lunes cualquiera preparando una comida más especial o laboriosa, acompañada por su correspondiente sobremesa y cabezadita en el sofá. No perdamos las buenas costumbres.
Con cautela y expectación, celebro las buenas noticias que van llegando poco a poco. El aplanamiento de la curva, que concuerda con un leve alivio de muchos allegados sanitarios. La salida de los más pequeños el domingo, que vivieron la jornada con la ilusión de un seis de enero y que pude disfrutar gracias a los vídeos o fotos que me mandaron muchas amigas con sus peques, o con las fotos de mi compañero Olmo en la que se apreciaba un Madrid respetuoso y radiante, pese a todo. Estas son pequeñas bocanadas de aire que vamos necesitando y que, en mi caso, también contrarrestan con los dolores de espalda y el insomnio cada vez más perseverantes en esta recta final de embarazo. Hoy será mi primer día de baja laboral, se acabó el teletrabajo para cuidarme un poquito más.
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Con cautela y expectación, celebro las buenas noticias que van llegando poco a poco. El aplanamiento de la curva, que concuerda con un leve alivio de muchos allegados sanitarios. La salida de los más pequeños el domingo, que vivieron la jornada con la ilusión de un seis de enero y que pude disfrutar gracias a los vídeos o fotos que me mandaron muchas amigas con sus peques, o con las fotos de mi compañero Olmo en la que se apreciaba un Madrid respetuoso y radiante, pese a todo. Estas son pequeñas bocanadas de aire que vamos necesitando y que, en mi caso, también contrarrestan con los dolores de espalda y el insomnio cada vez más perseverantes en esta recta final de embarazo. Hoy será mi primer día de baja laboral, se acabó el teletrabajo para cuidarme un poquito más. Texto: Fabiola Barranco
El viernes, en la sobremesa del aplauso -como me gusta llamar a ese ratito que estiramos para charlar un poco desde nuestras ventanas, aunque sea del tiempo- notamos que los ánimos estaban flaqueando. Además, la música y ambiente festivo que sale de una terraza más abajo de la calle, no nos llega. Por eso planeamos que el sábado después de aplaudir, bailaríamos y brindaríamos desde nuestras ventanas. Eso hicimos. Esther y Javi, mis vecinos de enfrente se encargaron de poner música a esta particular verbena confinada. El tamaño de mi barriga cada vez me dificulta más asomarme por la ventana para ver a los vecinos, pero alcancé ver a una señora mayor aplaudiendo siguiendo la música y pude unirme al coro vecinal a ritmo de Muchachito Bombo Infierno o Los Chichos. ¡Qué nos quiten lo bailao!
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El viernes, en la sobremesa del aplauso -como me gusta llamar a ese ratito que estiramos para charlar un poco desde nuestras ventanas, aunque sea del tiempo- notamos que los ánimos estaban flaqueando. Además, la música y ambiente festivo que sale de una terraza más abajo de la calle, no nos llega. Por eso planeamos que el sábado después de aplaudir, bailaríamos y brindaríamos desde nuestras ventanas. Eso hicimos. Esther y Javi, mis vecinos de enfrente se encargaron de poner música a esta particular verbena confinada. El tamaño de mi barriga cada vez me dificulta más asomarme por la ventana para ver a los vecinos, pero alcancé ver a una señora mayor aplaudiendo siguiendo la música y pude unirme al coro vecinal a ritmo de Muchachito Bombo Infierno o Los Chichos. ¡Qué nos quiten lo bailao!
Desde mi habitación, mientras hacía ejercicios con la pelota, escuchaba atenta la clase online de la matrona sobre lo que nos depara el posparto. Hablamos de “entuertos”, “loquios”, “desgarros”, pero también de la cuarentena después de dar a luz y la importancia de los cuidados en esos momentos. Sara, la matrona, se explaya con dulzura y se esfuerza en plantearnos el escenario más amplio posible y desmitificar la idea de las madres de cuerpos perfectos nada más parir. También nos explica los protocolos habituales, como por ejemplo el tiempo de estancia en el hospital o las visitas. Dos aspectos que han cambiado radicalmente en estos momentos de pandemia. Estaremos lo menos posible ingresadas y todavía es una incógnita el tiempo que ha de pasar hasta que veamos a nuestros seres queridos una vez que nazca la niña. Reconozco que esto último me da un pellizquito por dentro.
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Desde mi habitación, mientras hacía ejercicios con la pelota, escuchaba atenta la clase online de la matrona sobre lo que nos depara el posparto. Hablamos de “entuertos”, “loquios”, “desgarros”, pero también de la cuarentena después de dar a luz y la importancia de los cuidados en esos momentos. Sara, la matrona, se explaya con dulzura y se esfuerza en plantearnos el escenario más amplio posible y desmitificar la idea de las madres de cuerpos perfectos nada más parir. También nos explica los protocolos habituales, como por ejemplo el tiempo de estancia en el hospital o las visitas. Dos aspectos que han cambiado radicalmente en estos momentos de pandemia. Estaremos lo menos posible ingresadas y todavía es una incógnita el tiempo que ha de pasar hasta que veamos a nuestros seres queridos una vez que nazca la niña. Reconozco que esto último me da un pellizquito por dentro.
En la sala de espera sólo mujeres embarazadas, ataviadas con guantes y mascarillas esperamos nuestro turno. Antes de entrar a consulta, la enfermera, guardando la distancia de seguridad, nos hace una serie de preguntas para valorar si tenemos o tuvimos síntomas de coronavirus. Quizás no sea el triaje perfecto, pero parece que no tienen otros medios, y la paciencia y tacto de la profesional lo compensa. Una de las mujeres reconocer haber estado ingresada en IFEMA y seguir con tos. El silencio en la sala se hace tangible, se enrarece. La enfermera, con delicadeza, le pide que espere en el otro extremo y le comunica que será la última en ser atendida porque tienen que recibir los EPI y seguir un protocolo de desinfección de la consulta. Ella parece entenderlo, sin embargo, su pareja se muestra ofendido con la enfermera. Desde mi asiento me irrita la reacción del chico, aunque empatizo tanto con su pareja -que puede llegar a sentirse señalada-, como con la profesional sanitaria que demuestra poner todo de su parte. “Le vamos a atender exactamente igual que a todo el mundo, pero necesitamos seguir un protocolo de seguridad para proteger al resto de pacientes y a nosotros mismos”, zanja ella elegantemente. Llega mi turno. Tanto el médico como la enfermera no pierden un ápice de paciencia, profesionalidad e, incluso, cariño en el trato. En un momento me permito la licencia de transmitirles mi apoyo y ánimo. Lo agradecen y es entonces cuando me confiesan que aún no les han realizado ningún test de COVID19 y las medidas de protección mejoran a cuentagotas. Cambiamos de tema. Su tono cálido y cercano alivia mi desconcierto a pocos días de parir en este momento de tanta incertidumbre.
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En la sala de espera sólo mujeres embarazadas, ataviadas con guantes y mascarillas esperamos nuestro turno. Antes de entrar a consulta, la enfermera, guardando la distancia de seguridad, nos hace una serie de preguntas para valorar si tenemos o tuvimos síntomas de coronavirus. Quizás no sea el triaje perfecto, pero parece que no tienen otros medios, y la paciencia y tacto de la profesional lo compensa.Una de las mujeres reconocer haber estado ingresada en IFEMA y seguir con tos. El silencio en la sala se hace tangible, se enrarece. La enfermera, con delicadeza, le pide que espere en el otro extremo y le comunica que será la última en ser atendida porque tienen que recibir los EPI y seguir un protocolo de desinfección de la consulta. Ella parece entenderlo, sin embargo, su pareja se muestra ofendido con la enfermera. Desde mi asiento me irrita la reacción del chico, aunque empatizo tanto con su pareja -que puede llegar a sentirse señalada-, como con la profesional sanitaria que demuestra poner todo de su parte. “Le vamos a atender exactamente igual que a todo el mundo, pero necesitamos seguir un protocolo de seguridad para proteger al resto de pacientes y a nosotros mismos”, zanja ella elegantemente.Llega mi turno. Tanto el médico como la enfermera no pierden un ápice de paciencia, profesionalidad e, incluso, cariño en el trato. En un momento me permito la licencia de transmitirles mi apoyo y ánimo. Lo agradecen y es entonces cuando me confiesan que aún no les han realizado ningún test de COVID19 y las medidas de protección mejoran a cuentagotas. Cambiamos de tema. Su tono cálido y cercano alivia mi desconcierto a pocos días de parir en este momento de tanta incertidumbre.
