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Covid
Photo
Diaries

Covid Photo Diaries es un proyecto creado por ocho destacados fotoperiodistas españoles que documenta, en diferentes partes del país y a diario, los efectos de la pandemia del Covid-19.

También puedes seguirles en Instagram.

Isabel Permuy

Fotos por Isabel Permuy y textos por María Senovilla


Biografía

Isabel Permuy (Oviedo,1972). Es fotoperiodista independiente con base en Madrid. Antes de dedicarse al fotoperiodismo, vivió en Londres y en los Países Bajos, donde además de impartir clases de fotografía en centros sociales, trabajó en un estudio fotográfico, en el que se especializó en técnicas de procesado y revelado en Blanco y Negro. En 2002 vuelve a España y empieza su andadura como fotorreportera. Se instala en Asturias y empieza a trabajar para el periódico La Voz De Asturias cubriendo la zona de las cuencas mineras.

En 2011 se muda a Madrid y continúa su trabajo como fotoperiodista en el diario ABC, para el que trabaja en la actualidad, y donde se ha especializado en retrato editorial. Ha sido fotógrafa del FICX (Gijón Independent Film Festival) del sindicato UGT, o de la CEOE y ha publicado su trabajo en revistas nacionales del grupo Zeta (Tiempo, Woman), del grupo Planeta, del grupo Prensa ibérica y del grupo Vocento entre otros.

Web

Hace 86 días que comenzamos este diario, coincidiendo con la entrada en vigor del estado de alarma por la crisis sanitaria de la covid-19. En este tiempo he conocido a muchas personas que están atravesando situaciones muy difíciles, que han perdido a seres queridos, el trabajo, la vivienda, que han estado confinados en espacios ínfimos e insalubres incluso que han pasado hambre… y que además estaban a pocos metros de mi casa. Aún así me abrieron sus puertas, compartieron su tiempo conmigo y su historia con todxs, no les puedo estar más agradecida. Gracias a ellxs fui capaz de olvidar un poco mis propios problemas, aparcar mis tristezas y currar, currar y currar. Es quizá contradictorio, pero ha sido para mí una experiencia enormemente enriquecedora en la que he tenido la oportunidad de conocer a personas extraordinarias y aprender de ellas, y de trabajar codo con codo con unos compañeros excepcionales Manu Brabo, Susana Girón, Javi Fergo, Anna Surinyach, José Colón, Judith Prat y Olmo Calvo. También ha sido esencial la ayuda de María Senovilla, que además de escribir esos preciosos textos, estuvo cerca siempre que la necesité. Gracias a todos los que habéis seguido nuestro trabajo y nos animasteis a continuar. ¡Mucha suerte y hasta pronto!
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Hace 86 días que comenzamos este diario, coincidiendo con la entrada en vigor del estado de alarma por la crisis sanitaria de la covid-19. En este tiempo he conocido a muchas personas que están atravesando situaciones muy difíciles, que han perdido a seres queridos, el trabajo, la vivienda, que han estado confinados en espacios ínfimos e insalubres incluso que han pasado hambre… y que además estaban a pocos metros de mi casa. Aún así me abrieron sus puertas, compartieron su tiempo conmigo y su historia con todxs, no les puedo estar más agradecida. Gracias a ellxs fui capaz de olvidar un poco mis propios problemas, aparcar mis tristezas y currar, currar y currar. Es quizá contradictorio, pero ha sido para mí una experiencia enormemente enriquecedora en la que he tenido la oportunidad de conocer a personas extraordinarias y aprender de ellas, y de trabajar codo con codo con unos compañeros excepcionales Manu Brabo, Susana Girón, Javi Fergo, Anna Surinyach, José Colón, Judith Prat y Olmo Calvo. También ha sido esencial la ayuda de María Senovilla, que además de escribir esos preciosos textos, estuvo cerca siempre que la necesité. Gracias a todos los que habéis seguido nuestro trabajo y nos animasteis a continuar. ¡Mucha suerte y hasta pronto!
El paso de Madrid a la fase 2 no ha supuesto un gran cambio para Mercedes (72). Ella sigue viviendo con su hijo de 46 años (que no puede trabajar debido al trastorno de personalidad que padece) en una habitación alquilada de Lavapiés. Cuando Mercedes perdió su trabajo, hace más de 15 años, empezó a tener problemas para pagar la hipoteca. Lo intentó todo para cumplir con las cuotas. Gastó sus ahorros, vendió sus joyas, y pidió en la calle. Pero no fue suficiente, y en 2012 el banco se quedó con su piso. Desde entonces, va a pedir al Cristo de Medinaceli, y con lo que saca allí y una pensión de 200 € sobrevive. Después de una vida de trabajo y malos tratos de su pareja (los efectos se ven en su nariz destrozada por los golpes y un oído reventado) su vejez es así. Lo era antes del covid-19 y lo sigue siendo después.
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El paso de Madrid a la fase 2 no ha supuesto un gran cambio para Mercedes (72). Ella sigue viviendo con su hijo de 46 años (que no puede trabajar debido al trastorno de personalidad que padece) en una habitación alquilada de Lavapiés. Cuando Mercedes perdió su trabajo, hace más de 15 años, empezó a tener problemas para pagar la hipoteca. Lo intentó todo para cumplir con las cuotas. Gastó sus ahorros, vendió sus joyas, y pidió en la calle. Pero no fue suficiente, y en 2012 el banco se quedó con su piso. Desde entonces, va a pedir al Cristo de Medinaceli, y con lo que saca allí y una pensión de 200 € sobrevive. Después de una vida de trabajo y malos tratos de su pareja (los efectos se ven en su nariz destrozada por los golpes y un oído reventado) su vejez es así. Lo era antes del covid-19 y lo sigue siendo después.
Con este gesto reivindicativo, la población negra de Madrid se ha unido a las protestas internacionales desencadenadas por la muerte de George Floyd el pasado 25 de mayo. Esta mañana han representado el gesto de la rodilla en el cuello una y otra vez, en mitad de una multitudinaria manifestación que ha recorrido el centro de la ciudad dirección a la embajada de EE. UU. (donde no han podido llegar porque la calle Serrano se ha blindado). A pesar de que las mascarillas cubrían sus bocas, nada ha acallado el grito “No justice, no peace” que se ha coreado continuamente. Y no estaban solos. Han sido muchas las personas que les han apoyado, de todas las edades y colores, marchando con ellos en la que ha sido la primera gran protesta en Madrid después del covid-19.
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Con este gesto reivindicativo, la población negra de Madrid se ha unido a las protestas internacionales desencadenadas por la muerte de George Floyd el pasado 25 de mayo. Esta mañana han representado el gesto de la rodilla en el cuello una y otra vez, en mitad de una multitudinaria manifestación que ha recorrido el centro de la ciudad dirección a la embajada de EE. UU. (donde no han podido llegar porque la calle Serrano se ha blindado). A pesar de que las mascarillas cubrían sus bocas, nada ha acallado el grito “No justice, no peace” que se ha coreado continuamente. Y no estaban solos. Han sido muchas las personas que les han apoyado, de todas las edades y colores, marchando con ellos en la que ha sido la primera gran protesta en Madrid después del covid-19.
Hay cosas que forman parte de nuestra vida aunque no las toquemos con los dedos. Somos aquello de lo que bebemos: somos los libros que leemos, la música que escuchamos y los cuadros que miramos. Y hoy hemos podido volver a mirarlos en persona, con otros ojos, con la mirada curiosa de un niño, con la sensación de hacer algo nuevo. Hoy por fin nos han abierto los museos y nos hemos reencontrado con ese pedazo de nosotros mismos que nos define como seres humanos: el arte. El dibujo en el espacio esculpido por Julio González, las formas caóticas de la Femme pintada por Miró o los mil detalles que nos quedan por descubrir en el Guernica, en una visita casi privada, con solo 200 personas por turno. Así ha sido el primer día del museo Reina Sofía en la era post covid-19.
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Hay cosas que forman parte de nuestra vida aunque no las toquemos con los dedos. Somos aquello de lo que bebemos: somos los libros que leemos, la música que escuchamos y los cuadros que miramos. Y hoy hemos podido volver a mirarlos en persona, con otros ojos, con la mirada curiosa de un niño, con la sensación de hacer algo nuevo. Hoy por fin nos han abierto los museos y nos hemos reencontrado con ese pedazo de nosotros mismos que nos define como seres humanos: el arte. El dibujo en el espacio esculpido por Julio González, las formas caóticas de la Femme pintada por Miró o los mil detalles que nos quedan por descubrir en el Guernica, en una visita casi privada, con solo 200 personas por turno. Así ha sido el primer día del museo Reina Sofía en la era post covid-19.
Algunas personas, cacerola en mano, se han quejado las últimas semanas de lo duro que ha sido estar confinados en sus amplias casas con balcón, en algunos casos incluso con jardín. Demba (56) y Dam (54) no se quejan, pero han pasado más de dos meses compartiendo cuatro metros cuadrados. Son senegaleses y llevan 20 años en España. Demba trabajaba en la construcción y Dam era barrendero, pero la crisis los dejó sin trabajo en 2011 y desde entonces no han remontado. Viven en Lavapiés, en una habitación alquilada. Un espacio exiguo, donde apenas caben las literas en las que duermen. Y donde se tuvieron que encerrar cuando decretaron el estado de alarma por el covid-19. Esto también es la realidad de Madrid, una realidad que la crisis sanitaria ha visibilizado y que afecta a muchas más personas de las que pensamos, si es que pensamos, desde nuestras casas con balcón.
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Algunas personas, cacerola en mano, se han quejado las últimas semanas de lo duro que ha sido estar confinados en sus amplias casas con balcón, en algunos casos incluso con jardín. Demba (56) y Dam (54) no se quejan, pero han pasado más de dos meses compartiendo cuatro metros cuadrados. Son senegaleses y llevan 20 años en España. Demba trabajaba en la construcción y Dam era barrendero, pero la crisis los dejó sin trabajo en 2011 y desde entonces no han remontado. Viven en Lavapiés, en una habitación alquilada. Un espacio exiguo, donde apenas caben las literas en las que duermen. Y donde se tuvieron que encerrar cuando decretaron el estado de alarma por el covid-19. Esto también es la realidad de Madrid, una realidad que la crisis sanitaria ha visibilizado y que afecta a muchas más personas de las que pensamos, si es que pensamos, desde nuestras casas con balcón.
Lam (41) y Paco (35) regentan una sastrería africana en la calle Olivar 29 del madrileño barrio de Lavapiés. Los dos proceden de Senegal; Lam lleva en España más tiempo que Paco, y ya tiene sus papeles en regla. Empezó cosiendo ropa en la peluquería de su hermana, hasta que se estableció por su cuenta. Durante el confinamiento siguió cosiendo en casa, pero lo recuerda como “un tiempo muy duro” en el que sus ingresos se desplomaron. Su madre murió un mes antes de que decretaran el estado de alarma y, aunque no fue por Covid-19, tampoco pudo ir a verla. Uno de tantos duelos sin despedida. Ahora, con la sastrería reabierta, no paran de hacer vistosas mascarillas con estampados africanos, aprovechando los retales de las otras prendas. El traqueteo incesante de sus máquinas de coser ha vuelto al barrio. Sus sonrisas, también.
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Lam (41) y Paco (35) regentan una sastrería africana en la calle Olivar 29 del madrileño barrio de Lavapiés. Los dos proceden de Senegal; Lam lleva en España más tiempo que Paco, y ya tiene sus papeles en regla. Empezó cosiendo ropa en la peluquería de su hermana, hasta que se estableció por su cuenta. Durante el confinamiento siguió cosiendo en casa, pero lo recuerda como “un tiempo muy duro” en el que sus ingresos se desplomaron. Su madre murió un mes antes de que decretaran el estado de alarma y, aunque no fue por Covid-19, tampoco pudo ir a verla. Uno de tantos duelos sin despedida. Ahora, con la sastrería reabierta, no paran de hacer vistosas mascarillas con estampados africanos, aprovechando los retales de las otras prendas. El traqueteo incesante de sus máquinas de coser ha vuelto al barrio. Sus sonrisas, también.
Manolo (75) nació en Trujillo, pero lleva sesenta años viviendo en Madrid. Ha dedicado su vida a la enseñanza y ahora, jubilado, vive en un peculiar bajo de Lavapiés rodeado de secadores vintage y lavacabezas. El que es ahora su hogar, fue una peluquería histórica, y está protegida por Patrimonio, así que debe conservarse tal y como estaba. En la peluquería habitan también su mujer, su tía y su gata República Socialista, que no para de maullar durante toda la entrevista. Y es que Manolo ha reivindicado siempre sus ideales, incluso a la hora de bautizar a su amiga de cuatro patas, que por cierto es la gata más famosa del barrio. Ahora que ha pasado lo peor del Covid-19, Manolo sólo quiere “seguir con su vida de lucha”, como ha hecho siempre. Esa era su antigua normalidad y será la nueva también.
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Manolo (75) nació en Trujillo, pero lleva sesenta años viviendo en Madrid. Ha dedicado su vida a la enseñanza y ahora, jubilado, vive en un peculiar bajo de Lavapiés rodeado de secadores vintage y lavacabezas. El que es ahora su hogar, fue una peluquería histórica, y está protegida por Patrimonio, así que debe conservarse tal y como estaba. En la peluquería habitan también su mujer, su tía y su gata República Socialista, que no para de maullar durante toda la entrevista. Y es que Manolo ha reivindicado siempre sus ideales, incluso a la hora de bautizar a su amiga de cuatro patas, que por cierto es la gata más famosa del barrio. Ahora que ha pasado lo peor del Covid-19, Manolo sólo quiere “seguir con su vida de lucha”, como ha hecho siempre. Esa era su antigua normalidad y será la nueva también.
¿Cómo serán las relaciones personales a partir de ahora? Cada vez tenemos más barreras, y no sólo físicas. Las mascarillas, los dos metros de separación y la prohibición de tocarnos. Horarios para que las personas mayores no paseen junto a los niños. Y un sistema de asientos alternos para que nadie se acerque en el transporte público. Es la era post Covid-19, que nos ha quitado los abrazos y la luz de las sonrisas. Ahora nos parecemos a esos maniquíes de plástico que sólo se pueden mirar detrás del cristal de un escaparate, detrás de nuestro propio miedo a contagiarnos de algo que no vemos. ¿Habrá cambiado todo para siempre?