Alguna mañana, Sara -amiga, vecina y compañera de profesión- me ha sorprendido llamando al timbre para dejarme algún detalle. La compra de 6kg de tomate para hacer mi ya famosa salsa, unas croquetas deliciosas de queso feta y calabaza o hilo y alfileres para poder hacer mis experimentos de costura. Lo último han sido unas plantas para llenar la casa de primavera y hacer más acogedora la bienvenida a Iria. Gracias, querida.
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Alguna mañana, Sara -amiga, vecina y compañera de profesión- me ha sorprendido llamando al timbre para dejarme algún detalle. La compra de 6kg de tomate para hacer mi ya famosa salsa, unas croquetas deliciosas de queso feta y calabaza o hilo y alfileres para poder hacer mis experimentos de costura. Lo último han sido unas plantas para llenar la casa de primavera y hacer más acogedora la bienvenida a Iria. Gracias, querida.
Ya han pasado unos días desde que me hicieron la última ecografía. La foto ha estado rondando por el salón, la habitación, el escritorio. Me gusta tenerla presente y darle más forma a la imaginación que quiere descubrir cómo será. Pero para eso nos queda toda una vida. De momento, esta foto será uno de los recuerdos más dulces de esta época tan amarga.
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Ya han pasado unos días desde que me hicieron la última ecografía. La foto ha estado rondando por el salón, la habitación, el escritorio. Me gusta tenerla presente y darle más forma a la imaginación que quiere descubrir cómo será. Pero para eso nos queda toda una vida. De momento, esta foto será uno de los recuerdos más dulces de esta época tan amarga.
Ares y Amaia son mis vecinos de enfrente, cada día nos saludamos desde nuestras ventanas a las ocho de la tarde. Son los primeros en salir a aplaudir, un acontecimiento que no se han perdido ni un solo día, igual que no han pisado la calle en estos más de 40 días de confinamiento. Pero ayer celebraban a los cuatro vientos y con la dulzura especial de los niños que guardan ilusión, que a partir del 27 de abril ya tendrán permitido salir a la calle con ciertas restricciones. Ares, de seis años, también dice que va contando los días que faltan para que pueda bajar a la calle. Imagina con su hermana, de unos 10 años, cómo será ese día. Saben que no podrán ir a los parques porque están precintados y que serán salidas cortas, pero ella dice que se conforma con bajar y subir nuestra calle en patines. Seguro que serán más responsables que muchos adultos. Mi aplauso también va para ellos.
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Ares y Amaia son mis vecinos de enfrente, cada día nos saludamos desde nuestras ventanas a las ocho de la tarde. Son los primeros en salir a aplaudir, un acontecimiento que no se han perdido ni un solo día, igual que no han pisado la calle en estos más de 40 días de confinamiento. Pero ayer celebraban a los cuatro vientos y con la dulzura especial de los niños que guardan ilusión, que a partir del 27 de abril ya tendrán permitido salir a la calle con ciertas restricciones. Ares, de seis años, también dice que va contando los días que faltan para que pueda bajar a la calle. Imagina con su hermana, de unos 10 años, cómo será ese día. Saben que no podrán ir a los parques porque están precintados y que serán salidas cortas, pero ella dice que se conforma con bajar y subir nuestra calle en patines. Seguro que serán más responsables que muchos adultos. Mi aplauso también va para ellos.
Por primera vez -sin ayuda de nadie- usé la máquina de coser, hasta ahora relegada en un armario. Quería personalizar uno de los bodis de Iria con una tela preciosa que Olmo me trajo de Níger hace unos meses. La verdad es que fue todo un reto, lo mío sigue siendo coser a mano. Fue un cóctel de frustración, mil intentos de ensayo-prueba-error, pero también de ilusión y amor que genera hacer algo con tus propias manos para alguien a quien quieres. He de decir que al final me quedé satisfecha con el resultado. No quedó perfecto, pero de pronto me parecieron preciosas las puntadas imperfectas que dejan rastro del aprendizaje. Y vi reflejada en esta hazaña una buena metáfora del desafío que me espera: la crianza.
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Por primera vez -sin ayuda de nadie- usé la máquina de coser, hasta ahora relegada en un armario. Quería personalizar uno de los bodis de Iria con una tela preciosa que Olmo me trajo de Níger hace unos meses. La verdad es que fue todo un reto, lo mío sigue siendo coser a mano. Fue un cóctel de frustración, mil intentos de ensayo-prueba-error, pero también de ilusión y amor que genera hacer algo con tus propias manos para alguien a quien quieres. He de decir que al final me quedé satisfecha con el resultado. No quedó perfecto, pero de pronto me parecieron preciosas las puntadas imperfectas que dejan rastro del aprendizaje. Y vi reflejada en esta hazaña una buena metáfora del desafío que me espera: la crianza.
Hace unos días un compañero de trabajo propuso al equipo jugar a un bingo online, después de teletrabajar y antes de los aplausos. La verdad es que al principio no me convencía la idea, aunque las pantallas son nuestro principal salvavidas de comunicación estos días, me daba mucha pereza. No canté línea ni bingo, pero terminó siendo uno de los ratos más divertidos en estas semanas de confinamiento. Supongo que desde nuestras casas estamos descubriendo nuevas formas de ocio, que despiertan nuestra imaginación. En eso, los peques nos llevan siglos de ventaja.
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Hace unos días un compañero de trabajo propuso al equipo jugar a un bingo online, después de teletrabajar y antes de los aplausos. La verdad es que al principio no me convencía la idea, aunque las pantallas son nuestro principal salvavidas de comunicación estos días, me daba mucha pereza. No canté línea ni bingo, pero terminó siendo uno de los ratos más divertidos en estas semanas de confinamiento. Supongo que desde nuestras casas estamos descubriendo nuevas formas de ocio, que despiertan nuestra imaginación. En eso, los peques nos llevan siglos de ventaja.
Llevaba días inquieta esperando esta cita. Habían pasado tres meses desde la última ecografía. Siempre es emocionante ver desde la pantalla su corazón latir, reconocer su cuerpecito cada vez más formado (¡ya roza los 3kg!), conocerla un poco más y, lo más importante, confirmar que todo está bien. En esta ocasión disfruté de este momento tan especial sola. Olmo no pudo entrar en la consulta debido al nuevo protocolo por el COVID19; sentí mucha pena cuando nos lo dijeron, pero al mismo tiempo lo entendimos perfectamente. Al salir, me esperaba en la sala de espera vacía. Quise abrazarle y besarle, pero la mascarilla, los guantes y la distancia social fuera de casa, ejercen siempre de barrera. “Va todo genial, es una gordita”, atiné a decirle aún emocionada.
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Llevaba días inquieta esperando esta cita. Habían pasado tres meses desde la última ecografía. Siempre es emocionante ver desde la pantalla su corazón latir, reconocer su cuerpecito cada vez más formado (¡ya roza los 3kg!), conocerla un poco más y, lo más importante, confirmar que todo está bien. En esta ocasión disfruté de este momento tan especial sola. Olmo no pudo entrar en la consulta debido al nuevo protocolo por el COVID19; sentí mucha pena cuando nos lo dijeron, pero al mismo tiempo lo entendimos perfectamente. Al salir, me esperaba en la sala de espera vacía. Quise abrazarle y besarle, pero la mascarilla, los guantes y la distancia social fuera de casa, ejercen siempre de barrera. “Va todo genial, es una gordita”, atiné a decirle aún emocionada.
Antes del confinamiento ignoraba casi por completo las notificaciones de las redes sociales que te recuerdan qué hacías hace un año, o dos, o tres, o los que fueran. Sin embargo, reconozco que ahora me gusta sentir ese pellizquito de nostalgia que te sitúa en los recuerdos como si de otra vida se tratara. Hace justo un año, Olmo y yo estábamos en Palestina, visitando a nuestra amiga Cristina corresponsal allí y conociendo uno de los lugares más castigados del planeta. Nos lo recuerda Facebook con una foto que tomó Olmo desde el campo de refugiados de Aida (en Belén) en la que se puede ver cómo se impone el muro israelí: máxima expresión de la vergüenza, el apartheid, la ocupación y la violencia hacia el pueblo palestino. Un pueblo que, pese a tantas injusticias, sigue en pie porque, como ellos mismos dicen, “Existir es resistir”.
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Antes del confinamiento ignoraba casi por completo las notificaciones de las redes sociales que te recuerdan qué hacías hace un año, o dos, o tres, o los que fueran. Sin embargo, reconozco que ahora me gusta sentir ese pellizquito de nostalgia que te sitúa en los recuerdos como si de otra vida se tratara. Hace justo un año, Olmo y yo estábamos en Palestina, visitando a nuestra amiga Cristina corresponsal allí y conociendo uno de los lugares más castigados del planeta. Nos lo recuerda Facebook con una foto que tomó Olmo desde el campo de refugiados de Aida (en Belén) en la que se puede ver cómo se impone el muro israelí: máxima expresión de la vergüenza, el apartheid, la ocupación y la violencia hacia el pueblo palestino. Un pueblo que, pese a tantas injusticias, sigue en pie porque, como ellos mismos dicen, “Existir es resistir”.
Las tormentas de esta primavera traen más nostalgia que otras. Desde dentro de casa me imagino paseando sin paraguas, aventuro a descifrar el arcoíris que no se ve desde mi balcón y me conformo con dibujar mandalas apoyada en mi barriga, porque mi capacidad de concentración no da para más. Dicen que el aire está más limpio, que las plazas de cemento y piedra se están volviendo verdes, que las lindes del campo se diluyen dentro de las ciudades. Que el confinamiento está dando un respiro a la naturaleza. Y ojalá sea así y no volvamos asfixiarla y apostemos por un consumo responsable.
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Las tormentas de esta primavera traen más nostalgia que otras. Desde dentro de casa me imagino paseando sin paraguas, aventuro a descifrar el arcoíris que no se ve desde mi balcón y me conformo con dibujar mandalas apoyada en mi barriga, porque mi capacidad de concentración no da para más. Dicen que el aire está más limpio, que las plazas de cemento y piedra se están volviendo verdes, que las lindes del campo se diluyen dentro de las ciudades. Que el confinamiento está dando un respiro a la naturaleza. Y ojalá sea así y no volvamos asfixiarla y apostemos por un consumo responsable.
Ayer mi compañero trabajó documentando la desinfección y reorganización de una residencia de ancianos, uno de los epicentros de esta pandemia, de donde salen las cifras mortales más elevadas que tanto nos indignan. Sin embargo, ya empiezan a salir a la luz las acciones cobardes y de odio -como la pintada en el coche de una ginecóloga en la que podía leerse “rata infecta”-, contra quienes ponen el cuerpo para parar el virus, cuidar a quienes lo sufren o proteger a quienes nos zafamos. Por otro lado, hay quienes los llaman “héroes o heroínas”. Yo me resisto a hacerlo, detesto ese término que alude a lo divino, cuando se trata de algo tan terrenal y humano como cuidarnos unos a otros. Prefiero brindarles mi apoyo y confianza. Al regresar por la noche, con la marca de las gafas de protección en la cara y más de 500 km recorridos, Olmo no fue recibido ni como un apestado ni como un héroe. Después de ducharse y hacer el protocolo habitual de desinfección que tenemos en casa, me contó con respeto todo lo que presenció y captó con su cámara. Así es el periodismo, otra profesión en primera línea de esta pandemia.
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Ayer mi compañero trabajó documentando la desinfección y reorganización de una residencia de ancianos, uno de los epicentros de esta pandemia, de donde salen las cifras mortales más elevadas que tanto nos indignan. Sin embargo, ya empiezan a salir a la luz las acciones cobardes y de odio -como la pintada en el coche de una ginecóloga en la que podía leerse “rata infecta”-, contra quienes ponen el cuerpo para parar el virus, cuidar a quienes lo sufren o proteger a quienes nos zafamos. Por otro lado, hay quienes los llaman “héroes o heroínas”. Yo me resisto a hacerlo, detesto ese término que alude a lo divino, cuando se trata de algo tan terrenal y humano como cuidarnos unos a otros. Prefiero brindarles mi apoyo y confianza. Al regresar por la noche, con la marca de las gafas de protección en la cara y más de 500 km recorridos, Olmo no fue recibido ni como un apestado ni como un héroe. Después de ducharse y hacer el protocolo habitual de desinfección que tenemos en casa, me contó con respeto todo lo que presenció y captó con su cámara. Así es el periodismo, otra profesión en primera línea de esta pandemia.
A veces no hace falta decir nada. Basta contemplar.
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A veces no hace falta decir nada. Basta contemplar.
“Hola ‘habibti’, ¿cómo estás, podemos hablar un poco?”, me escribía mi amiga Wisal hace unos días. Acababa de salir de la ducha, pero no tardé ni dos segundos en llamarla. -¿Qué tal, cómo lo lleváis? -De momento bien. La verdad es que los dos mayores y yo estamos acostumbrados a no salir de casa...porque ya lo hacíamos en Siria. -Claro, estos días te traerán muchos recuerdos de Siria. -No te creas, es muy diferente. Aquí tenemos comida, luz, agua, internet... Puedes salir a comprar o tirar la basura y nadie te va a matar. No hay francotiradores, ni bombas, ni nada de eso. -Llevas toda la razón. ¿Qué hacías cuando caían las bombas cerca? -Me refugiaba con los niños en un baño con doble techo. Pero bueno, eso ya pasó. Y esto también pasará. Estamos todos bien, gracias a dios. [Wisal llegó a España con su familia en 2015. Es una superviviente nata, la mejor cocinera y una hermana para mí. La situación de vulnerabilidad que atraviesa su familia se acentúa en esta pandemia, pero ella tiene claro que, por mucho que nos lo digan, esto no es una guerra]
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“Hola ‘habibti’, ¿cómo estás, podemos hablar un poco?”, me escribía mi amiga Wisal hace unos días. Acababa de salir de la ducha, pero no tardé ni dos segundos en llamarla. -¿Qué tal, cómo lo lleváis? -De momento bien. La verdad es que los dos mayores y yo estamos acostumbrados a no salir de casa...porque ya lo hacíamos en Siria. -Claro, estos días te traerán muchos recuerdos de Siria. -No te creas, es muy diferente. Aquí tenemos comida, luz, agua, internet... Puedes salir a comprar o tirar la basura y nadie te va a matar. No hay francotiradores, ni bombas, ni nada de eso. -Llevas toda la razón. ¿Qué hacías cuando caían las bombas cerca? -Me refugiaba con los niños en un baño con doble techo. Pero bueno, eso ya pasó. Y esto también pasará. Estamos todos bien, gracias a dios. [Wisal llegó a España con su familia en 2015. Es una superviviente nata, la mejor cocinera y una hermana para mí. La situación de vulnerabilidad que atraviesa su familia se acentúa en esta pandemia, pero ella tiene claro que, por mucho que nos lo digan, esto no es una guerra]
En ciudades grandes como Madrid, llamamos “hacer barrio” a ese gusto por vivir la cotidianeidad con la cercanía de los pueblos, a pesar de las prisas o las distancias de las urbes. Algo que siempre me ha encantado. Estos días lo echo de menos, más allá de la hora del aplauso en la que de vez en cuando arañamos unos minutos para charlar desde nuestras ventanas, solo por el gusto de hablar un rato, como en las mejores sobremesas. El sábado, después de semanas sin salir a la calle, bajé a la panadería donde me conocen por mi nombre, saben cómo tomo el café, el pan que me gusta y han visto la evolución de mi embarazo siempre con palabras de cariño. Nos alegramos de vernos. Hicimos barrio.