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¿Cómo serán las relaciones personales a partir de ahora? Cada vez tenemos más barreras, y no sólo físicas. Las mascarillas, los dos metros de separación y la prohibición de tocarnos. Horarios para que las personas mayores no paseen junto a los niños. Y un sistema de asientos alternos para que nadie se acerque en el transporte público. Es la era post Covid-19, que nos ha quitado los abrazos y la luz de las sonrisas. Ahora nos parecemos a esos maniquíes de plástico que sólo se pueden mirar detrás del cristal de un escaparate, detrás de nuestro propio miedo a contagiarnos de algo que no vemos. ¿Habrá cambiado todo para siempre?
Álvaro (34) es de la Palma, pero se ha propuesto que haya “Hambre Cero” en Madrid y en otra veintena de ciudades. Todo empezó cuando una amiga le dijo que tenía que tirar 50 litros de leche que se iban a estropear en su cafetería, al tener que cerrarla por el estado de alarma. Él tuvo claro que esos alimentos que sobraban en establecimientos de restauración no se podían echar a perder así (en el mundo se tira a diario más del 30% de la comida que se produce), y que se podía repartir entre colectivos vulnerables. A los bares y restaurantes que preguntó, se sumaron marcas y productores, como los agricultores que han donado 162 toneladas de patatas en los últimos días. En total, han repartido ya unas 500 toneladas de alimentos, y hambrecero.es se va a quedar como proyecto permanente para ayudar a familias a hacer frente a la crisis económica y social que llegará después del Covid-19.
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Álvaro (34) es de la Palma, pero se ha propuesto que haya “Hambre Cero” en Madrid y en otra veintena de ciudades. Todo empezó cuando una amiga le dijo que tenía que tirar 50 litros de leche que se iban a estropear en su cafetería, al tener que cerrarla por el estado de alarma. Él tuvo claro que esos alimentos que sobraban en establecimientos de restauración no se podían echar a perder así (en el mundo se tira a diario más del 30% de la comida que se produce), y que se podía repartir entre colectivos vulnerables. A los bares y restaurantes que preguntó, se sumaron marcas y productores, como los agricultores que han donado 162 toneladas de patatas en los últimos días. En total, han repartido ya unas 500 toneladas de alimentos, y hambrecero.es se va a quedar como proyecto permanente para ayudar a familias a hacer frente a la crisis económica y social que llegará después del Covid-19.
Alicia (36) y Alicia (26) estaban deseando que empezara la desescalada… para volver a escalar. Ellas practicaban este deporte a menudo; y cuando decretaron el estado de alarma por el Covid-19 se vieron sin opciones de poder hacer algo parecido en casa. “Es muy duro para cualquiera al que le guste esta práctica; que además es muy social y te permite estar en contacto con la naturaleza”; explica una de las Alicias mientras portea a su amiga. Ambas han pasado el confinamiento teletrabajando. Una de ellas al final se compró un ukelele y decidió aprender música. Se les hizo largo. Pero las dos saben que son afortunadas por conservar sus trabajos y tener sanos a sus padres; a los que visitarán en Galicia y Teruel en cuanto les permitan salir de Madrid.
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Alicia (36) y Alicia (26) estaban deseando que empezara la desescalada… para volver a escalar. Ellas practicaban este deporte a menudo; y cuando decretaron el estado de alarma por el Covid-19 se vieron sin opciones de poder hacer algo parecido en casa. “Es muy duro para cualquiera al que le guste esta práctica; que además es muy social y te permite estar en contacto con la naturaleza”; explica una de las Alicias mientras portea a su amiga. Ambas han pasado el confinamiento teletrabajando. Una de ellas al final se compró un ukelele y decidió aprender música. Se les hizo largo. Pero las dos saben que son afortunadas por conservar sus trabajos y tener sanos a sus padres; a los que visitarán en Galicia y Teruel en cuanto les permitan salir de Madrid.
Alpha (26) es senegalés, llegó a España hace dos años y aún no tiene papeles. Trabaja con su tío en la peluquería que éste regenta en Lavapiés. Desde que han vuelto a abrir, la sonrisa ha vuelto a su cara, aunque no podamos verla debajo de la mascarilla. “Lo pasé mal durante el confinamiento, pero sabía que era por la salud de la gente”, recuerda. Su familia está bien, todos, el Covid-19 no ha golpeado en Senegal tan fuerte como en Europa. “Yo sigo mi destino”, dice, una expresión muy africana que significa que aceptan lo que venga sin miedo. También la “nueva normalidad”, que afronta con sus vistosos trajes africanos que cose él mismo, porque no quiere perder sus raíces, eso sí, “al estilo moderno”
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Alpha (26) es senegalés, llegó a España hace dos años y aún no tiene papeles. Trabaja con su tío en la peluquería que éste regenta en Lavapiés. Desde que han vuelto a abrir, la sonrisa ha vuelto a su cara, aunque no podamos verla debajo de la mascarilla. “Lo pasé mal durante el confinamiento, pero sabía que era por la salud de la gente”, recuerda. Su familia está bien, todos, el Covid-19 no ha golpeado en Senegal tan fuerte como en Europa. “Yo sigo mi destino”, dice, una expresión muy africana que significa que aceptan lo que venga sin miedo. También la “nueva normalidad”, que afronta con sus vistosos trajes africanos que cose él mismo, porque no quiere perder sus raíces, eso sí, “al estilo moderno”
A Sara (28) le diagnosticaron un trastorno mental cuando tenía 13 años. Desde entonces, ha necesitado ayuda de los servicios médicos de manera intermitente. Cuando decretaron el estado de alarma estaba ingresada, en mitad de un tratamiento. Pero en el hospital donde la trataban tuvieron que mandar a casa a todos los pacientes de su unidad, porque necesitaban camas para el Covid-19. “Estaban colapsados, no podían hacer otra cosa”, explica con su carácter comprensivo. Lo más duro para Sara ha sido no ver a su hermana durante estos meses, y mantenerse activa: “establecer una rutina para no quedarte en la cama es muy importante”, insiste. Son muchas las personas que se encuentran en esta situación, y que a menudo lo esconden por el miedo a ser estigmatizadas. Tal vez esta crisis, en la que todos nos hemos visto privados de muchas cosas que entendíamos como “normales”, nos sirva para ser más tolerantes y entender más a los demás.
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A Sara (28) le diagnosticaron un trastorno mental cuando tenía 13 años. Desde entonces, ha necesitado ayuda de los servicios médicos de manera intermitente. Cuando decretaron el estado de alarma estaba ingresada, en mitad de un tratamiento. Pero en el hospital donde la trataban tuvieron que mandar a casa a todos los pacientes de su unidad, porque necesitaban camas para el Covid-19. “Estaban colapsados, no podían hacer otra cosa”, explica con su carácter comprensivo. Lo más duro para Sara ha sido no ver a su hermana durante estos meses, y mantenerse activa: “establecer una rutina para no quedarte en la cama es muy importante”, insiste. Son muchas las personas que se encuentran en esta situación, y que a menudo lo esconden por el miedo a ser estigmatizadas. Tal vez esta crisis, en la que todos nos hemos visto privados de muchas cosas que entendíamos como “normales”, nos sirva para ser más tolerantes y entender más a los demás.
Azucena (63) nació en Baracaldo, pero lleva media vida en Madrid; Antonio (60) nació en Lavapiés, y aquí sigue. Él es sanitario, trabaja en el Hospital Gregorio Marañón y estas semanas ha visto cosas que nunca pensó que vería. “Es imposible de contar, es una cosa para vivirla, nunca imaginas tanta desgracia”, reconoce. Tal vez por haberlo vivido en primera persona, ahora toman tantas precauciones. “No dormimos juntos desde el 8 de marzo, y llevamos una limpieza muy rigurosa”, explica Azucena. Su confinamiento sigue siendo riguroso a día de hoy: “sólo salgo para comprar comida y ayudar a una amiga que tiene cáncer. Estoy pensando a largo plazo, me parece una locura que la gente salga a la calle como si fuera una fiesta, es una irresponsabilidad absoluta”, sentencia. Hoy los visita Silvia y su perra Matilde, a la que Azucena ha cuidado muchas veces mientras su dueña trabajaba. Aún no pueden darse abrazos. Eso sigue siendo lo más duro.
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Azucena (63) nació en Baracaldo, pero lleva media vida en Madrid; Antonio (60) nació en Lavapiés, y aquí sigue. Él es sanitario, trabaja en el Hospital Gregorio Marañón y estas semanas ha visto cosas que nunca pensó que vería. “Es imposible de contar, es una cosa para vivirla, nunca imaginas tanta desgracia”, reconoce. Tal vez por haberlo vivido en primera persona, ahora toman tantas precauciones. “No dormimos juntos desde el 8 de marzo, y llevamos una limpieza muy rigurosa”, explica Azucena. Su confinamiento sigue siendo riguroso a día de hoy: “sólo salgo para comprar comida y ayudar a una amiga que tiene cáncer. Estoy pensando a largo plazo, me parece una locura que la gente salga a la calle como si fuera una fiesta, es una irresponsabilidad absoluta”, sentencia. Hoy los visita Silvia y su perra Matilde, a la que Azucena ha cuidado muchas veces mientras su dueña trabajaba. Aún no pueden darse abrazos. Eso sigue siendo lo más duro.
Mañana Lavapiés pasa de fase. Aunque este barrio pasó de fase hace mucho tiempo. En un Madrid donde aún seguimos viendo agresiones homófobas e insultos racistas, pasear por las calles de Lavapiés es como encontrar un oasis en medio del desierto. Los dos últimos meses el oasis ha estado cerrado por el Covid-19, pero ahora que reabre, el color y la diversidad van inundando sus calles de manera despreocupada. Acordes de esperanza para un domingo.
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Mañana Lavapiés pasa de fase. Aunque este barrio pasó de fase hace mucho tiempo. En un Madrid donde aún seguimos viendo agresiones homófobas e insultos racistas, pasear por las calles de Lavapiés es como encontrar un oasis en medio del desierto. Los dos últimos meses el oasis ha estado cerrado por el Covid-19, pero ahora que reabre, el color y la diversidad van inundando sus calles de manera despreocupada. Acordes de esperanza para un domingo.
“En mitad de una crisis como ésta la prostitución es lo único que nos queda a muchas mujeres para salir adelante, y el hecho de que los clientes no puedan venir a casa supone no poder llegar a fin de mes o incluso no poder comer”, explica Andrea (27), que en mitad de una manifestación en la Puerta del Sol de Madrid ha decido descubrir sus pechos para visibilizar esta realidad. Ella es actriz, y trabaja en una serie de Atresplayer. Pero cuando no hay trabajo de lo suyo, en una profesión tan volátil como la de actriz, también tiene que ejercer la prostitución. Con la irrupción del Covid-19 su teléfono dejó de sonar, y está tirando de los ahorros que tenía. “A nosotras no nos han dado ningún tipo de ERTE, y tengo amigas que están literalmente en la calle, muriéndose de hambre”, sentencia. Las consecuencias de esta crisis sanitaria golpean más duro a los colectivos que no están regulados.
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“En mitad de una crisis como ésta la prostitución es lo único que nos queda a muchas mujeres para salir adelante, y el hecho de que los clientes no puedan venir a casa supone no poder llegar a fin de mes o incluso no poder comer”, explica Andrea (27), que en mitad de una manifestación en la Puerta del Sol de Madrid ha decido descubrir sus pechos para visibilizar esta realidad. Ella es actriz, y trabaja en una serie de Atresplayer. Pero cuando no hay trabajo de lo suyo, en una profesión tan volátil como la de actriz, también tiene que ejercer la prostitución. Con la irrupción del Covid-19 su teléfono dejó de sonar, y está tirando de los ahorros que tenía. “A nosotras no nos han dado ningún tipo de ERTE, y tengo amigas que están literalmente en la calle, muriéndose de hambre”, sentencia. Las consecuencias de esta crisis sanitaria golpean más duro a los colectivos que no están regulados.
La “nueva normalidad” se refleja ya en las calles de Lavapiés. Desde ayer es obligatorio llevar mascarilla en los espacios públicos, una medida más para luchar contra el Covid-19, en una España aún paralizada por sus efectos. Poco a poco recuperamos el espacio que nos arrebataron cuando se decretó el estado de alarma, y volvemos a mirar a nuestro alrededor con ojos de niño, como si nunca antes hubiéramos visto nuestro barrio. Guardando las distancias, eso sí, y con la boca tapada. Por si acaso.
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La “nueva normalidad” se refleja ya en las calles de Lavapiés. Desde ayer es obligatorio llevar mascarilla en los espacios públicos, una medida más para luchar contra el Covid-19, en una España aún paralizada por sus efectos. Poco a poco recuperamos el espacio que nos arrebataron cuando se decretó el estado de alarma, y volvemos a mirar a nuestro alrededor con ojos de niño, como si nunca antes hubiéramos visto nuestro barrio. Guardando las distancias, eso sí, y con la boca tapada. Por si acaso.
Parroquia de Vallecas, banco de alimentos. 19/05/2020, Madrid.
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Parroquia de Vallecas, banco de alimentos. 19/05/2020, Madrid.
La vida de Ubaldo (89), el párroco de El Salvador y San Nicolás, se quedó sin luz cuando decretaron el estado de alarma. En sus casi treinta años al frente de esta parroquia del barrio de Lavapiés, nunca se habían suspendido los oficios religiosos, y nunca le había faltado la luz y el afecto que le brindaban sus feligreses. "Tener la iglesia cerrada ha sido muy duro –dice–, aunque yo siempre he estado aquí, ayudando con lo que podía aunque fuera a través de la verja". A pesar de que las puertas estaban clausuradas, no ha dejado de acudir gente a pedir ayuda, ayuda económica en la mayoría de ocasiones. Ayer se permitió celebrar misas nuevamente en Madrid, con un aforo máximo del 30%, pero este párroco (que se ha hecho con una lámpara de luz ultravioleta para desinfectar todo lo que puede dentro de su iglesia) no recuperará la alegría hasta que sus fieles vuelvan a llenar los bancos.