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En ciudades grandes como Madrid, llamamos “hacer barrio” a ese gusto por vivir la cotidianeidad con la cercanía de los pueblos, a pesar de las prisas o las distancias de las urbes. Algo que siempre me ha encantado. Estos días lo echo de menos, más allá de la hora del aplauso en la que de vez en cuando arañamos unos minutos para charlar desde nuestras ventanas, solo por el gusto de hablar un rato, como en las mejores sobremesas. El sábado, después de semanas sin salir a la calle, bajé a la panadería donde me conocen por mi nombre, saben cómo tomo el café, el pan que me gusta y han visto la evolución de mi embarazo siempre con palabras de cariño. Nos alegramos de vernos. Hicimos barrio.
Caprichos de la vida: un día antes de que aquel test de embarazo me avisara de lo que estaba por venir, mi amiga Sylvia me escribía para decirme que estaba esperando un hijo. Nuestra amistad empezó con la adolescencia, nos hicimos inseparables durante esos años rebeldes e incompresibles, en los que queríamos comernos el mundo, experimentar y llegar cuanto antes a una vida adulta que ahora aborrecemos. La distancia entre Sevilla y Madrid ha hecho que en los últimos años nos hayamos visto mucho menos de lo que nos hubiera gustado, sin embargo, la amistad y el amor siguen intactos. Ayer por la mañana me mandó una foto y varios audios desde el paritorio. Pasaron muchas horas hasta que, por la noche, recibí el mensaje de su hermana. “Fabiola, que ya ha nacido”. En ese momento, desde mi sofá, llorando y riendo a la par, sentí que nos abrazábamos todas. Bienvenido al mundo, Leo. Tenemos mucho que contarte, y mucho amor que darte.
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Caprichos de la vida: un día antes de que aquel test de embarazo me avisara de lo que estaba por venir, mi amiga Sylvia me escribía para decirme que estaba esperando un hijo. Nuestra amistad empezó con la adolescencia, nos hicimos inseparables durante esos años rebeldes e incompresibles, en los que queríamos comernos el mundo, experimentar y llegar cuanto antes a una vida adulta que ahora aborrecemos. La distancia entre Sevilla y Madrid ha hecho que en los últimos años nos hayamos visto mucho menos de lo que nos hubiera gustado, sin embargo, la amistad y el amor siguen intactos. Ayer por la mañana me mandó una foto y varios audios desde el paritorio. Pasaron muchas horas hasta que, por la noche, recibí el mensaje de su hermana. “Fabiola, que ya ha nacido”. En ese momento, desde mi sofá, llorando y riendo a la par, sentí que nos abrazábamos todas. Bienvenido al mundo, Leo. Tenemos mucho que contarte, y mucho amor que darte.
El dolor de espalda tampoco remite cuando la noche pasa y además se alía con el malestar que me provocan las pastillas para la anemia. No quiero quejarme, ni hacer drama, pero hay días en los que no puedo más. Busco mil posturas que alivien. En el suelo, cerca de la ventana estirando el cuerpo o abrazándome fuerte a la pelota de plástico que mece mi cuerpo mientras cae la lluvia. Pienso en la gente que se queda en casa enferma, incluso pasando el virus, aislados o solos, y valoro aún más el esfuerzo. Porque así construimos la responsabilidad colectiva que tanto necesitamos, también cuando todo esto pase -que pasará-.
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El dolor de espalda tampoco remite cuando la noche pasa y además se alía con el malestar que me provocan las pastillas para la anemia. No quiero quejarme, ni hacer drama, pero hay días en los que no puedo más. Busco mil posturas que alivien. En el suelo, cerca de la ventana estirando el cuerpo o abrazándome fuerte a la pelota de plástico que mece mi cuerpo mientras cae la lluvia. Pienso en la gente que se queda en casa enferma, incluso pasando el virus, aislados o solos, y valoro aún más el esfuerzo. Porque así construimos la responsabilidad colectiva que tanto necesitamos, también cuando todo esto pase -que pasará-.
El otro día mi matrona me llamó por teléfono porque las citas presenciales están canceladas desde hace un mes. “¿De cuántas semanas estás?”, me preguntó. “No sé, si te soy sincera ya sólo cuento las semanas de confinamiento”, le contesté con ese humor que nos alivia a todos. Pero lo cierto es que el ábaco de esta pandemia parece que sólo cuenta los días de encierro, los números rojos de la economía, los contagios, las muertes y también los supervivientes. Antes de colgar la llamada me pidió otra cifra: el peso de mi cuerpo, que alberga otro y también vida.
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El otro día mi matrona me llamó por teléfono porque las citas presenciales están canceladas desde hace un mes. “¿De cuántas semanas estás?”, me preguntó. “No sé, si te soy sincera ya sólo cuento las semanas de confinamiento”, le contesté con ese humor que nos alivia a todos. Pero lo cierto es que el ábaco de esta pandemia parece que sólo cuenta los días de encierro, los números rojos de la economía, los contagios, las muertes y también los supervivientes. Antes de colgar la llamada me pidió otra cifra: el peso de mi cuerpo, que alberga otro y también vida.
Es posible que “teletrabajo” sea una de las palabras de este año 2020. Vine a definir esa capacidad de trabajar, de cumplir con tus objetivos laborales y de rendir desde casa. Aunque para mucha gente esto está siendo una experiencia nueva, en mi caso, estoy más que acostumbrada a montar mi despacho en cualquier rinconcito a dos metros de la cama donde duermo. Estos días el trabajo está siendo mi principal rutina: el ordenador y mi teléfono móvil son mis herramientas. La barriga de ocho meses de embarazo ya choca con la mesa y el dolor de espalda me pasa factura; sin embargo, me siento afortunada de poder quedarme en casa, para cuidarme y cuidarnos. Otros tienen que salir. Como Silvia y las chicas que todos los días abren la panadería de mi barrio. Mis amigas Lucía, Antón, Ana, Mamen o mi tía Sara que acumulan jornadas interminables en los hospitales y centros de salud. Kim, una chica trans que tuvo que poner un océano de por medio para buscar refugio y es ahora cuando ha conseguido su primer empleo en una residencia de ancianos. Y así, un sinfín de personas a las que conozco y no, pero a las que les debo toda mi gratitud. GRACIAS.
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Es posible que “teletrabajo” sea una de las palabras de este año 2020. Vine a definir esa capacidad de trabajar, de cumplir con tus objetivos laborales y de rendir desde casa. Aunque para mucha gente esto está siendo una experiencia nueva, en mi caso, estoy más que acostumbrada a montar mi despacho en cualquier rinconcito a dos metros de la cama donde duermo. Estos días el trabajo está siendo mi principal rutina: el ordenador y mi teléfono móvil son mis herramientas. La barriga de ocho meses de embarazo ya choca con la mesa y el dolor de espalda me pasa factura; sin embargo, me siento afortunada de poder quedarme en casa, para cuidarme y cuidarnos. Otros tienen que salir. Como Silvia y las chicas que todos los días abren la panadería de mi barrio. Mis amigas Lucía, Antón, Ana, Mamen o mi tía Sara que acumulan jornadas interminables en los hospitales y centros de salud. Kim, una chica trans que tuvo que poner un océano de por medio para buscar refugio y es ahora cuando ha conseguido su primer empleo en una residencia de ancianos. Y así, un sinfín de personas a las que conozco y no, pero a las que les debo toda mi gratitud. GRACIAS.
Los tarros de comida que preparé para mi amiga son un ejemplo claro de que el apoyo mutuo es la clave para vivir en sociedad. No hubiera podido cocinar nada si no fuera porque mi vecina Sara me trajo la compra de la frutería o porque mi amiga Patuca se encargó de recogerlos y llevarlos a su destino. Desde la honestidad, la humildad y la perseverancia, Patuca dedica su vida a los demás. Pelea en los tribunales para conseguir justicia y reparación de las víctimas de las fronteras, como la tragedia del Tarajal. Batalla hasta el último suspiro para que las personas que llegan arrasadas huyendo de las guerras, las maras u otros infiernos encuentren refugio. Nos recuerda que la infancia migrante también es sujeto de derecho. Y todo lo hace huyendo de medallas, poniendo por delante el valor de lo colectivo y el trabajo en grupo. Compartiendo siempre los éxitos y peleando las derrotas. Cuidando hasta el último detalle sacando brillo a los afectos. Gente así, generosa, solidaria, de buen corazón, con sentido de lo colectivo, ha existido siempre. Igual que la usurera, egoísta, fascista o inhumana. Esta crisis -como todas- sólo saca a relucir las dos caras de nuestra sociedad. Defendamos siempre la primera que es la que nos salva.
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Los tarros de comida que preparé para mi amiga son un ejemplo claro de que el apoyo mutuo es la clave para vivir en sociedad. No hubiera podido cocinar nada si no fuera porque mi vecina Sara me trajo la compra de la frutería o porque mi amiga Patuca se encargó de recogerlos y llevarlos a su destino. Desde la honestidad, la humildad y la perseverancia, Patuca dedica su vida a los demás. Pelea en los tribunales para conseguir justicia y reparación de las víctimas de las fronteras, como la tragedia del Tarajal. Batalla hasta el último suspiro para que las personas que llegan arrasadas huyendo de las guerras, las maras u otros infiernos encuentren refugio. Nos recuerda que la infancia migrante también es sujeto de derecho. Y todo lo hace huyendo de medallas, poniendo por delante el valor de lo colectivo y el trabajo en grupo. Compartiendo siempre los éxitos y peleando las derrotas. Cuidando hasta el último detalle sacando brillo a los afectos. Gente así, generosa, solidaria, de buen corazón, con sentido de lo colectivo, ha existido siempre. Igual que la usurera, egoísta, fascista o inhumana. Esta crisis -como todas- sólo saca a relucir las dos caras de nuestra sociedad. Defendamos siempre la primera que es la que nos salva.
“Hija, ayúdame a hacer magia”, me decía mi madre cuando tenía que hacer la cena para alimentar siete bocas -dos de ellas celíacas- y la nevera tiritando. Siempre inventábamos algo. Creo que así aprendí a disfrutar de la cocina, para mí el lugar más especial de una casa, escenario de las mejores conversaciones y mi refugio para despejar la mente. Cocinar -para los demás- me parece uno de los gestos de amor y resistencia más bellos. Estirar los ingredientes con ingenio para convertirlos en un rato de disfrute y placer compartido sin importar nada más. Este fin de semana no me he separado de los fogones. El viernes por la noche mi amiga Patuca me avisaba de nuestra misión: surtir de tarros de comida a una compañera que lleva semanas en primerísima línea contra el coronavirus. A base de pisto, lentejas, calditos, guisos...le hacemos llegar nuestro agradecimiento, cariño y apoyo. Nuestro abrazo que ahora no podemos darle. Bon appetit!
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“Hija, ayúdame a hacer magia”, me decía mi madre cuando tenía que hacer la cena para alimentar siete bocas -dos de ellas celíacas- y la nevera tiritando. Siempre inventábamos algo. Creo que así aprendí a disfrutar de la cocina, para mí el lugar más especial de una casa, escenario de las mejores conversaciones y mi refugio para despejar la mente. Cocinar -para los demás- me parece uno de los gestos de amor y resistencia más bellos. Estirar los ingredientes con ingenio para convertirlos en un rato de disfrute y placer compartido sin importar nada más. Este fin de semana no me he separado de los fogones. El viernes por la noche mi amiga Patuca me avisaba de nuestra misión: surtir de tarros de comida a una compañera que lleva semanas en primerísima línea contra el coronavirus. A base de pisto, lentejas, calditos, guisos...le hacemos llegar nuestro agradecimiento, cariño y apoyo. Nuestro abrazo que ahora no podemos darle. Bon appetit!
Con calma, con cariño y mucha ilusión, seguimos preparando poco a poco la llegada de Iria. Esta vez hemos montado su cunita; la misma que usó Kenan, el hijo de mis amigas Amira y Rami, durante sus primeros meses de vida. No hemos tenido que desembalarla de ningún plástico, ni desprende ese olor estéril de las cosas nuevas. Todo lo contrario, está llena de marcas de otra historia que ahora nos da el relevo sin antorcha, pero con un dibujo “de Kenan para Iria”, emocionado por conocerla. Esta es una de tantas nanas que ya le canto en silencio para hablarle del calor de los amigos, del cuidado, de lo bonita que es la vida cuando se comparte, aunque ahora sea desde la distancia. Una nana ‘sin cebolla’ que corta el nudo de mi garganta.
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Con calma, con cariño y mucha ilusión, seguimos preparando poco a poco la llegada de Iria. Esta vez hemos montado su cunita; la misma que usó Kenan, el hijo de mis amigas Amira y Rami, durante sus primeros meses de vida. No hemos tenido que desembalarla de ningún plástico, ni desprende ese olor estéril de las cosas nuevas. Todo lo contrario, está llena de marcas de otra historia que ahora nos da el relevo sin antorcha, pero con un dibujo “de Kenan para Iria”, emocionado por conocerla. Esta es una de tantas nanas que ya le canto en silencio para hablarle del calor de los amigos, del cuidado, de lo bonita que es la vida cuando se comparte, aunque ahora sea desde la distancia. Una nana ‘sin cebolla’ que corta el nudo de mi garganta.
Nunca tuvimos televisión hasta hace un par de meses. Cuando empezó el estado de alarma pensé que había sido una buena casualidad tenerla en este momento, sin embargo, la realidad es que pasan días y días y no la encendemos. El ruido que sale de esta ventana al exterior nos perturba, preferimos escuchar a los vecinos o, como mucho asomarnos de vez en cuando a las redes sociales. Nos gusta tumbarnos en el sofá, cada uno a lo suyo pero juntos. Sin música de fondo, nos basta con escuchar nuestra respiración y sentir las patadas de Iria, que nos arranca más de una carcajada. Un autorretrato familiar que pronto cambiará y que de momento suelo ver reflejado cada día en la pantalla oscura de la televisión apagada.
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Nunca tuvimos televisión hasta hace un par de meses. Cuando empezó el estado de alarma pensé que había sido una buena casualidad tenerla en este momento, sin embargo, la realidad es que pasan días y días y no la encendemos. El ruido que sale de esta ventana al exterior nos perturba, preferimos escuchar a los vecinos o, como mucho asomarnos de vez en cuando a las redes sociales. Nos gusta tumbarnos en el sofá, cada uno a lo suyo pero juntos. Sin música de fondo, nos basta con escuchar nuestra respiración y sentir las patadas de Iria, que nos arranca más de una carcajada. Un autorretrato familiar que pronto cambiará y que de momento suelo ver reflejado cada día en la pantalla oscura de la televisión apagada.
Estos días yo me quedo en casa, pero mi compañero sale case a diario para trabajar y, con su cámara, seguir documentando esta crisis sanitaria y social que está cambiando el rumbo del mundo y de nuestras vidas. No es tarea fácil, especialmente dentro de los hospitales o residencias, epicentro de esta catástrofe blindadas a los periodistas. Sin embargo, yo confío plenamente en su profesionalidad y la de tantos otros compañeros y compañeras que siguen en su empeño de mantenernos informados. De hacer memoria. Me gusta que sea mis ojos en la calle que ahora no piso, y hacer más humana la realidad que sólo imagino con cifras de horror, pero que más pronto que tarde, necesitaremos comprender para aprender. Y cada vez que sale a esta particular batalla, le acompaño a la puerta. “¿Llevas todo? ¿las llaves, el móvil, los guantes, la mascarilla, el gel?”, le pregunto como si fuera un ritual. Y mientras baja las escaleras nos mandamos besos y ánimos. Manías cotidianas.