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La vida de Ubaldo (89), el párroco de El Salvador y San Nicolás, se quedó sin luz cuando decretaron el estado de alarma. En sus casi treinta años al frente de esta parroquia del barrio de Lavapiés, nunca se habían suspendido los oficios religiosos, y nunca le había faltado la luz y el afecto que le brindaban sus feligreses. "Tener la iglesia cerrada ha sido muy duro –dice–, aunque yo siempre he estado aquí, ayudando con lo que podía aunque fuera a través de la verja". A pesar de que las puertas estaban clausuradas, no ha dejado de acudir gente a pedir ayuda, ayuda económica en la mayoría de ocasiones. Ayer se permitió celebrar misas nuevamente en Madrid, con un aforo máximo del 30%, pero este párroco (que se ha hecho con una lámpara de luz ultravioleta para desinfectar todo lo que puede dentro de su iglesia) no recuperará la alegría hasta que sus fieles vuelvan a llenar los bancos.
Pablo (39) es de Madrid y ha hecho de su pasión, el deporte, su profesión. Es co-propietario de un gimnasio donde se practican deportes de contacto. Lo abrió hace tres años, y la impotencia de verlo cerrado ahora, sin poder generar un solo euro mientras tiene que correr con todos los gastos, lo está destrozando. En estos momentos debería estar entrenando a su equipo para las competiciones nacionales e internaciones de MMA (artes marciales mixtas) y K-1 (una adaptación del kickboxing). El año pasado fueron subcampeones de Europa. “Quiero volver a trabajar y volver a ver a los chicos, que son mi otra gran familia”, dice. Ve muy complicado recuperar la normalidad, y no cree que sea rentable reabrir el gimnasio con un tercio del aforo. No sabe nada: ni cuándo se podrá abrir, ni cómo, ni las ayudas que van a venir, si es que vienen. Siente que los autónomos son los grandes damnificados siempre. La crisis por el Covid-19 no es una excepción.
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Pablo (39) es de Madrid y ha hecho de su pasión, el deporte, su profesión. Es co-propietario de un gimnasio donde se practican deportes de contacto. Lo abrió hace tres años, y la impotencia de verlo cerrado ahora, sin poder generar un solo euro mientras tiene que correr con todos los gastos, lo está destrozando. En estos momentos debería estar entrenando a su equipo para las competiciones nacionales e internaciones de MMA (artes marciales mixtas) y K-1 (una adaptación del kickboxing). El año pasado fueron subcampeones de Europa. “Quiero volver a trabajar y volver a ver a los chicos, que son mi otra gran familia”, dice. Ve muy complicado recuperar la normalidad, y no cree que sea rentable reabrir el gimnasio con un tercio del aforo. No sabe nada: ni cuándo se podrá abrir, ni cómo, ni las ayudas que van a venir, si es que vienen. Siente que los autónomos son los grandes damnificados siempre. La crisis por el Covid-19 no es una excepción.
Marta (35), como buena madrileña que se precie de serlo, se viste de chulapa o chulapo cada 15 de mayo para ir a la Pradera a celebrar San Isidro. Este año no ha podido cumplir con la tradición más castiza, pero se ha puesto su mantón (y su mascarilla) para no olvidarla del todo. Ella es arquitecta, y últimamente piensa mucho en lugares con horizontes abiertos, sin edificios de ladrillo y hormigón que le corten la mirada. Viajará en cuanto el Covid-19 nos lo permita, y también tocará y abrazará y chupará de nuevo a sus amigos, a los que ha echado mucho de menos desde que se decretó el estado de alarma. Mientras se consuela con sus paseos vespertinos, que asemeja a los que se dan en vacaciones por la orilla del mar, y disfruta de “la sensación de ducharte tarde para salir a observar la ciudad sin prisa”.
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Marta (35), como buena madrileña que se precie de serlo, se viste de chulapa o chulapo cada 15 de mayo para ir a la Pradera a celebrar San Isidro. Este año no ha podido cumplir con la tradición más castiza, pero se ha puesto su mantón (y su mascarilla) para no olvidarla del todo. Ella es arquitecta, y últimamente piensa mucho en lugares con horizontes abiertos, sin edificios de ladrillo y hormigón que le corten la mirada. Viajará en cuanto el Covid-19 nos lo permita, y también tocará y abrazará y chupará de nuevo a sus amigos, a los que ha echado mucho de menos desde que se decretó el estado de alarma. Mientras se consuela con sus paseos vespertinos, que asemeja a los que se dan en vacaciones por la orilla del mar, y disfruta de “la sensación de ducharte tarde para salir a observar la ciudad sin prisa”.
El ruido y el color vuelven a llenar las calles de Lavapiés. Sus pequeñas tiendas de alimentación, sus aceras y recovecos. Al caer la tarde, el bullicio es imparable. El griterío de los niños, con sus patinetes y sus carreras, se asemeja al del primer día de las vacaciones de verano. Y los padres aprovechan para hacer la compra con más ánimo que hace unas semanas, cuando las restricciones por el estado de alarma teñían las calles de gris y las llenaban de un silencio ensordecedor. Sus sonrisas se intuyen por debajo de las mascarillas de la “nueva normalidad”. El Covid-19 sigue estando presente, pero la vida continúa.
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El ruido y el color vuelven a llenar las calles de Lavapiés. Sus pequeñas tiendas de alimentación, sus aceras y recovecos. Al caer la tarde, el bullicio es imparable. El griterío de los niños, con sus patinetes y sus carreras, se asemeja al del primer día de las vacaciones de verano. Y los padres aprovechan para hacer la compra con más ánimo que hace unas semanas, cuando las restricciones por el estado de alarma teñían las calles de gris y las llenaban de un silencio ensordecedor. Sus sonrisas se intuyen por debajo de las mascarillas de la “nueva normalidad”. El Covid-19 sigue estando presente, pero la vida continúa.
Yusuf (izquierda) y Bruno (con su guitarra entre las manos) continúan viviendo como pueden esta crisis sanitaria. Siguen sin agua corriente en su pequeño piso de Lavapiés, pero desde que se han atenuado las restricciones para salir a la calle lo llevan mejor. Ahora que hay más vida, y mucha más gente por el barrio, tienen también más facilidades para conseguir comida. Bruno tiene un trabajo a la vista, en Alicante, donde está pensando mudarse cuando se pueda viajar a otras provincias. Ninguno de los dos habla con su familia en Guinea; no quieren preocuparles con las noticias sobre el Covid-19 que siguen sonando con pesadumbre en los medios de comunicación en España.
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Yusuf (izquierda) y Bruno (con su guitarra entre las manos) continúan viviendo como pueden esta crisis sanitaria. Siguen sin agua corriente en su pequeño piso de Lavapiés, pero desde que se han atenuado las restricciones para salir a la calle lo llevan mejor. Ahora que hay más vida, y mucha más gente por el barrio, tienen también más facilidades para conseguir comida. Bruno tiene un trabajo a la vista, en Alicante, donde está pensando mudarse cuando se pueda viajar a otras provincias. Ninguno de los dos habla con su familia en Guinea; no quieren preocuparles con las noticias sobre el Covid-19 que siguen sonando con pesadumbre en los medios de comunicación en España.
Rosalía (64) es refugiada. Vino de Honduras hace dos años y estudió peluquería. En un mes, han fallecido tres de sus hermanos. No han podido velarles, a pesar de que uno de ellos murió a causa de un problema cardíaco que no tenía nada que ver con el Covid-19. Perdió su trabajo justo después, y sus ingresos, y no pudo pagar la habitación que tenía alquilada en Madrid. Se ha quedado en la calle, obligada a guardar cuarentena, porque las personas con las que compartía piso tuvieron coronavirus. Cruz Roja la ha llevado al hotel Holiday Inn las Tablas, ahora medicalizado, donde alojan temporalmente a personas como Rosalía. “Por mi edad, todo me lo ponen difícil. Me llaman para entrevistas de trabajo, pero cuando les digo mi edad ya no les intereso”, se lamenta. Sueña con volver a ver a sus hijos, y a su nieto, cuando se restablezca. Ellos desconocen las penurias por las que está pasando Rosalía en España.
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Rosalía (64) es refugiada. Vino de Honduras hace dos años y estudió peluquería. En un mes, han fallecido tres de sus hermanos. No han podido velarles, a pesar de que uno de ellos murió a causa de un problema cardíaco que no tenía nada que ver con el Covid-19. Perdió su trabajo justo después, y sus ingresos, y no pudo pagar la habitación que tenía alquilada en Madrid. Se ha quedado en la calle, obligada a guardar cuarentena, porque las personas con las que compartía piso tuvieron coronavirus. Cruz Roja la ha llevado al hotel Holiday Inn las Tablas, ahora medicalizado, donde alojan temporalmente a personas como Rosalía. “Por mi edad, todo me lo ponen difícil. Me llaman para entrevistas de trabajo, pero cuando les digo mi edad ya no les intereso”, se lamenta. Sueña con volver a ver a sus hijos, y a su nieto, cuando se restablezca. Ellos desconocen las penurias por las que está pasando Rosalía en España.
Charo (45) vivía en un centro de acogida para mujeres víctimas de violencia de género, pero en pleno estado de alarma empezó a sufrir acoso por parte de varias compañeras, y tuvo que irse de allí. Acabó en un parque de Villaverde. “Los vecinos me llevaron la batamanta, comida… durante tres días. Y después he sido como una pelota de tenis”, relata. Pasó varios días en el piso de unos amigos, luego le ayudó el Samur social y finalmente Cruz Roja le consiguió una plaza en el hotel Holliday In Las Tablas, que han habilitado para personas que no tienen hogar y se han contagiado de Covid-19 durante esta crisis sanitaria. Charo tiene síntomas leves. “He perdido el gusto y el olfato, pero me encuentro bien”, asegura con voz enérgica desde el otro lado del teléfono de la recepción del hotel. Nació en Triana, pero después de vivir 16 años en Madrid tiene aquí su vida, y a su hijo. La persona que más ha echado de menos durante todo su periplo.
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Charo (45) vivía en un centro de acogida para mujeres víctimas de violencia de género, pero en pleno estado de alarma empezó a sufrir acoso por parte de varias compañeras, y tuvo que irse de allí. Acabó en un parque de Villaverde. “Los vecinos me llevaron la batamanta, comida… durante tres días. Y después he sido como una pelota de tenis”, relata. Pasó varios días en el piso de unos amigos, luego le ayudó el Samur social y finalmente Cruz Roja le consiguió una plaza en el hotel Holliday In Las Tablas, que han habilitado para personas que no tienen hogar y se han contagiado de Covid-19 durante esta crisis sanitaria. Charo tiene síntomas leves. “He perdido el gusto y el olfato, pero me encuentro bien”, asegura con voz enérgica desde el otro lado del teléfono de la recepción del hotel. Nació en Triana, pero después de vivir 16 años en Madrid tiene aquí su vida, y a su hijo. La persona que más ha echado de menos durante todo su periplo.
Concepción (85) es cordobesa, pero lleva más de medio siglo viviendo en Madrid. Ella no tiene familia. Trabajó toda su vida limpiando en una casa, y ahora son los asistentes sociales del Ayuntamiento los que la cuidad a ella. Debido al Covid-19, esta asistencia se vio interrumpida, pero le ofrecieron una solución para que pudiera estar atendida: que se trasladase a un hotel de apartamentos en el centro de la ciudad (el Eurobuilding 2), transformado ahora en residencia para personas mayores, donde les dan también la atención sanitaria que puedan necesitar. Concepción quiere volver pronto a su casa, y salir a la calle a comprar el pan como cada día. Pero hasta que la situación se lo permita, este hotel para mayores parece un lugar más humano y seguro que algunas residencias que han protagonizado las crónicas más negras durante el estado de alarma que nos ha tocado vivir.
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Concepción (85) es cordobesa, pero lleva más de medio siglo viviendo en Madrid. Ella no tiene familia. Trabajó toda su vida limpiando en una casa, y ahora son los asistentes sociales del Ayuntamiento los que la cuidad a ella. Debido al Covid-19, esta asistencia se vio interrumpida, pero le ofrecieron una solución para que pudiera estar atendida: que se trasladase a un hotel de apartamentos en el centro de la ciudad (el Eurobuilding 2), transformado ahora en residencia para personas mayores, donde les dan también la atención sanitaria que puedan necesitar. Concepción quiere volver pronto a su casa, y salir a la calle a comprar el pan como cada día. Pero hasta que la situación se lo permita, este hotel para mayores parece un lugar más humano y seguro que algunas residencias que han protagonizado las crónicas más negras durante el estado de alarma que nos ha tocado vivir.
“He llorado muchísimo”, dice Use. No le gusta nada que le llamen Eusebia, y quiere que pongamos que tiene 18 años. Desde luego su voz transmite la energía de una adolescente. Nació en Cáceres, pero lleva 60 años viviendo en Madrid. Tuvo cuatro hijos, uno murió. Pero llegaron a su vida ocho nietos y un bisnieto. Ahora está en el hotel Eurobuilding 2 que el Ayuntamiento ha habilitado con la ayuda de Madrid Salud para personas mayores que viven solas, y tienen dificultad para valerse sin ayuda. “Al principio venía una asistente para ayudarme a bañar y hacer la comida, majísimas eran, pero yo sola en casa… han sido días muy duros”, reconoce. Ahora está atendida las 24 horas. Colorea mandalas para entretenerse y habla con sus nuevas amigas del hotel. Ya no llora. Y seguro que su alegría contagiosa ayuda disipar la tristeza que ha sembrado el Covid-19.
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“He llorado muchísimo”, dice Use. No le gusta nada que le llamen Eusebia, y quiere que pongamos que tiene 18 años. Desde luego su voz transmite la energía de una adolescente. Nació en Cáceres, pero lleva 60 años viviendo en Madrid. Tuvo cuatro hijos, uno murió. Pero llegaron a su vida ocho nietos y un bisnieto. Ahora está en el hotel Eurobuilding 2 que el Ayuntamiento ha habilitado con la ayuda de Madrid Salud para personas mayores que viven solas, y tienen dificultad para valerse sin ayuda. “Al principio venía una asistente para ayudarme a bañar y hacer la comida, majísimas eran, pero yo sola en casa… han sido días muy duros”, reconoce. Ahora está atendida las 24 horas. Colorea mandalas para entretenerse y habla con sus nuevas amigas del hotel. Ya no llora. Y seguro que su alegría contagiosa ayuda disipar la tristeza que ha sembrado el Covid-19.