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Estos días yo me quedo en casa, pero mi compañero sale case a diario para trabajar y, con su cámara, seguir documentando esta crisis sanitaria y social que está cambiando el rumbo del mundo y de nuestras vidas. No es tarea fácil, especialmente dentro de los hospitales o residencias, epicentro de esta catástrofe blindadas a los periodistas. Sin embargo, yo confío plenamente en su profesionalidad y la de tantos otros compañeros y compañeras que siguen en su empeño de mantenernos informados. De hacer memoria. Me gusta que sea mis ojos en la calle que ahora no piso, y hacer más humana la realidad que sólo imagino con cifras de horror, pero que más pronto que tarde, necesitaremos comprender para aprender. Y cada vez que sale a esta particular batalla, le acompaño a la puerta. “¿Llevas todo? ¿las llaves, el móvil, los guantes, la mascarilla, el gel?”, le pregunto como si fuera un ritual. Y mientras baja las escaleras nos mandamos besos y ánimos. Manías cotidianas.
El insomnio empieza a ser un invitado habitual en estas noches de confinamiento y embarazo. Una combinación explosiva que de madrugada juega malas pasadas. Es en el silencio de la noche, cuando no hay postura amable que sostenga mi cuerpo cambiante, el que empieza a hablarme. Caigo en la trampa adictiva de pasearme por Twitter, eses espacio morboso y perverso que me escupe en la cara las cifras de muertes y contagios. Pero lo que es peor, también es un campo abierto para las voces fascistas que estos días se crecen pretendiendo sembrar odio, convirtiéndose en otra pandemia. Empiezo a cerrar los ojos cuando el cielo deja de ser tan oscuro, cuando me llevo las manos al vientre para acariciar a Iria, cuando me dejo arropar por mi compañero -siempre a mi lado-, cuando pienso en tanta gente solidaria y bonita, de buen corazón y sentido de lo colectivo, que ahora luce más que nunca. Y esa, es mi gente, cuna de mi hija.
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El insomnio empieza a ser un invitado habitual en estas noches de confinamiento y embarazo. Una combinación explosiva que de madrugada juega malas pasadas. Es en el silencio de la noche, cuando no hay postura amable que sostenga mi cuerpo cambiante, el que empieza a hablarme. Caigo en la trampa adictiva de pasearme por Twitter, eses espacio morboso y perverso que me escupe en la cara las cifras de muertes y contagios. Pero lo que es peor, también es un campo abierto para las voces fascistas que estos días se crecen pretendiendo sembrar odio, convirtiéndose en otra pandemia. Empiezo a cerrar los ojos cuando el cielo deja de ser tan oscuro, cuando me llevo las manos al vientre para acariciar a Iria, cuando me dejo arropar por mi compañero -siempre a mi lado-, cuando pienso en tanta gente solidaria y bonita, de buen corazón y sentido de lo colectivo, que ahora luce más que nunca. Y esa, es mi gente, cuna de mi hija.
Se apaga el día. Se funden los cuerpos. La cuarentena continúa. Y también la vida.
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Se apaga el día. Se funden los cuerpos. La cuarentena continúa. Y también la vida.
Fruto de una broma, hace un par de años, escribí por primera vez tu nombre: “Iria Barranco”. Nunca lo borramos. Lo hice en la pizarra blanca que tenemos pegada en la nevera y que sirve como calendario, donde relleno los huecos con tareas, citas o algún cumpleaños, que luego voy tachando. No es algo que me ayude a recordarlo, más bien es que me encanta contemplar el resultado cuando está todo completo, como si fuera un mosaico de lo vivido. Ahora tacho los días de una cuarentena que, en mi caso está cerca de cumplir un mes. En rojo siguen marcados los planes inconclusos como ese viaje a Málaga o las clases de preparación al parto de los lunes. Cuando todo esté completo lo borraré de nuevo para empezar de nuevo. De eso se trata.
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Fruto de una broma, hace un par de años, escribí por primera vez tu nombre: “Iria Barranco”. Nunca lo borramos. Lo hice en la pizarra blanca que tenemos pegada en la nevera y que sirve como calendario, donde relleno los huecos con tareas, citas o algún cumpleaños, que luego voy tachando. No es algo que me ayude a recordarlo, más bien es que me encanta contemplar el resultado cuando está todo completo, como si fuera un mosaico de lo vivido. Ahora tacho los días de una cuarentena que, en mi caso está cerca de cumplir un mes. En rojo siguen marcados los planes inconclusos como ese viaje a Málaga o las clases de preparación al parto de los lunes. Cuando todo esté completo lo borraré de nuevo para empezar de nuevo. De eso se trata.
Entro en el octavo mes de embarazo y las piernas cada vez pesan más, aunque siguen sujetando con fuerza las dudas de lo que vendrá. A veces me calma el sueño recurrente en el que me sumerjo en el agua. Cuando estoy despierta me calma bajar a la calle a tirar la basura, un acontecimiento semanal que me permite dar más de 20 pasos seguidos en línea recta y que el aire roce todo mi cuerpo. Siempre encuentro al mismo vecino paseando a su perro, desde las ventanas se cuelan conversaciones y música. En los balcones algunos críos se asoman para saludarte. Y de vuelta a casa, en este viaje que apenas dura unos minutos siempre pienso que esta pandemia ha cambiado los planes de la revolución digital que tanto nos prometían para el futuro más próximo. Siempre seremos seres sociales que funcionamos desde el contacto físico y los afectos. Necesitamos vivir piel con piel.
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Entro en el octavo mes de embarazo y las piernas cada vez pesan más, aunque siguen sujetando con fuerza las dudas de lo que vendrá. A veces me calma el sueño recurrente en el que me sumerjo en el agua. Cuando estoy despierta me calma bajar a la calle a tirar la basura, un acontecimiento semanal que me permite dar más de 20 pasos seguidos en línea recta y que el aire roce todo mi cuerpo. Siempre encuentro al mismo vecino paseando a su perro, desde las ventanas se cuelan conversaciones y música. En los balcones algunos críos se asoman para saludarte. Y de vuelta a casa, en este viaje que apenas dura unos minutos siempre pienso que esta pandemia ha cambiado los planes de la revolución digital que tanto nos prometían para el futuro más próximo. Siempre seremos seres sociales que funcionamos desde el contacto físico y los afectos. Necesitamos vivir piel con piel.
Por fin la concentración me dio tregua y conseguí zambullirme entre las páginas de un libro. Al sol, me adentré en uno de los relatos de Elena Fortún y su personaje estrella: Celia. Aquella niña burguesa de la República, que fue creciendo en mitad de la guerra, el exilio y la posguerra. Una autobiografía camuflada en relato infantil, encriptada para adultos. Elena y Celia, me llevan a pensar en la vida de otras mujeres que nacieron o vivieron alguno de esos momentos, que han sido el sustento de varias generaciones y que ahora este virus quiere arrasar, pero no lo vamos a consentir. Pienso en Ela, ‘yayoflauta’ de Madrid, juzgada por defender a unos chicos ‘manteros’; y que ayer pasó su 79 cumpleaños en casa aislada pero no sola, porque fuimos muchas las que le mandamos nuestro cariño en un vídeo. Pienso en Manoli, una de las ‘madres contra la droga’ -otra pandemia que arrasó en los 80 y 90 en barrios obreros como Vallecas-, que sigue infatigable al pie del cañón. A ella y a Asun las echo de menos en la Parroquia de San Carlos Borromeo, ese refugio de cuidados, lucha y resistencia, que tantas compartimos. Pienso en mi abuela Rosa, en su humor como antídoto para superar batallas vitales que ella guarda con toda la humildad pero que son ejemplo de resistencia viva. Y cómo no vamos a cuidar de ellas. Porque fueron somos, porque somos serán.