María Jesús recibe emocionada desde el balcón de su casa de Lavapiés el homenaje de sus vecinos en su 80 cumpleaños. Echa de menos a su hermana y a su sobrina con las que estaría pasando el día en circunstancias normales pero está contenta de haber hecho nuevos amigos entre los habitantes de las viviendas mas cercanas. Durante el confinamiento por la alerta sanitaria causada por el Covid-19 pasa su tiempo cocinando, arreglando la casa y coloreando mandalas para distraerse. No se ha perdido ni un solo día los aplausos de las 8 de la tarde a los trabajadores sanitarios y aunque lleva bien la situación desea que todo acabe lo antes posible para poder celebrar la vida con sus seres más queridos.
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María Jesús recibe emocionada desde el balcón de su casa de Lavapiés el homenaje de sus vecinos en su 80 cumpleaños. Echa de menos a su hermana y a su sobrina con las que estaría pasando el día en circunstancias normales pero está contenta de haber hecho nuevos amigos entre los habitantes de las viviendas mas cercanas. Durante el confinamiento por la alerta sanitaria causada por el Covid-19 pasa su tiempo cocinando, arreglando la casa y coloreando mandalas para distraerse. No se ha perdido ni un solo día los aplausos de las 8 de la tarde a los trabajadores sanitarios y aunque lleva bien la situación desea que todo acabe lo antes posible para poder celebrar la vida con sus seres más queridos.
Younes Baiz (20) llegó a España en la bodega de un barco procedente de Tánger, viajaba como polizón. Fue en 2014, y por aquel entonces era menor de edad. A su llegada a Cádiz, la policía lo descubrió y lo trasladó a un CIE. Cuando cumplió 18 encontró trabajo en un asador de pollos y arregló sus papeles. “Tenía dinero en el banco, vestía bien, vivía bien”, cuenta. Pero decidió mudarse a Madrid el verano pasado, y aquí no consiguió nada. Ahora está en la calle. Todos los días camina desde el barrio del Pozo hasta Lavapiés para recoger la comida que le dan en el Teatro del Barrio (ahora reconvertido en banco de alimentos). Younes sólo espera a que levanten las restricciones a causa del Covid-19 para irse de esta ciudad. “A un sitio con campo, para poder trabajar la tierra, ganar dinero y volver a Marruecos con la cabeza alta”, dice.
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Younes Baiz (20) llegó a España en la bodega de un barco procedente de Tánger, viajaba como polizón. Fue en 2014, y por aquel entonces era menor de edad. A su llegada a Cádiz, la policía lo descubrió y lo trasladó a un CIE. Cuando cumplió 18 encontró trabajo en un asador de pollos y arregló sus papeles. “Tenía dinero en el banco, vestía bien, vivía bien”, cuenta. Pero decidió mudarse a Madrid el verano pasado, y aquí no consiguió nada. Ahora está en la calle. Todos los días camina desde el barrio del Pozo hasta Lavapiés para recoger la comida que le dan en el Teatro del Barrio (ahora reconvertido en banco de alimentos). Younes sólo espera a que levanten las restricciones a causa del Covid-19 para irse de esta ciudad. “A un sitio con campo, para poder trabajar la tierra, ganar dinero y volver a Marruecos con la cabeza alta”, dice.
Paco (85) pasa por delante del bar que regentó durante más de cuarenta años en Lavapiés, el FM. Es el primer día que sale a la calle desde que decretaron el Estado de Alarma el pasado 14 de marzo. Durante estas semanas de confinamiento se ha dedicado a cuidar las plantas que rebosan vida en el balcón y a arreglar bicicletas, una afición que conserva de sus tiempos de ciclista, en la juventud. Retomar la “nueva normalidad” no está siendo fácil para él, está luchando contra el cáncer, y de pasar tanto tiempo sin salir de casa le duelen las rodillas al caminar. La única noticia buena es que, de momento, se ha parado el desahucio que pesa sobre su vivienda. Un fondo buitre compró el edificio donde vive Paco, e invitó a todos los vecinos a largarse de ahí. Otra batalla a la que se ha sumado la del Covid-19.
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Paco (85) pasa por delante del bar que regentó durante más de cuarenta años en Lavapiés, el FM. Es el primer día que sale a la calle desde que decretaron el Estado de Alarma el pasado 14 de marzo. Durante estas semanas de confinamiento se ha dedicado a cuidar las plantas que rebosan vida en el balcón y a arreglar bicicletas, una afición que conserva de sus tiempos de ciclista, en la juventud. Retomar la “nueva normalidad” no está siendo fácil para él, está luchando contra el cáncer, y de pasar tanto tiempo sin salir de casa le duelen las rodillas al caminar. La única noticia buena es que, de momento, se ha parado el desahucio que pesa sobre su vivienda. Un fondo buitre compró el edificio donde vive Paco, e invitó a todos los vecinos a largarse de ahí. Otra batalla a la que se ha sumado la del Covid-19.
Javier celebra su 50 cumpleaños cuando se cumplen 50 días de confinamiento por el Covid-19. Es actor y gestor cultural. El Estado de Alarma cortó de raíz el que estaba siendo su momento profesional más brillante, con tres producciones teatrales entre manos y dirigiendo la Feria de Teatro de Madrid. Con todos los centros culturales cerrados, su trabajo y su vida están en pausa. "Cada vez que oigo que el confinamiento es una oportunidad de conocerse y hacer cursos online, más me agobio, porque yo no tengo ganas de hacer nada de eso, no tengo capacidad de concentración, solo tengo kilos de ansiedad", confiesa. Lo cierto es que, entre tanto buenrrollismo que nos venden en TV y en las redes, ésta también es la realidad de muchas personas. Los aplausos de las ocho es lo único que Javier ha llevado a rajatabla. Su hermano es médico, y él seguirá aplaudiéndole hasta que todo acabe.
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Javier celebra su 50 cumpleaños cuando se cumplen 50 días de confinamiento por el Covid-19. Es actor y gestor cultural. El Estado de Alarma cortó de raíz el que estaba siendo su momento profesional más brillante, con tres producciones teatrales entre manos y dirigiendo la Feria de Teatro de Madrid. Con todos los centros culturales cerrados, su trabajo y su vida están en pausa. "Cada vez que oigo que el confinamiento es una oportunidad de conocerse y hacer cursos online, más me agobio, porque yo no tengo ganas de hacer nada de eso, no tengo capacidad de concentración, solo tengo kilos de ansiedad", confiesa. Lo cierto es que, entre tanto buenrrollismo que nos venden en TV y en las redes, ésta también es la realidad de muchas personas. Los aplausos de las ocho es lo único que Javier ha llevado a rajatabla. Su hermano es médico, y él seguirá aplaudiéndole hasta que todo acabe.
El 2 de mayo de 1808 Madrid se levantó contra las tropas de Napoleón para recuperar la ciudad. El 2 de mayo de 2020 los madrileños también se echaron a la calle (por turnos, eso sí) para recuperar sus vidas, poco a poco. Después de pasar 50 días confinados, los vecinos de Lavapiés celebraban su dosis de libertad con música y luces de colores que Víctor y Xevi colocaron en su ventana, invitando a bailar a todo el que pasaba por delante. La mayoría con mascarilla y guardando las distancias. El Gobierno de España lo llama la “nueva normalidad”.
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El 2 de mayo de 1808 Madrid se levantó contra las tropas de Napoleón para recuperar la ciudad. El 2 de mayo de 2020 los madrileños también se echaron a la calle (por turnos, eso sí) para recuperar sus vidas, poco a poco. Después de pasar 50 días confinados, los vecinos de Lavapiés celebraban su dosis de libertad con música y luces de colores que Víctor y Xevi colocaron en su ventana, invitando a bailar a todo el que pasaba por delante. La mayoría con mascarilla y guardando las distancias. El Gobierno de España lo llama la “nueva normalidad”.
Patricia (28) es vasca, vino a vivir a Madrid hace 5 años y en 2018 montó una tienda de tortillas de patata en lata que fue un éxito. Al principio, los turistas eran los que más frecuentaban su negocio, pero poco a poco los madrileños empezaron a comprar estas latas personalizadas con un manjar muy nuestro dentro, sobre todo para regalar. El negocio iba viento en popa, pero solo pudo resistir las dos primeras semanas de Estado de Alarma. Ha tenido que liquidarlo, enviando la mitad de sus existencias por correo. Cuando el Covid-19 nos permita volver a nuestras vidas, lo más seguro es que busque trabajo como maquilladora, su profesión anterior. Ha vuelto a la casilla de salida, como cuando llegó a Madrid, hace 5 años.
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Patricia (28) es vasca, vino a vivir a Madrid hace 5 años y en 2018 montó una tienda de tortillas de patata en lata que fue un éxito. Al principio, los turistas eran los que más frecuentaban su negocio, pero poco a poco los madrileños empezaron a comprar estas latas personalizadas con un manjar muy nuestro dentro, sobre todo para regalar. El negocio iba viento en popa, pero solo pudo resistir las dos primeras semanas de Estado de Alarma. Ha tenido que liquidarlo, enviando la mitad de sus existencias por correo. Cuando el Covid-19 nos permita volver a nuestras vidas, lo más seguro es que busque trabajo como maquilladora, su profesión anterior. Ha vuelto a la casilla de salida, como cuando llegó a Madrid, hace 5 años.
Pawel (32) es de Polonia. No conoció a su padre biológico, y su madre lo echó de casa hace 7 años, porque no quería estudiar ni trabajar. Reconoce que solo daba problemas, estaba desmotivado y deprimido. Pero cuando se vio en la calle espabiló y comenzó a viajar por Europa. Ha terminado en el pabellón para personas sin hogar que el Ayuntamiento de Madrid ha habilitado en IFEMA durante el estado de alarma. “No es fácil, hay personas muy hostiles aquí y no tengo amigos”, se lamenta. Aprovecha para hacer ejercicio, en solitario, casi todo el día. Uno de los trabajadores sociales de IFEMA comenta que Pawel hubiera subido el Tourmalet varias veces si hubiera pedaleado al aire libre. Tal vez, a partir de mañana, cambie la bici estática por una de verdad, durante el permiso que tendremos todos para salir a pasear. Texto: María Senovilla
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Pawel (32) es de Polonia. No conoció a su padre biológico, y su madre lo echó de casa hace 7 años, porque no quería estudiar ni trabajar. Reconoce que solo daba problemas, estaba desmotivado y deprimido. Pero cuando se vio en la calle espabiló y comenzó a viajar por Europa. Ha terminado en el pabellón para personas sin hogar que el Ayuntamiento de Madrid ha habilitado en IFEMA durante el estado de alarma. “No es fácil, hay personas muy hostiles aquí y no tengo amigos”, se lamenta. Aprovecha para hacer ejercicio, en solitario, casi todo el día. Uno de los trabajadores sociales de IFEMA comenta que Pawel hubiera subido el Tourmalet varias veces si hubiera pedaleado al aire libre. Tal vez, a partir de mañana, cambie la bici estática por una de verdad, durante el permiso que tendremos todos para salir a pasear. Texto: María Senovilla
Gustavo (48) es brasileño. Llegó a España hace tan solo siete meses, con la esperanza de trabajar y completar sus estudios universitarios. Pero se vio envuelto en el círculo vicioso en el que se ven envueltos muchas personas sin hogar: sin trabajo no puede pagar un alquiler, y sin una casa en la que vivir es muy difícil encontrar un trabajo. Gustavo ha solicitado asilo, pero ahora hay muchas solicitudes (a raíz de la crisis de Venezuela) y con el parón institucional ocasionado por el COVID-19 se va a retrasar todo aún más. “Espero que a partir de junio pueda pedir la segunda cita, aunque no creo que mi situación vaya a cambiar de la noche a la mañana”, reconoce.
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Gustavo (48) es brasileño. Llegó a España hace tan solo siete meses, con la esperanza de trabajar y completar sus estudios universitarios. Pero se vio envuelto en el círculo vicioso en el que se ven envueltos muchas personas sin hogar: sin trabajo no puede pagar un alquiler, y sin una casa en la que vivir es muy difícil encontrar un trabajo. Gustavo ha solicitado asilo, pero ahora hay muchas solicitudes (a raíz de la crisis de Venezuela) y con el parón institucional ocasionado por el COVID-19 se va a retrasar todo aún más. “Espero que a partir de junio pueda pedir la segunda cita, aunque no creo que mi situación vaya a cambiar de la noche a la mañana”, reconoce.
Víctor Alfonso (43) y María Yolanda (48) son de Ecuador, pero llevan dos décadas en España. Antes de que el Covid-19 lo paralizara casi todo, Víctor trabajaba en una frutería y hacía reformas. María Yolanda trabajaba de camarera y vendía granizados en el Manzanares. Ambos han perdido sus trabajos y ahora viven en una vivienda precaria en Villaverde, sin agua ni electricidad. El SAMUR Social de Madrid informó a Médicos del Mundo de su situación, y la ONG les ha llevado algunos productos básicos. Se ayudan el uno al otro. Aunque María Yolanda desea volver a su país, y trabajar. Sobre todo trabajar, para poder ayudar también a su familia.
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Víctor Alfonso (43) y María Yolanda (48) son de Ecuador, pero llevan dos décadas en España. Antes de que el Covid-19 lo paralizara casi todo, Víctor trabajaba en una frutería y hacía reformas. María Yolanda trabajaba de camarera y vendía granizados en el Manzanares. Ambos han perdido sus trabajos y ahora viven en una vivienda precaria en Villaverde, sin agua ni electricidad. El SAMUR Social de Madrid informó a Médicos del Mundo de su situación, y la ONG les ha llevado algunos productos básicos. Se ayudan el uno al otro. Aunque María Yolanda desea volver a su país, y trabajar. Sobre todo trabajar, para poder ayudar también a su familia.
Patricia (43) perdió su trabajo cuando decretaron el Estado de Alarma por el Covid-19. Ella es canaria, vino a vivir a Madrid en 2015 y trabajaba en la hostelería desde entonces. El confinamiento le está sirviendo para pensar mucho en su futuro laboral. Se está replanteando volver a su profesión (estudió Criminología), pero todo es muy incierto a día de hoy. Por suerte, su casera es una de esas personas que hacen que el mundo sea un poco más amable, y le ha rebajado el alquiler a la mitad hasta agosto. Para que pueda recomponer su situación. Tener a la familia lejos es lo más duro para ella, pero ver a los niños por la calle estos días le ha dado subidón: “ya se ve la luz al final del túnel”, dice con su acento dulce, cargado de esperanza.
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Patricia (43) perdió su trabajo cuando decretaron el Estado de Alarma por el Covid-19. Ella es canaria, vino a vivir a Madrid en 2015 y trabajaba en la hostelería desde entonces. El confinamiento le está sirviendo para pensar mucho en su futuro laboral. Se está replanteando volver a su profesión (estudió Criminología), pero todo es muy incierto a día de hoy. Por suerte, su casera es una de esas personas que hacen que el mundo sea un poco más amable, y le ha rebajado el alquiler a la mitad hasta agosto. Para que pueda recomponer su situación. Tener a la familia lejos es lo más duro para ella, pero ver a los niños por la calle estos días le ha dado subidón: “ya se ve la luz al final del túnel”, dice con su acento dulce, cargado de esperanza.
Hace veinte días, Raquel nos contaba que el Covid-19 se había llevado a su mejor amiga. Rota de dolor por no poder ir a funeral y despedirla, decidió sacar todo de los armarios y hacer limpieza. Hoy los armarios están recogidos, y el sufrimiento de sus ojos no es tan visible. “El duelo sigue por dentro, pero se va sobrellevando”, asegura. Lo primero que hará cuando nos desconfinen será ir al cementerio a llevarle flores. Mientras, hablamos sobre la vida, sobre los hombres y las relaciones que se mantienen a distancia por culpa de la pandemia. “Uy, pues ya se sabe: relación a distancia, felices los cuatro”. Las carcajadas resuenan en el salón.
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Hace veinte días, Raquel nos contaba que el Covid-19 se había llevado a su mejor amiga. Rota de dolor por no poder ir a funeral y despedirla, decidió sacar todo de los armarios y hacer limpieza. Hoy los armarios están recogidos, y el sufrimiento de sus ojos no es tan visible. “El duelo sigue por dentro, pero se va sobrellevando”, asegura. Lo primero que hará cuando nos desconfinen será ir al cementerio a llevarle flores. Mientras, hablamos sobre la vida, sobre los hombres y las relaciones que se mantienen a distancia por culpa de la pandemia. “Uy, pues ya se sabe: relación a distancia, felices los cuatro”. Las carcajadas resuenan en el salón.
Telmo (29) es de Senegal, lleva 6 años en España y vive en una antigua portería de Lavapiés con varios compatriotas. Antes de la alerta sanitaria por el Covid-19, los africanos del barrio salían cada domingo a tocar instrumentos de percusión y a cantar. Una conga festiva, pero también espiritual, que inundaba de acordes tradicionales de África las calles de Madrid, desde Embajadores a Tirso de Molina. Los viandantes que atestaban las calles para disfrutar del Rastro, les daban alguna moneda. Era uno de los ingresos principales de Telmo, que hoy espera envuelto en una bocanada de humo a que la pandemia sea una canción del pasado
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Telmo (29) es de Senegal, lleva 6 años en España y vive en una antigua portería de Lavapiés con varios compatriotas. Antes de la alerta sanitaria por el Covid-19, los africanos del barrio salían cada domingo a tocar instrumentos de percusión y a cantar. Una conga festiva, pero también espiritual, que inundaba de acordes tradicionales de África las calles de Madrid, desde Embajadores a Tirso de Molina. Los viandantes que atestaban las calles para disfrutar del Rastro, les daban alguna moneda. Era uno de los ingresos principales de Telmo, que hoy espera envuelto en una bocanada de humo a que la pandemia sea una canción del pasado
Shakira suena a lo lejos, el ritmo sube desde el bajo izquierda. Después de los aplausos de las ocho, la música inunda las calles de Lavapiés. Desde que se decretó el Estado de Alarma por el Covid-19, los vecinos de Olmo 33 han llevado a casa de Victor y Xevi sus CD’s favoritos, y ellos se encargan de pincharlos. Los viernes, los discos dan paso las copas, a las risas detrás de las puertas, una explosión de vida para escapar de los 40 días de confinamiento que ya van pesando en los cuerpos y en las mentes. Suena el móvil, un mensaje de Whatsapp dice: “Asómate al descansillo de la escalera, tenemos una sorpresa”.
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Shakira suena a lo lejos, el ritmo sube desde el bajo izquierda. Después de los aplausos de las ocho, la música inunda las calles de Lavapiés. Desde que se decretó el Estado de Alarma por el Covid-19, los vecinos de Olmo 33 han llevado a casa de Victor y Xevi sus CD’s favoritos, y ellos se encargan de pincharlos. Los viernes, los discos dan paso las copas, a las risas detrás de las puertas, una explosión de vida para escapar de los 40 días de confinamiento que ya van pesando en los cuerpos y en las mentes. Suena el móvil, un mensaje de Whatsapp dice: “Asómate al descansillo de la escalera, tenemos una sorpresa”.
Los días pesan y el cansancio vence en algunos momentos. Para los sintecho, esta sensación se multiplica por diez. Los que tienen una casa donde confinarse lo intentan superar pensando en el día que vuelva la normalidad; quienes no tienen nada se enfrentarán a la misma situación desesperada. En el centro Luz Casanova, donde ahora pasan el día, cada día, unas 75 personas sin hogar, se plantean como van a financiarse los próximos meses. Las perspectivas son que, después de la pandemia de Covid-19, haya más demanda de ayuda. Mantener una obra social de este tipo cuesta unos 800.000€ al año. Buscan financiación pública, y la solidaridad de personas particulares también ayuda, pero no es suficiente. La única certeza es que este virus no ha logrado infectar la esperanza ni la voluntad de las personas que cuidan a otras personas.
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Los días pesan y el cansancio vence en algunos momentos. Para los sintecho, esta sensación se multiplica por diez. Los que tienen una casa donde confinarse lo intentan superar pensando en el día que vuelva la normalidad; quienes no tienen nada se enfrentarán a la misma situación desesperada. En el centro Luz Casanova, donde ahora pasan el día, cada día, unas 75 personas sin hogar, se plantean como van a financiarse los próximos meses. Las perspectivas son que, después de la pandemia de Covid-19, haya más demanda de ayuda. Mantener una obra social de este tipo cuesta unos 800.000€ al año. Buscan financiación pública, y la solidaridad de personas particulares también ayuda, pero no es suficiente. La única certeza es que este virus no ha logrado infectar la esperanza ni la voluntad de las personas que cuidan a otras personas.
Salmeen (23) es de India. Llego a España hace algo más de un año para ganarse la vida como profesor de inglés, pero se quedó en la calle hace unos meses. Ahora pasa los días de confinamiento en un comedor social, donde aprovecha para leer y ver las noticias. Lo más duro para él es no poder acceder a ninguna biblioteca y no poder ver a su novia, que está en un centro de acogida de Madrid. Aunque durante la cuarentena por el Covid-19 no hay nada que hacer, no le gusta perder el tiempo. Por eso lee constantemente, y escribe, escribe cuentos para soñar. El sueño de Salmeen es estudiar filología Inglesa en la Complutense. Mientras, duerme en una estación de tren. Espera a que ya no quede gente en los andenes con un libro entre las manos, está leyendo “La vida es sueño de Calderón”, mientras piensa en el día en que pueda abrazar de nuevo a su chica.
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Salmeen (23) es de India. Llego a España hace algo más de un año para ganarse la vida como profesor de inglés, pero se quedó en la calle hace unos meses. Ahora pasa los días de confinamiento en un comedor social, donde aprovecha para leer y ver las noticias. Lo más duro para él es no poder acceder a ninguna biblioteca y no poder ver a su novia, que está en un centro de acogida de Madrid. Aunque durante la cuarentena por el Covid-19 no hay nada que hacer, no le gusta perder el tiempo. Por eso lee constantemente, y escribe, escribe cuentos para soñar. El sueño de Salmeen es estudiar filología Inglesa en la Complutense. Mientras, duerme en una estación de tren. Espera a que ya no quede gente en los andenes con un libro entre las manos, está leyendo “La vida es sueño de Calderón”, mientras piensa en el día en que pueda abrazar de nuevo a su chica.
Los voluntarios hacen posible que muchas cosas funcionen, cuando no funciona casi nada. También en el centro de día Luz Casanova, donde siguen dando servicios básicos a personas sin hogar durante el Estado de Alarma. Y no ha sido fácil. Cuando el Covid-19 entró en escena, el centro tuvo que prescindir de sus 70 voluntarios habituales, mujeres jubiladas del barrio en su mayoría, algunas de avanzada edad. Entonces hicieron un llamamiento para reclutar nuevos voluntarios y “aparecieron personas maravillosas: universitarios, trabajadores afectados por ERTEs y otros simplemente con tiempo, que permiten que demos un servicio digno todos los días”, explica Antonio, encargado del centro. La solidaridad se abre paso incluso en las situaciones más difíciles.
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Los voluntarios hacen posible que muchas cosas funcionen, cuando no funciona casi nada. También en el centro de día Luz Casanova, donde siguen dando servicios básicos a personas sin hogar durante el Estado de Alarma. Y no ha sido fácil. Cuando el Covid-19 entró en escena, el centro tuvo que prescindir de sus 70 voluntarios habituales, mujeres jubiladas del barrio en su mayoría, algunas de avanzada edad. Entonces hicieron un llamamiento para reclutar nuevos voluntarios y “aparecieron personas maravillosas: universitarios, trabajadores afectados por ERTEs y otros simplemente con tiempo, que permiten que demos un servicio digno todos los días”, explica Antonio, encargado del centro. La solidaridad se abre paso incluso en las situaciones más difíciles.
María (49) nació en Madrid, como sus padres y sus abuelos. Es investigadora en temas de arte y educación, y trabaja en el museo Reina Sofía, ahora desde casa. Vive con sus hijas en el barrio de Lavapiés, con ellas ha establecido horarios para que sigan con sus tareas escolares y estar lo mejor posible a nivel psicológico. Y juntas han reflexionado sobre muchas cosas. “El Covid-19 nos está obligando a repensar todas las cuestiones sociales, los tiempos, y los trabajos. Hemos hecho un parón con el modelo capitalista, y eso puede estar bien, pero luego qué”, se pregunta. “Yo veo que mis hijas ahora con tres horas al día resuelven sus materias, al trabajar de forma individualizada y activa, mientras en la escuela le dedicarían ocho… Creo que es una cuestión que merece atención: ¿pasan todo ese tiempo en el colegio por un tema de aprendizaje o de custodia?".
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María (49) nació en Madrid, como sus padres y sus abuelos. Es investigadora en temas de arte y educación, y trabaja en el museo Reina Sofía, ahora desde casa. Vive con sus hijas en el barrio de Lavapiés, con ellas ha establecido horarios para que sigan con sus tareas escolares y estar lo mejor posible a nivel psicológico. Y juntas han reflexionado sobre muchas cosas. “El Covid-19 nos está obligando a repensar todas las cuestiones sociales, los tiempos, y los trabajos. Hemos hecho un parón con el modelo capitalista, y eso puede estar bien, pero luego qué”, se pregunta. “Yo veo que mis hijas ahora con tres horas al día resuelven sus materias, al trabajar de forma individualizada y activa, mientras en la escuela le dedicarían ocho… Creo que es una cuestión que merece atención: ¿pasan todo ese tiempo en el colegio por un tema de aprendizaje o de custodia?".
Ataúlfo (72) es pintor, un pintor ciego. Nació en el pueblo de Navalagamella, pero a los 7 años se trasladó con su familia a Madrid. Con 14, entró a trabajar como copista en el Museo del Prado. El copista más joven de la historia. Pero la vida quiso que una enfermedad degenerativa le arrebatara la visión a los 40 años. Sin embargo, no fue el final: comenzó a pintar de nuevo después, de otra manera, con ayuda. Ahora, la irrupción del Covid-19 se lo ha vuelto a impedir, ya que su ayudante estaba en Sevilla cuando decretaron el Estado de Alarma y no pudo volver. Pasa el confinamiento solo en su casa de Lavapiés, escuchando música. Y espera paciente poder recuperar su momento favorito del día: salir a tomar el té a la terraza marroquí de Ismael, y retomar las largas charlas de la tarde.
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Ataúlfo (72) es pintor, un pintor ciego. Nació en el pueblo de Navalagamella, pero a los 7 años se trasladó con su familia a Madrid. Con 14, entró a trabajar como copista en el Museo del Prado. El copista más joven de la historia. Pero la vida quiso que una enfermedad degenerativa le arrebatara la visión a los 40 años. Sin embargo, no fue el final: comenzó a pintar de nuevo después, de otra manera, con ayuda. Ahora, la irrupción del Covid-19 se lo ha vuelto a impedir, ya que su ayudante estaba en Sevilla cuando decretaron el Estado de Alarma y no pudo volver. Pasa el confinamiento solo en su casa de Lavapiés, escuchando música. Y espera paciente poder recuperar su momento favorito del día: salir a tomar el té a la terraza marroquí de Ismael, y retomar las largas charlas de la tarde.
¿Cómo quedarse confinado en casa cuando no tienes en casa? Esta es la realidad de muchas personas sin hogar que han visto como el Covid-19 ha trastocado aún más sus vidas, ya de por sí tremendamente duras. Algunos han conseguido plaza en el centro de día Luz Casanova, donde tienen acceso a duchas, lavandería y comida, y también pueden hablar con un psicólogo si lo necesitan.“La pandemia ha visibilizado una bolsa de pobreza que había en Madrid, de personas en situaciones precarias, pero que subsistían, y que ahora no pueden”, explica Antonio, su encargado. “Pensamos que, cuando todo pase, habrá más demanda de ayuda, no sólo de comida y vivienda, también cubrir necesidades de escucha: todos vamos a necesitar ayuda para superar nuestro encierro, la distancia social, los duelos o la pérdida de trabajo”.