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Por fin la concentración me dio tregua y conseguí zambullirme entre las páginas de un libro. Al sol, me adentré en uno de los relatos de Elena Fortún y su personaje estrella: Celia. Aquella niña burguesa de la República, que fue creciendo en mitad de la guerra, el exilio y la posguerra. Una autobiografía camuflada en relato infantil, encriptada para adultos. Elena y Celia, me llevan a pensar en la vida de otras mujeres que nacieron o vivieron alguno de esos momentos, que han sido el sustento de varias generaciones y que ahora este virus quiere arrasar, pero no lo vamos a consentir. Pienso en Ela, ‘yayoflauta’ de Madrid, juzgada por defender a unos chicos ‘manteros’; y que ayer pasó su 79 cumpleaños en casa aislada pero no sola, porque fuimos muchas las que le mandamos nuestro cariño en un vídeo. Pienso en Manoli, una de las ‘madres contra la droga’ -otra pandemia que arrasó en los 80 y 90 en barrios obreros como Vallecas-, que sigue infatigable al pie del cañón. A ella y a Asun las echo de menos en la Parroquia de San Carlos Borromeo, ese refugio de cuidados, lucha y resistencia, que tantas compartimos. Pienso en mi abuela Rosa, en su humor como antídoto para superar batallas vitales que ella guarda con toda la humildad pero que son ejemplo de resistencia viva. Y cómo no vamos a cuidar de ellas. Porque fueron somos, porque somos serán.
Conocí a Sandrine en mitad del mar, a pocas millas del infierno en Libia. Ella y sus dos hijas pequeñas fueron unas de las 311 supervivientes rescatadas por Proactiva Open Arms, el 21 de diciembre de 2018. Desde entonces hemos compartido más batallas. El pasado verano tuve la suerte de acompañarla el día que se reencontró con su hijo Djibril, que con tan solo 10 años logró cruzar el mar hasta Malta, donde vivió en un centro de menores. Ayer hicimos una de esas videollamadas que, en estos días de cuarentena, calman el deseo de abrazar y achican las distancias. A través de la pantalla, Sandrine se emocionaba al ver mi barriga descomunal. “Cuídate mucho, hermana. Yo rezo a dios todos los días para que esto del coronavirus pase rápido. Cuando termine iré a conocer a tu bebé”, me prometía antes de despedirse, con ese gesto que le caracteriza por derrochar tanta alegría como penas esconde. Con esa fuerza que emanan tantos supervivientes de las fronteras.
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Conocí a Sandrine en mitad del mar, a pocas millas del infierno en Libia. Ella y sus dos hijas pequeñas fueron unas de las 311 supervivientes rescatadas por Proactiva Open Arms, el 21 de diciembre de 2018. Desde entonces hemos compartido más batallas. El pasado verano tuve la suerte de acompañarla el día que se reencontró con su hijo Djibril, que con tan solo 10 años logró cruzar el mar hasta Malta, donde vivió en un centro de menores. Ayer hicimos una de esas videollamadas que, en estos días de cuarentena, calman el deseo de abrazar y achican las distancias. A través de la pantalla, Sandrine se emocionaba al ver mi barriga descomunal. “Cuídate mucho, hermana. Yo rezo a dios todos los días para que esto del coronavirus pase rápido. Cuando termine iré a conocer a tu bebé”, me prometía antes de despedirse, con ese gesto que le caracteriza por derrochar tanta alegría como penas esconde. Con esa fuerza que emanan tantos supervivientes de las fronteras.
Cuando era una niña, con la llegada del invierno o el verano mi casa olía a antipolillas. Mi padre bajaba de los altillos cajas de ropa guardada durante meses que iban pasando de una hermana a otra. O ese abrigo que te duraba años con las mangas remangadas hasta que lo jubilabas completamente desgastado. Aunque ahora entiendo el cansancio de mi madre, que organizaba aquella locura para vestir a cinco criaturas, para mí era una aventura. Yo soy la segunda, pero la mayor de cuatro chicas, quizás por eso miraba con recelo a las más pequeñas heredando tantas prendas que un día yo estrené. Recuerdos de infancia se asoman en días de cuarentena. Como ayer, que aproveché el sol para tender la ropita de bebé que, en menos de dos meses, lucirá Iria pero que antes lo hizo Mara, la hija de mi amiga Inés. Mientras colgaba esas diminutas prendas, jugaba a imaginar su carita, su cuerpo, su olor. Qué misterio, y qué ganas de descubrirlo.
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Cuando era una niña, con la llegada del invierno o el verano mi casa olía a antipolillas. Mi padre bajaba de los altillos cajas de ropa guardada durante meses que iban pasando de una hermana a otra. O ese abrigo que te duraba años con las mangas remangadas hasta que lo jubilabas completamente desgastado. Aunque ahora entiendo el cansancio de mi madre, que organizaba aquella locura para vestir a cinco criaturas, para mí era una aventura. Yo soy la segunda, pero la mayor de cuatro chicas, quizás por eso miraba con recelo a las más pequeñas heredando tantas prendas que un día yo estrené. Recuerdos de infancia se asoman en días de cuarentena. Como ayer, que aproveché el sol para tender la ropita de bebé que, en menos de dos meses, lucirá Iria pero que antes lo hizo Mara, la hija de mi amiga Inés. Mientras colgaba esas diminutas prendas, jugaba a imaginar su carita, su cuerpo, su olor. Qué misterio, y qué ganas de descubrirlo.
Dejé planes para cuando llegara la primavera: conseguir una cuna, algo de ropa para sus primeros días y unas plantas para alegrar la casa y darle la bienvenida. Ahora todo eso está en el aire, pero no es ningún drama. Sin embargo, cuando me visto por las mañanas soy consciente de cómo mi barriga crece estrepitosamente y florece por dentro. Me emociona sentir la fuerza de la naturaleza en mi cuerpo, pero no me voy a engañar, me apena no compartir este regalo cerca de mi gente. Pero tampoco haré drama de esto, no sería justo. Al fin y al cabo, es la vida lo que nos espera por delante. Y nos abrazaremos más fuerte.
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Dejé planes para cuando llegara la primavera: conseguir una cuna, algo de ropa para sus primeros días y unas plantas para alegrar la casa y darle la bienvenida. Ahora todo eso está en el aire, pero no es ningún drama. Sin embargo, cuando me visto por las mañanas soy consciente de cómo mi barriga crece estrepitosamente y florece por dentro. Me emociona sentir la fuerza de la naturaleza en mi cuerpo, pero no me voy a engañar, me apena no compartir este regalo cerca de mi gente. Pero tampoco haré drama de esto, no sería justo. Al fin y al cabo, es la vida lo que nos espera por delante. Y nos abrazaremos más fuerte.
Cortinas echadas, luces apagadas, música relajante de fondo. Una especie de ritual que celebro todas las tardes para mover cada rincón de mi cuerpo mutante y despejar mi mente revuelta. Y al cerrar los ojos me veo contigo, que ya estás al llegar. Aguanta hasta que escampe, mi cielo.
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Cortinas echadas, luces apagadas, música relajante de fondo. Una especie de ritual que celebro todas las tardes para mover cada rincón de mi cuerpo mutante y despejar mi mente revuelta. Y al cerrar los ojos me veo contigo, que ya estás al llegar. Aguanta hasta que escampe, mi cielo.
La precariedad laboral ha sido (y es) una sombra larga en mi vida. He aprendido a lidiar con ella, pero sería injusto decir que lo he hecho sola. Tengo una mano siempre tendida, un compañero de vida con el que sumamos hasta ser tres. Estos días me quedo en casa con la tranquilidad de poder hacerlo, con la esperanza de que todo saldrá bien. Con la seguridad de que cuando se rompa este encierro, volveremos a bailar aquellos versos del maestro Benedetti. “...Y en la calle codo a codo, somos mucho más que dos”.
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La precariedad laboral ha sido (y es) una sombra larga en mi vida. He aprendido a lidiar con ella, pero sería injusto decir que lo he hecho sola. Tengo una mano siempre tendida, un compañero de vida con el que sumamos hasta ser tres. Estos días me quedo en casa con la tranquilidad de poder hacerlo, con la esperanza de que todo saldrá bien. Con la seguridad de que cuando se rompa este encierro, volveremos a bailar aquellos versos del maestro Benedetti. “...Y en la calle codo a codo, somos mucho más que dos”.