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¿Cómo quedarse confinado en casa cuando no tienes en casa? Esta es la realidad de muchas personas sin hogar que han visto como el Covid-19 ha trastocado aún más sus vidas, ya de por sí tremendamente duras. Algunos han conseguido plaza en el centro de día Luz Casanova, donde tienen acceso a duchas, lavandería y comida, y también pueden hablar con un psicólogo si lo necesitan.“La pandemia ha visibilizado una bolsa de pobreza que había en Madrid, de personas en situaciones precarias, pero que subsistían, y que ahora no pueden”, explica Antonio, su encargado. “Pensamos que, cuando todo pase, habrá más demanda de ayuda, no sólo de comida y vivienda, también cubrir necesidades de escucha: todos vamos a necesitar ayuda para superar nuestro encierro, la distancia social, los duelos o la pérdida de trabajo”.
Diallo (37) es de Conakry y lleva 10 años viviendo en España. Llegar aquí fue una odisea para él: un mes de viaje, desde Guinea a Libia, pasando por Argelia y Marruecos, hasta que finalmente consiguió llegar a Granada. Dejó a su padre, su mujer y sus tres hijos cuando emprendió el viaje, y los mantenía con lo que ganaba aquí, pero hace un año que está en paro y ahora no puede. Él es jardinero, aunque la mayor parte de su vida ha trabajado en hostelería. Por eso ahora que tiene tiempo lo comparte como voluntario en la cocina del centro Luz Casanova, donde ayudan a personas sin hogar, especialmente vulnerables estos días a causa de las restricciones que ha provocado el Covid-19.
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Diallo (37) es de Conakry y lleva 10 años viviendo en España. Llegar aquí fue una odisea para él: un mes de viaje, desde Guinea a Libia, pasando por Argelia y Marruecos, hasta que finalmente consiguió llegar a Granada. Dejó a su padre, su mujer y sus tres hijos cuando emprendió el viaje, y los mantenía con lo que ganaba aquí, pero hace un año que está en paro y ahora no puede. Él es jardinero, aunque la mayor parte de su vida ha trabajado en hostelería. Por eso ahora que tiene tiempo lo comparte como voluntario en la cocina del centro Luz Casanova, donde ayudan a personas sin hogar, especialmente vulnerables estos días a causa de las restricciones que ha provocado el Covid-19.
David (29) es madrileño. Fue peón de albañil, aunque ha realizado todos los trabajos que le han surgido para salir adelante, desde pastor a vendedor de cupones. El pasado mes de agosto se quedó en paro. Su madre lo echó de casa y ahora duerme en la T4 del Aeropuerto. En realidad, en un baño de la T4, porque la mayor parte de las instalaciones están cerradas a causa del Covid-19. Es voluntario en el centro Luz Casanova, donde pasa el día junto con otras personas sin hogar. Allí están seguros y pueden comer, acciones cotidianas que no resultan sencillas para los homeless desde que se decretó el Estado de Alarma. David echa de menos a su amiga Jenifer, que vive en Navalmoral de la Mata, pero no ha perdido su optimismo ni su carácter alegre, y cuando el Covid-19 pase volverá a buscar un trabajo sin perder la sonrisa.
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David (29) es madrileño. Fue peón de albañil, aunque ha realizado todos los trabajos que le han surgido para salir adelante, desde pastor a vendedor de cupones. El pasado mes de agosto se quedó en paro. Su madre lo echó de casa y ahora duerme en la T4 del Aeropuerto. En realidad, en un baño de la T4, porque la mayor parte de las instalaciones están cerradas a causa del Covid-19. Es voluntario en el centro Luz Casanova, donde pasa el día junto con otras personas sin hogar. Allí están seguros y pueden comer, acciones cotidianas que no resultan sencillas para los homeless desde que se decretó el Estado de Alarma. David echa de menos a su amiga Jenifer, que vive en Navalmoral de la Mata, pero no ha perdido su optimismo ni su carácter alegre, y cuando el Covid-19 pase volverá a buscar un trabajo sin perder la sonrisa.
Justina (84) nació en Santo Domingo, pero lleva en España desde 1979. A los cuatro años de llegar, se casó con Atilano y con él ha compartido toda su vida. Hace dos semanas, Atilano fallecía en un hospital, de neumonía, aunque no llegaron a diagnosticarle si tenía Covid-19. Tenía 97 años. No se pudo despedir de él, ni acompañarle en sus últimos momentos. Pero se queda con el recuerdo de cuando viajaban juntos a República Dominicana y se iban a bailar, o paseaban juntos por la playa. Ahora recoge poco a poco sus cosas, porque tiene que dejar su piso del barrio de Lavapiés. Volverá a Santo Domingo, con su hija. Lleva cuatro años sin ir, y allí la espera su extensa familia: sus diez hermanos, sus sobrinos, su otra hija y sus nietos. Se reencontrarán cuando podamos volver a viajar.
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Justina (84) nació en Santo Domingo, pero lleva en España desde 1979. A los cuatro años de llegar, se casó con Atilano y con él ha compartido toda su vida. Hace dos semanas, Atilano fallecía en un hospital, de neumonía, aunque no llegaron a diagnosticarle si tenía Covid-19. Tenía 97 años. No se pudo despedir de él, ni acompañarle en sus últimos momentos. Pero se queda con el recuerdo de cuando viajaban juntos a República Dominicana y se iban a bailar, o paseaban juntos por la playa. Ahora recoge poco a poco sus cosas, porque tiene que dejar su piso del barrio de Lavapiés. Volverá a Santo Domingo, con su hija. Lleva cuatro años sin ir, y allí la espera su extensa familia: sus diez hermanos, sus sobrinos, su otra hija y sus nietos. Se reencontrarán cuando podamos volver a viajar.
Rosa (32) y Rebeca Flash (76) continúan viviendo el Estado de Alarma en Lavapiés. Hablan casi todos los días por teléfono, pero aprovechan las contadas salidas a comprar comida para tocar a la puerta y verse fugazmente las caras. Desde que salieran retratadas en Covid Photo Diaries hace unas semanas, sus vidas han cambiado poco. Rosa sigue buscando trabajo; ha recibido ya dos ofertas como interna, pero no le aseguran ni le hacen contrato, y ella necesita tener sus papeles en regla. Mientras, ayuda a sus vecinos del segundo piso, ancianos ya, a hacer la compra y se preocupa a diario de que estén bien. La solidaridad vecinal aflora en tiempos del Covid-19.
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Rosa (32) y Rebeca Flash (76) continúan viviendo el Estado de Alarma en Lavapiés. Hablan casi todos los días por teléfono, pero aprovechan las contadas salidas a comprar comida para tocar a la puerta y verse fugazmente las caras. Desde que salieran retratadas en Covid Photo Diaries hace unas semanas, sus vidas han cambiado poco. Rosa sigue buscando trabajo; ha recibido ya dos ofertas como interna, pero no le aseguran ni le hacen contrato, y ella necesita tener sus papeles en regla. Mientras, ayuda a sus vecinos del segundo piso, ancianos ya, a hacer la compra y se preocupa a diario de que estén bien. La solidaridad vecinal aflora en tiempos del Covid-19.
Xevi (31) es de Valencia y Víctor (31) de Murcia. Son arquitectos y comparten piso en el barrio de Lavapiés. Durante el confinamiento teletrabajan, Xevi en publicidad y Víctor en una empresa de diseño gráfico. “Yo estoy aprovechando para sacar tareas comerciales que durante el resto del año no haces”, apunta Xevi. Víctor trabaja incluso más que antes, para no dejar la mente en blanco, dice. Lo más duro para ellos está siendo no poder ver a la gente que quieren a causa del Covid-19, y la incertidumbre de no saber qué va a pasar. Pero apuestan por el optimismo y ya han planeado un viaje a Nueva York para el mes de agosto. “Entendemos que hay gente que no va a querer viajar este verano, pero hay que volver a la vida normal y queremos hacerlo en cuanto nos lo permitan”, asegura Víctor.
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Xevi (31) es de Valencia y Víctor (31) de Murcia. Son arquitectos y comparten piso en el barrio de Lavapiés. Durante el confinamiento teletrabajan, Xevi en publicidad y Víctor en una empresa de diseño gráfico. “Yo estoy aprovechando para sacar tareas comerciales que durante el resto del año no haces”, apunta Xevi. Víctor trabaja incluso más que antes, para no dejar la mente en blanco, dice. Lo más duro para ellos está siendo no poder ver a la gente que quieren a causa del Covid-19, y la incertidumbre de no saber qué va a pasar. Pero apuestan por el optimismo y ya han planeado un viaje a Nueva York para el mes de agosto. “Entendemos que hay gente que no va a querer viajar este verano, pero hay que volver a la vida normal y queremos hacerlo en cuanto nos lo permitan”, asegura Víctor.
Bailando sobre los tejados, al son de Joaquín Sabina, los vecinos de Lavapiés escapan del confinamiento durante unos minutos. Todos los domingos, después de los aplausos de las ocho, Gabriel saca la guitarra a su balcón de la calle del Olmo y toca un par de canciones. Los vecinos ya lo saben, y esperan a que empiece el concierto. Ayer interpretó “Pongamos que hablo de Madrid”, esa ciudad donde las niñas ya no quieren ser princesas, prefieren subir al tejado y bailar, esperando que el distanciamiento social que ha impuesto el Covid-19 acabe de una vez y la vida vuelva a inundar las calles. .
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Bailando sobre los tejados, al son de Joaquín Sabina, los vecinos de Lavapiés escapan del confinamiento durante unos minutos. Todos los domingos, después de los aplausos de las ocho, Gabriel saca la guitarra a su balcón de la calle del Olmo y toca un par de canciones. Los vecinos ya lo saben, y esperan a que empiece el concierto. Ayer interpretó “Pongamos que hablo de Madrid”, esa ciudad donde las niñas ya no quieren ser princesas, prefieren subir al tejado y bailar, esperando que el distanciamiento social que ha impuesto el Covid-19 acabe de una vez y la vida vuelva a inundar las calles. .
Besha (35) es del Congo y llegó a España en 2007, Husmann (65) es guineano y lleva 20 años en Madrid, y Steve (32) es de Camerún y llegó hace dos años. Los tres son voluntarios en distintas asociaciones y reparten comida, en el barrio de Lavapiés, a quienes la necesitan. Ya lo hacían antes de la pandemia, pero ahora más. No distinguen entre nacionalidades, no importa si son migrantes o españoles. Si no tienen comida, ellos se la dan. Besha dice que es voluntaria desde que nació, que ayudar a la gente es una vocación. “No es sólo ayudar con dinero, también dando apoyo, autoestima, lo que tú tengas”, explica. No le da miedo arriesgarse estos días a contagiarse con el Covid-19. Husmann sí reconoce tener miedo del virus, pero dice que también hay personas muriendo de hambre, y esta ayuda es necesaria. Steve coincide, “¿si todo el mundo tuviera miedo de su salud, quién iba a ayuda?
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Besha (35) es del Congo y llegó a España en 2007, Husmann (65) es guineano y lleva 20 años en Madrid, y Steve (32) es de Camerún y llegó hace dos años. Los tres son voluntarios en distintas asociaciones y reparten comida, en el barrio de Lavapiés, a quienes la necesitan. Ya lo hacían antes de la pandemia, pero ahora más. No distinguen entre nacionalidades, no importa si son migrantes o españoles. Si no tienen comida, ellos se la dan. Besha dice que es voluntaria desde que nació, que ayudar a la gente es una vocación. “No es sólo ayudar con dinero, también dando apoyo, autoestima, lo que tú tengas”, explica. No le da miedo arriesgarse estos días a contagiarse con el Covid-19. Husmann sí reconoce tener miedo del virus, pero dice que también hay personas muriendo de hambre, y esta ayuda es necesaria. Steve coincide, “¿si todo el mundo tuviera miedo de su salud, quién iba a ayuda?
Luis (35) es de Coímbra. Llegó hace año y medio a Madrid, y está viviendo en la calle. Es artista callejero: realiza decoraciones, customiza ropa e incluso trabaja en raves. Cuando no sale nada de eso, hace malabares en los semáforos para subsistir. Ha encontrado un pájaro herido y se afana en cuidarlo durante estos días raros, en los que todos estamos algo necesitados de afectos. Duerme al raso, en el barrio de Lavapiés, y en la asociación Los Dragones le dan comida a diario, ahora que es casi imposible ganarse la vida en la calle, porque apenas hay vida en las calles a causa del Covid-19.
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Luis (35) es de Coímbra. Llegó hace año y medio a Madrid, y está viviendo en la calle. Es artista callejero: realiza decoraciones, customiza ropa e incluso trabaja en raves. Cuando no sale nada de eso, hace malabares en los semáforos para subsistir. Ha encontrado un pájaro herido y se afana en cuidarlo durante estos días raros, en los que todos estamos algo necesitados de afectos. Duerme al raso, en el barrio de Lavapiés, y en la asociación Los Dragones le dan comida a diario, ahora que es casi imposible ganarse la vida en la calle, porque apenas hay vida en las calles a causa del Covid-19.
André (45) es de Rumanía. Carpintero de profesión, lleva 21 años viviendo en España. Hace unos meses le echaron de su casa por no poder pagar el alquiler, y el confinamiento le pilló viviendo en la calle. Pernocta cerca de Atocha, y por las mañanas va al comedor social que hay cerca de los Cines Ideal para poder desayunar. Hace seis años, él trabajaba como voluntario en uno de estos comedores, gestionado por Cáritas en el barrio de O’Donnell. Ironías de la vida. Se queda en silencio al preguntarle a quién echa más de menos estos días… André no tiene familia, es viudo y sus padres ya fallecieron. Ahora espera que el Covid-19 deje de paralizar nuestras vidas, para buscar de nuevo un trabajo.
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André (45) es de Rumanía. Carpintero de profesión, lleva 21 años viviendo en España. Hace unos meses le echaron de su casa por no poder pagar el alquiler, y el confinamiento le pilló viviendo en la calle. Pernocta cerca de Atocha, y por las mañanas va al comedor social que hay cerca de los Cines Ideal para poder desayunar. Hace seis años, él trabajaba como voluntario en uno de estos comedores, gestionado por Cáritas en el barrio de O’Donnell. Ironías de la vida. Se queda en silencio al preguntarle a quién echa más de menos estos días… André no tiene familia, es viudo y sus padres ya fallecieron. Ahora espera que el Covid-19 deje de paralizar nuestras vidas, para buscar de nuevo un trabajo.
Aunque las mezquitas están cerradas al culto por el Covid-19, la red de apoyo a sus feligreses no ha cesado. En el barrio de Lavapiés, 30 voluntarios de la asociación Valiente Bangla se han organizado en torno a la mezquita de la calle Provisiones para repartir alimentos entre los miembros de la comunidad que más lo necesitan. El sistema de trabajo, ahora que hay que evitar al máximo los contactos, es muy riguroso: los voluntarios preparan cestas con arroz, lentejas, aceite, huevos y otros productos básicos, y el día del reparto las van depositando a la puerta, donde acuden las personas que lo han solicitado previamente. La solidaridad se abre paso frente al distanciamiento social impuesto.
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Aunque las mezquitas están cerradas al culto por el Covid-19, la red de apoyo a sus feligreses no ha cesado. En el barrio de Lavapiés, 30 voluntarios de la asociación Valiente Bangla se han organizado en torno a la mezquita de la calle Provisiones para repartir alimentos entre los miembros de la comunidad que más lo necesitan. El sistema de trabajo, ahora que hay que evitar al máximo los contactos, es muy riguroso: los voluntarios preparan cestas con arroz, lentejas, aceite, huevos y otros productos básicos, y el día del reparto las van depositando a la puerta, donde acuden las personas que lo han solicitado previamente. La solidaridad se abre paso frente al distanciamiento social impuesto.
Raquel (45) es madrileña. Cuando era hombre trabajaba en la construcción, operando grúas y máquinas excavadoras en la empresa de su padre. Pero tuvo que dejarlo. “Cuando era gay él lo aceptaba sin problema, pero que me hiciera mujer no supo encajarlo”. Cuando dejó la obra, se hizo tabernera. Durante el confinamiento, el Covid-19 se llevó a su mejor amiga, de 46 años, y ella se hundió en una profunda depresión. “Cuando se me pasó la sensación de impotencia por no poder ir al funeral y no poder despedirme, me dio por limpiar todo. Y eso hago desde entonces”. Vive en Lavapiés con sus perros Coqui y Chispita. Y echa mucho de menos a su madre, que está en el pueblo. También a su padre, que ya ha aceptado que Raquel es una mujer, a pesar de que él le eligió el nombre de Remo cuando nació.
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Raquel (45) es madrileña. Cuando era hombre trabajaba en la construcción, operando grúas y máquinas excavadoras en la empresa de su padre. Pero tuvo que dejarlo. “Cuando era gay él lo aceptaba sin problema, pero que me hiciera mujer no supo encajarlo”. Cuando dejó la obra, se hizo tabernera. Durante el confinamiento, el Covid-19 se llevó a su mejor amiga, de 46 años, y ella se hundió en una profunda depresión. “Cuando se me pasó la sensación de impotencia por no poder ir al funeral y no poder despedirme, me dio por limpiar todo. Y eso hago desde entonces”. Vive en Lavapiés con sus perros Coqui y Chispita. Y echa mucho de menos a su madre, que está en el pueblo. También a su padre, que ya ha aceptado que Raquel es una mujer, a pesar de que él le eligió el nombre de Remo cuando nació.
Ibrahim (42) es de Gambia. Allí se ganaba la vida cosiendo ropa, pero decidió venir a España en 1995. Al principio le fue todo muy bien: conoció a una mujer de la que se enamoró y tuvieron dos hijos, pero la relación entre ellos acabó mal, y se quedó en la calle hace dos años. No ve a sus hijos desde entonces, y eso es lo que más dolor le causa, más aún que el hecho de no conseguir comida a diario. Con la movilidad restringida por el Estado de Alarma, no hay gente por las calles que le pueda dar algo para llevarse a la boca, y si su situación ya era mala, ahora es desesperada. Cada mañana va a los baños públicos de Embajadores, para poder ducharse y hacer sus necesidades (una vez al día); pero no quiere ir al espacio que el Ayuntamiento de Madrid ha habilitado en Ifema para personas sin hogar, porque tiene miedo a contagiarse de Covid-19 en un sitio con tanta gente junta. Sólo quiere un trabajo, para volver a tener un techo, y luchar por recuperar a sus hijos. Su tono de voz está cargado de dignidad y aplomo, a pesar de la situación, y también de humildad, para aceptar cualquier ayuda que le ofrezcan.
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Ibrahim (42) es de Gambia. Allí se ganaba la vida cosiendo ropa, pero decidió venir a España en 1995. Al principio le fue todo muy bien: conoció a una mujer de la que se enamoró y tuvieron dos hijos, pero la relación entre ellos acabó mal, y se quedó en la calle hace dos años. No ve a sus hijos desde entonces, y eso es lo que más dolor le causa, más aún que el hecho de no conseguir comida a diario. Con la movilidad restringida por el Estado de Alarma, no hay gente por las calles que le pueda dar algo para llevarse a la boca, y si su situación ya era mala, ahora es desesperada. Cada mañana va a los baños públicos de Embajadores, para poder ducharse y hacer sus necesidades (una vez al día); pero no quiere ir al espacio que el Ayuntamiento de Madrid ha habilitado en Ifema para personas sin hogar, porque tiene miedo a contagiarse de Covid-19 en un sitio con tanta gente junta. Sólo quiere un trabajo, para volver a tener un techo, y luchar por recuperar a sus hijos. Su tono de voz está cargado de dignidad y aplomo, a pesar de la situación, y también de humildad, para aceptar cualquier ayuda que le ofrezcan.
Palma (56) es gaditana, pero vive en Lavapiés desde hace diez años. Empresaria de profesión, se convirtió por casualidad en la tía adoptiva de los pequeños Hao jie (10) y Xin Chang (7). Los padres de estos niños tienen una tienda de alimentación junto al bar que regentaba Palma, y Hao jie aprovechaba la más mínima ocasión para plantarse allí. “Todavía ni hablaba –recuerda Palma–, pero siempre estaba en mi puerta. Hasta que un día le compré unos lápices de colores y le puse a dibujar, y ya no se despegó de mí”. Al final, Haojin y su hermano terminaron viviendo en casa de Palma, donde ahora corretean sin parar. “¡Jugamos todo el rato, comemos y saltamos!”, exclama en un perfecto español el mayor de los hermanos, que no parece echar mucho de menos el colegio, cerrado desde el pasado 11 de marzo a causa del Covid-19.
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Palma (56) es gaditana, pero vive en Lavapiés desde hace diez años. Empresaria de profesión, se convirtió por casualidad en la tía adoptiva de los pequeños Hao jie (10) y Xin Chang (7). Los padres de estos niños tienen una tienda de alimentación junto al bar que regentaba Palma, y Hao jie aprovechaba la más mínima ocasión para plantarse allí. “Todavía ni hablaba –recuerda Palma–, pero siempre estaba en mi puerta. Hasta que un día le compré unos lápices de colores y le puse a dibujar, y ya no se despegó de mí”. Al final, Haojin y su hermano terminaron viviendo en casa de Palma, donde ahora corretean sin parar. “¡Jugamos todo el rato, comemos y saltamos!”, exclama en un perfecto español el mayor de los hermanos, que no parece echar mucho de menos el colegio, cerrado desde el pasado 11 de marzo a causa del Covid-19.
Dor, Nelu y Gigi son de Rumanía. Llegaron a Madrid hace 20 años y hoy pasan el confinamiento en una chabola pegada a la M-30. A pesar de vivir en la calle, antes del Covid-19 tenían trabajos esporádicos en la construcción. Ahora sólo tienen el subsidio de Nelu, que apenas alcanza para comprar comida todo el mes. Ni siquiera pueden pedir en los semáforos, porque la policía les pidió que no salieran de casa hasta que se levantase el Estado de Alarma. “Tiene que ser así, lo entendemos, es la ley”, dicen resignados. Juegan al dominó para pasar el rato, sobre una tabla que utilizan a modo de mesa, y con el calor de una plancha de ropa preparan café. A pesar de que la ciudad está desierta y apenas circulan coches, cada vez que pasa uno retumba como si estuviera dentro de la infravivienda, hecha de tablones de madera y plásticos. Es difícil imaginar cómo era vivir ahí un día cualquiera, con la M-30 rugiendo en hora punta, antes del confinamiento.
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Dor, Nelu y Gigi son de Rumanía. Llegaron a Madrid hace 20 años y hoy pasan el confinamiento en una chabola pegada a la M-30. A pesar de vivir en la calle, antes del Covid-19 tenían trabajos esporádicos en la construcción. Ahora sólo tienen el subsidio de Nelu, que apenas alcanza para comprar comida todo el mes. Ni siquiera pueden pedir en los semáforos, porque la policía les pidió que no salieran de casa hasta que se levantase el Estado de Alarma. “Tiene que ser así, lo entendemos, es la ley”, dicen resignados. Juegan al dominó para pasar el rato, sobre una tabla que utilizan a modo de mesa, y con el calor de una plancha de ropa preparan café. A pesar de que la ciudad está desierta y apenas circulan coches, cada vez que pasa uno retumba como si estuviera dentro de la infravivienda, hecha de tablones de madera y plásticos. Es difícil imaginar cómo era vivir ahí un día cualquiera, con la M-30 rugiendo en hora punta, antes del confinamiento.
Salir a hacer la compra se ha convertido en una especie de premio estos días. Igual que pasear al perro o –quién nos lo iba a decir– sacar la basura. Acciones que antes hacíamos sin pensar, preocupados de no invertir demasiado tiempo en ellas, ahora se han convertido en hitos que marcan nuestra agenda. Los aplausos de las 20h, la bolsa de basura de las 23h, el supermercado cada cuatro días. Una forma de medir el tiempo que no se nos hubiera ocurrido ni en el escenario más distópico de cuantos se nos podían ocurrir. La vida antes y después del Covid-19.
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Salir a hacer la compra se ha convertido en una especie de premio estos días. Igual que pasear al perro o –quién nos lo iba a decir– sacar la basura. Acciones que antes hacíamos sin pensar, preocupados de no invertir demasiado tiempo en ellas, ahora se han convertido en hitos que marcan nuestra agenda. Los aplausos de las 20h, la bolsa de basura de las 23h, el supermercado cada cuatro días. Una forma de medir el tiempo que no se nos hubiera ocurrido ni en el escenario más distópico de cuantos se nos podían ocurrir. La vida antes y después del Covid-19.
Rosa (32) es de Honduras. Lleva tres años en Madrid dedicada al cuidado de personas mayores. Hace unos días, murió la anciana que cuidaba y con la que vivía en el barrio de Lavapiés, Pilar (96). Ella decidió velarla, en soledad, durante las 24 horas que tardó en llegar la funeraria (desbordada estos días por los efectos del Covid-19). Siguió las tradiciones de su país: cubriéndola con una sábana, le puso una vela y un rosario, y permaneció despierta toda la noche, rezando por ella. “Era muy buena y ahora sólo me siento triste”, reconoce, pero ya ha empezado a buscar otro empleo “porque el tiempo pasa rápido y los ahorros no dan para mucho”. No son buenos tiempos para buscar trabajo en Madrid. En ninguna parte. Pero tiene una hija en su país, Brittany (11) y tiene que seguir adelante por ella.
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Rosa (32) es de Honduras. Lleva tres años en Madrid dedicada al cuidado de personas mayores. Hace unos días, murió la anciana que cuidaba y con la que vivía en el barrio de Lavapiés, Pilar (96). Ella decidió velarla, en soledad, durante las 24 horas que tardó en llegar la funeraria (desbordada estos días por los efectos del Covid-19). Siguió las tradiciones de su país: cubriéndola con una sábana, le puso una vela y un rosario, y permaneció despierta toda la noche, rezando por ella. “Era muy buena y ahora sólo me siento triste”, reconoce, pero ya ha empezado a buscar otro empleo “porque el tiempo pasa rápido y los ahorros no dan para mucho”. No son buenos tiempos para buscar trabajo en Madrid. En ninguna parte. Pero tiene una hija en su país, Brittany (11) y tiene que seguir adelante por ella.
Yusuf (50) y Bruno (50) son de Guinea Bissau. Llegaron a Madrid hace más de veinte años, y viven en un pequeño piso okupado de Lavapiés. Yusuf era futbolista profesional, pero ahora se gana la vida tocando la guitarra en la calle. Bruno es hostelero, pero también vive de la música callejera. Ahora no pueden hacerlo, porque están respetando el confinamiento por el Covid-19, así que no perciben ningún tipo de ingreso. Les han cortado el agua también, y tienen que salir a los baños públicos cada vez que lo necesitan. Con los bares cerrados, tienen pocas opciones. Lo más duro de la cuarentena para ellos es... pasar hambre. El cansancio psicológico también va haciendo mella, y no poder comunicarse con nadie lo empeora todo. Echan de menos a la familia, a los amigos, la vida normal. Quizás no nos damos cuenta de lo afortunados que somos la mayoría. Quizás este es un buen momento para hacerlo.
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Yusuf (50) y Bruno (50) son de Guinea Bissau. Llegaron a Madrid hace más de veinte años, y viven en un pequeño piso okupado de Lavapiés. Yusuf era futbolista profesional, pero ahora se gana la vida tocando la guitarra en la calle. Bruno es hostelero, pero también vive de la música callejera. Ahora no pueden hacerlo, porque están respetando el confinamiento por el Covid-19, así que no perciben ningún tipo de ingreso. Les han cortado el agua también, y tienen que salir a los baños públicos cada vez que lo necesitan. Con los bares cerrados, tienen pocas opciones. Lo más duro de la cuarentena para ellos es... pasar hambre. El cansancio psicológico también va haciendo mella, y no poder comunicarse con nadie lo empeora todo. Echan de menos a la familia, a los amigos, la vida normal. Quizás no nos damos cuenta de lo afortunados que somos la mayoría. Quizás este es un buen momento para hacerlo.