La hora del aplauso. El momento esperado del día. Unos minutos curativos, de pura esperanza. El barrio se vuelve más amable, se cruzan miradas cómplices y saludos desde nuestras ventanas. Me emociona ver cómo disfrutan esos minutos los más pequeños, que con sus manitas aplauden con más ímpetu que nadie. ⁠⠀ La hora del aplauso es también una bocanada de aire para quienes tratan de vencer al virus, metido ya en sus cuerpos. Un abrazo para quienes están al vilo de la muerte o quienes no han podido despedirse de los suyos.⁠⠀ La hora del aplauso es nuestro reconocimiento a quienes están en primera línea para afrontar esta crisis: transportistas, cuidadoras, cajeras, personal logístico, personal sanitario... GRACIAS⁠⠀ Muchas veces quiero pensar que cuando nazca Iria, la hora del aplauso ya será un bonito recuerdo de este tiempo difícil y el impulso para seguir defendiendo una SANIDAD PÚBLICA DE CALIDAD PARA TODOS Y TODAS.
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La hora del aplauso. El momento esperado del día. Unos minutos curativos, de pura esperanza. El barrio se vuelve más amable, se cruzan miradas cómplices y saludos desde nuestras ventanas. Me emociona ver cómo disfrutan esos minutos los más pequeños, que con sus manitas aplauden con más ímpetu que nadie. ⁠⠀ La hora del aplauso es también una bocanada de aire para quienes tratan de vencer al virus, metido ya en sus cuerpos. Un abrazo para quienes están al vilo de la muerte o quienes no han podido despedirse de los suyos.⁠⠀ La hora del aplauso es nuestro reconocimiento a quienes están en primera línea para afrontar esta crisis: transportistas, cuidadoras, cajeras, personal logístico, personal sanitario... GRACIAS⁠⠀ Muchas veces quiero pensar que cuando nazca Iria, la hora del aplauso ya será un bonito recuerdo de este tiempo difícil y el impulso para seguir defendiendo una SANIDAD PÚBLICA DE CALIDAD PARA TODOS Y TODAS.
Llevo un par de días con la televisión apagada. Lo reconozco, no aguanto el lenguaje bélico que algunos escupen para afrontar esta crisis sanitaria y social. Yo me quedo con los afectos, con el cariño, con el cuidado colectivo, con la resistencia, la responsabilidad y resiliencia. Con el placer de poder cocinar un bizcocho de limón y compartirlo con mi vecina, para que la soledad escueza menos.
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Llevo un par de días con la televisión apagada. Lo reconozco, no aguanto el lenguaje bélico que algunos escupen para afrontar esta crisis sanitaria y social. Yo me quedo con los afectos, con el cariño, con el cuidado colectivo, con la resistencia, la responsabilidad y resiliencia. Con el placer de poder cocinar un bizcocho de limón y compartirlo con mi vecina, para que la soledad escueza menos.
Los árboles en flor, radiantes con la ciudad en el horizonte. Calma en la calle. Paciencia en las casas. Estas vistas me regaló Madrid en el camino de vuelta a casa cuando salimos del médico, justo el día que llegó la primavera.
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Los árboles en flor, radiantes con la ciudad en el horizonte. Calma en la calle. Paciencia en las casas. Estas vistas me regaló Madrid en el camino de vuelta a casa cuando salimos del médico, justo el día que llegó la primavera.
El cielo nublado, las calles desérticas, el autobús sin pasajeros, el estómago vacío -y encogido-. Ese escenario tan real que impregna ficción, encontré el jueves cuando salí a la calle por primera vez para acudir a una cita médica. En el centro sanitario me crucé con varias de esas personas a las que, sin conocerlas, cada día, a las ocho de la tarde aplaudo desde mi ventana. Todas, sin excepción, me atendieron con paciencia, con cariño y profesionalidad. GRACIAS. Seguiremos defendiendo una Sanidad pública, de calidad y universal.
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El cielo nublado, las calles desérticas, el autobús sin pasajeros, el estómago vacío -y encogido-. Ese escenario tan real que impregna ficción, encontré el jueves cuando salí a la calle por primera vez para acudir a una cita médica. En el centro sanitario me crucé con varias de esas personas a las que, sin conocerlas, cada día, a las ocho de la tarde aplaudo desde mi ventana. Todas, sin excepción, me atendieron con paciencia, con cariño y profesionalidad. GRACIAS. Seguiremos defendiendo una Sanidad pública, de calidad y universal.
La distancia de seguridad que esta cuarentena impone,exacerba el deseo de sentir los afectos piel con piel. De traspasar laspantallas, de acercar las ventanas. Pero nosotros tenemos suerte. Cada nocheempieza la partida. El tablero es mi vientre, que se mueve en este juego decaricias. Es la vida, que nos saluda. Somos nosotros, que nos asomamos. FelizDía del Padre, Olmo.
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La distancia de seguridad que esta cuarentena impone,exacerba el deseo de sentir los afectos piel con piel. De traspasar laspantallas, de acercar las ventanas. Pero nosotros tenemos suerte. Cada nocheempieza la partida. El tablero es mi vientre, que se mueve en este juego decaricias. Es la vida, que nos saluda. Somos nosotros, que nos asomamos. FelizDía del Padre, Olmo.
Para Iria: Dejo correr el agua casi ardiendo. Mi pequeño placer del día. Disfruto del vaho que nace al instante, como si así derritiera la piel para sentirte todavía más cerca. Es nuestro momento más íntimo. El agua ahuyenta el miedo e incluso la culpa, ese sentimiento traicionero, que ojalá nunca sientas y que estos días pesa tanto. Que sea el sentido de la justicia y libertad lo que te mueva, como haces ahora dentro de mí, dándome tanta vida. Gracias, hija.
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Para Iria: Dejo correr el agua casi ardiendo. Mi pequeño placer del día. Disfruto del vaho que nace al instante, como si así derritiera la piel para sentirte todavía más cerca. Es nuestro momento más íntimo. El agua ahuyenta el miedo e incluso la culpa, ese sentimiento traicionero, que ojalá nunca sientas y que estos días pesa tanto. Que sea el sentido de la justicia y libertad lo que te mueva, como haces ahora dentro de mí, dándome tanta vida. Gracias, hija.
Ya llevaba casi una semana en casa, sin ver a nadie más que a Olmo, cuando se decretó el estado de alarma. Quizás lo hice porque con siete meses de embarazo, el sentido de responsabilidad -individual y colectiva- se agudiza. Mientras el confinamiento llegaba al resto de mi entorno, yo creía jugar con ventaja. Ya me había dado tiempo a asimilar mínimamente la incertidumbre y un vertiginoso cambio de ritmo y rumbo en nuestras vidas. Desde que se acabaron los paseos diarios por Madrid Río o Casa de Campo, nuestro balconcito es mi particular refugio al exterior. Aprovecho las horas de sol para tender la ropa, estirar las piernas, dejar la barriga al aire o, incluso, pelar ahí las patatas. De paso, charlo con Teresa, mi vecina; una señora mayor que vive sola y antes de esta crisis ya trataba de hacer frente a otras más personales y existenciales que le pesan con los años. Le gusta desahogarse para luego escuchar mis ánimos, es una especie de pacto no hablado que, 'en tiempos de coronavirus', reconfortan aún más.
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Ya llevaba casi una semana en casa, sin ver a nadie más que a Olmo, cuando se decretó el estado de alarma. Quizás lo hice porque con siete meses de embarazo, el sentido de responsabilidad -individual y colectiva- se agudiza. Mientras el confinamiento llegaba al resto de mi entorno, yo creía jugar con ventaja. Ya me había dado tiempo a asimilar mínimamente la incertidumbre y un vertiginoso cambio de ritmo y rumbo en nuestras vidas. Desde que se acabaron los paseos diarios por Madrid Río o Casa de Campo, nuestro balconcito es mi particular refugio al exterior. Aprovecho las horas de sol para tender la ropa, estirar las piernas, dejar la barriga al aire o, incluso, pelar ahí las patatas. De paso, charlo con Teresa, mi vecina; una señora mayor que vive sola y antes de esta crisis ya trataba de hacer frente a otras más personales y existenciales que le pesan con los años. Le gusta desahogarse para luego escuchar mis ánimos, es una especie de pacto no hablado que, 'en tiempos de coronavirus', reconfortan aún más.


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