No cuentan las horas. Desde las ocho de la mañana hasta la medianoche solo cuenta el trabajo en equipo para levantar las 7 carpas que se han instalado en el exterior del Gregorio Marañón. En ellas se podrá atender a cerca de 70 pacientes positivos en Covid-19 con síntomas leves. Los 34 efectivos del Ejercito de tierra que han trabajado durante los dos últimos días para desplegar este hospital de campaña han unido fuerzas con el personal del Gregorio Marañón y con Médicos del mundo para demostrar que juntos somos mas fuertes. Porque tenemos la suerte de vivir en un lugar en el que incluso en mitad de una pandemia siempre hay alguien cuidando de nosotros.
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No cuentan las horas. Desde las ocho de la mañana hasta la medianoche solo cuenta el trabajo en equipo para levantar las 7 carpas que se han instalado en el exterior del Gregorio Marañón. En ellas se podrá atender a cerca de 70 pacientes positivos en Covid-19 con síntomas leves. Los 34 efectivos del Ejercito de tierra que han trabajado durante los dos últimos días para desplegar este hospital de campaña han unido fuerzas con el personal del Gregorio Marañón y con Médicos del mundo para demostrar que juntos somos mas fuertes. Porque tenemos la suerte de vivir en un lugar en el que incluso en mitad de una pandemia siempre hay alguien cuidando de nosotros.
Levantar hospitales de campaña en 48 horas se ha convertido en la batalla que libra el Ejército español en estos momentos. “Nuestro fin es la victoria conjunta de todos, sumando, para vencer al Covid-19”, explica el capitán Francisco José Pérez (33), al frente de una compañía de ingenieros zapadores de Salamanca, que se afana por terminar un hospital de campaña anexo al Gregorio Marañón de Madrid con capacidad para 70 camas. Estos hombres y mujeres de uniforme cuentan con una dilatada experiencia en el despliegue de campamentos “en zona”, es decir, trabajan habitualmente en operaciones en países en conflicto. De hecho, algunos de los soldados acaban de volver de misiones en el exterior. Hoy su misión es, codo con codo con el personal sanitario, plantar cara a la pandemia.
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Levantar hospitales de campaña en 48 horas se ha convertido en la batalla que libra el Ejército español en estos momentos. “Nuestro fin es la victoria conjunta de todos, sumando, para vencer al Covid-19”, explica el capitán Francisco José Pérez (33), al frente de una compañía de ingenieros zapadores de Salamanca, que se afana por terminar un hospital de campaña anexo al Gregorio Marañón de Madrid con capacidad para 70 camas. Estos hombres y mujeres de uniforme cuentan con una dilatada experiencia en el despliegue de campamentos “en zona”, es decir, trabajan habitualmente en operaciones en países en conflicto. De hecho, algunos de los soldados acaban de volver de misiones en el exterior. Hoy su misión es, codo con codo con el personal sanitario, plantar cara a la pandemia.
Rebeca Flash (76) pasa la cuarentena acompañada por los amigos que están al otro lado del teléfono. “Tengo a mucha gente que se preocupa de mí, y yo me preocupo por ellos, por eso aunque esté sola en casa, no estoy sola mentalmente”, confiesa. Madrileña de pura cepa, ahora está jubilada, y cuenta que cuando era chico trabajaba de camarero hasta que se formó en peluquería. Pero nunca estuvo a gusto con esa vida, y decidió cambiarse de género a pesar de estar en pleno franquismo. “El dictador nos perseguía sólo por ser afeminados –recuerda–, nos llevaba a la cárcel directamente, unas cárceles horribles donde se maltrataba a los chicos de esta condición, jovencitos como yo que no habíamos hecho mal a nadie”. Le tocó vivir tiempos duros, y a estas alturas de la película no esperaba “este problemón que nos caído encima a nivel mundial” con la llegada del Covid-19. Se acuerda mucho de la gente que está muriendo, pero sigue levantando el teléfono cada vez que suena, porque el desánimo no va a ganar la pelea a esta luchadora.
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Rebeca Flash (76) pasa la cuarentena acompañada por los amigos que están al otro lado del teléfono. “Tengo a mucha gente que se preocupa de mí, y yo me preocupo por ellos, por eso aunque esté sola en casa, no estoy sola mentalmente”, confiesa. Madrileña de pura cepa, ahora está jubilada, y cuenta que cuando era chico trabajaba de camarero hasta que se formó en peluquería. Pero nunca estuvo a gusto con esa vida, y decidió cambiarse de género a pesar de estar en pleno franquismo. “El dictador nos perseguía sólo por ser afeminados –recuerda–, nos llevaba a la cárcel directamente, unas cárceles horribles donde se maltrataba a los chicos de esta condición, jovencitos como yo que no habíamos hecho mal a nadie”. Le tocó vivir tiempos duros, y a estas alturas de la película no esperaba “este problemón que nos caído encima a nivel mundial” con la llegada del Covid-19. Se acuerda mucho de la gente que está muriendo, pero sigue levantando el teléfono cada vez que suena, porque el desánimo no va a ganar la pelea a esta luchadora.
Cada tarde, al caer el sol, una parte de los balcones de Lavapiés se llena de aplausos en forma de plegarias. Son los rezos de la comunidad islámica, que desde el pasado 20 de Marzo se asoma a la calle para rendir su propio homenaje a todos los que están luchando contra el Covid-19. Este barrio es uno de los que cuenta con mas mezquitas en Madrid, un total de seis. Y desde una de estas mezquitas, la que esta situada en la calle Magdalena, se ha instado a los fieles a salir a sus balcones o ventanas en la llamada a la última oración del día, porque " las muestras de afecto y reconocimiento no tienen bandera, ni religión, ni cultura" Además proponen el hashtag #JuntosSaldremos to send strength and energy also through the networks.
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Cada tarde, al caer el sol, una parte de los balcones de Lavapiés se llena de aplausos en forma de plegarias. Son los rezos de la comunidad islámica, que desde el pasado 20 de Marzo se asoma a la calle para rendir su propio homenaje a todos los que están luchando contra el Covid-19. Este barrio es uno de los que cuenta con mas mezquitas en Madrid, un total de seis. Y desde una de estas mezquitas, la que esta situada en la calle Magdalena, se ha instado a los fieles a salir a sus balcones o ventanas en la llamada a la última oración del día, porque " las muestras de afecto y reconocimiento no tienen bandera, ni religión, ni cultura" Además proponen el hashtag #JuntosSaldremos to send strength and energy also through the networks.
Hurón llegó a casa de Helen cuando era un carrocho. Pero este labrador de 18 meses estaba destinado a ser perro guía de la ONCE, y por eso tuvo que dejar su hogar en Lavapiés para comenzar la formación hace unos meses. Helen (54) de origen británico y madrileña de adopción, pensaba, que su familia no lo volvería a ver, pero el entrenador de Hurón ha tenido que dejar de trabajar por ser paciente de riesgo ante el Covid-19, y el perro se ha quedado sin su cuidador de la noche a la mañana. Por eso, cuando la llamaron para proponerle que lo acogiera de nuevo, hasta que la situación volviera a la normalidad, ella dijo que sí. El regreso de Hurón ha alegrado la cuarentena a toda la familia, pero sobre todo ha subido la moral a Helen, preocupada ahora por la economía familiar, ya que es autónoma y ha tenido que parar su actividad. A pesar de todo, se siente afortunada por vivir en una casa espaciosa y con terraza, que comparte de nuevo con este amigo de cuatro patas.
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Hurón llegó a casa de Helen cuando era un carrocho. Pero este labrador de 18 meses estaba destinado a ser perro guía de la ONCE, y por eso tuvo que dejar su hogar en Lavapiés para comenzar la formación hace unos meses. Helen (54) de origen británico y madrileña de adopción, pensaba, que su familia no lo volvería a ver, pero el entrenador de Hurón ha tenido que dejar de trabajar por ser paciente de riesgo ante el Covid-19, y el perro se ha quedado sin su cuidador de la noche a la mañana. Por eso, cuando la llamaron para proponerle que lo acogiera de nuevo, hasta que la situación volviera a la normalidad, ella dijo que sí. El regreso de Hurón ha alegrado la cuarentena a toda la familia, pero sobre todo ha subido la moral a Helen, preocupada ahora por la economía familiar, ya que es autónoma y ha tenido que parar su actividad. A pesar de todo, se siente afortunada por vivir en una casa espaciosa y con terraza, que comparte de nuevo con este amigo de cuatro patas.
Yusuf Alí (34) es de Bangladesh, llegó a Madrid en 2008 y junto a su mujer regenta una pizzería en Lavapiés, que permanece cerrada desde el 13 de marzo. En doce años aquí, sólo se había tomado vacaciones tres veces, pero lejos de estar disfrutando de este descanso forzoso que ha traído el Covid-19, se siente tremendamente triste por el alcance global de la pandemia. Tres de sus hermanos, sus cuñados, y varios tíos y primos también viven Madrid… En total, casi cuarenta miembros de su familia, a los que tampoco ve para respetar el confinamiento. El teléfono se ha convertido en su único medio de contacto; y la responsabilidad de salir de casa lo menos posible, en su esperanza de volver pronto a la normalidad. Por eso aprovecha su balcón para que un tendero cercano le lance la compra siempre que puede. Porque, ahora, lo mejor que se puede hacer es no hacer nada.
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Yusuf Alí (34) es de Bangladesh, llegó a Madrid en 2008 y junto a su mujer regenta una pizzería en Lavapiés, que permanece cerrada desde el 13 de marzo. En doce años aquí, sólo se había tomado vacaciones tres veces, pero lejos de estar disfrutando de este descanso forzoso que ha traído el Covid-19, se siente tremendamente triste por el alcance global de la pandemia. Tres de sus hermanos, sus cuñados, y varios tíos y primos también viven Madrid… En total, casi cuarenta miembros de su familia, a los que tampoco ve para respetar el confinamiento. El teléfono se ha convertido en su único medio de contacto; y la responsabilidad de salir de casa lo menos posible, en su esperanza de volver pronto a la normalidad. Por eso aprovecha su balcón para que un tendero cercano le lance la compra siempre que puede. Porque, ahora, lo mejor que se puede hacer es no hacer nada.
Lidia (57) es de León, pero vino a Madrid con 14 años y aquí ha formado su familia. Es ama de casa, y estos días desinfecta todo constantemente con lejía, porque son cinco personas confinadas y le preocupa que alguno de ellos se pueda contagiar por Covid-19. Durante la cuarentena, le realiza las curas a su madre Elidia (92), que tiene la piel muy delicada y padece de rozaduras. Antes venía una enfermera para hacerlo, pero Lidia pensó que el personal sanitario haría más falta en hospitales o domicilios donde atienden a los afectados por el coronavirus, y decidió encargarse de estas curas ella misma. Es su granito de arena, que junto con el de otras muchas personas solidarias, ha levantado una montaña de esperanza para plantarle cara a la pandemia.
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Lidia (57) es de León, pero vino a Madrid con 14 años y aquí ha formado su familia. Es ama de casa, y estos días desinfecta todo constantemente con lejía, porque son cinco personas confinadas y le preocupa que alguno de ellos se pueda contagiar por Covid-19. Durante la cuarentena, le realiza las curas a su madre Elidia (92), que tiene la piel muy delicada y padece de rozaduras. Antes venía una enfermera para hacerlo, pero Lidia pensó que el personal sanitario haría más falta en hospitales o domicilios donde atienden a los afectados por el coronavirus, y decidió encargarse de estas curas ella misma. Es su granito de arena, que junto con el de otras muchas personas solidarias, ha levantado una montaña de esperanza para plantarle cara a la pandemia.
El mundo ha parado con la llegada del Covid-19, pero no para todos. Algunas personas están dando el 200% durante estos días para que nuestra vida sea mas llevadera, para que recibamos atención sanitaria en caso de necesitarla, para que estemos informados, para que nos sintamos seguros, para que haya comida en los mercados, para que nuestras calles sigan limpias, a pesar de que no transite casi nadie por ellas. Y también para que recibamos en la puerta de nuestro hogar ese paquete que estábamos esperando. Puede que esos repartidores, que hacen que siga funcionando todocuando no funciona casi nada,pasen desapercibidos un día cualquiera. Pero no hoy. Hoy son parte de ese equipo de super héroes que nos cuida, aunque a veces arriesguen su propia salud, y nos dan fuerza cuando el ánimo flaquea. Gracias de corazón.
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El mundo ha parado con la llegada del Covid-19, pero no para todos. Algunas personas están dando el 200% durante estos días para que nuestra vida sea mas llevadera, para que recibamos atención sanitaria en caso de necesitarla, para que estemos informados, para que nos sintamos seguros, para que haya comida en los mercados, para que nuestras calles sigan limpias, a pesar de que no transite casi nadie por ellas. Y también para que recibamos en la puerta de nuestro hogar ese paquete que estábamos esperando. Puede que esos repartidores, que hacen que siga funcionando todocuando no funciona casi nada,pasen desapercibidos un día cualquiera. Pero no hoy. Hoy son parte de ese equipo de super héroes que nos cuida, aunque a veces arriesguen su propia salud, y nos dan fuerza cuando el ánimo flaquea. Gracias de corazón.
“Hola vecinos, somos Verónica y Jaime, del bajo izquierda. Si necesitas algo… comida, compra, farmacia, hablar… no dudes en llamarnos, estamos en casa. Un abrazo. Ánimo”. Así rezaba la nota que esta pareja colocó en su edificio de Lavapiés el primer día de confinamiento. Vesu (36), así la llama todo el mundo, es madrileña y está opositando para profesora; Jaime (39) es de origen vasco y dirige un coworking. Él siempre está de buen humor, teletrabaja y le gusta pintar para desconectar; a ella le está costando más habituarse a esta nueva situación, y pasa los días dibujando y leyendo. Les genera un poco de angustia que haya gente que lo esté pasando mal, y echan de menos a sus familias, pero le ponen energía positiva a la vida a ritmo de guitarra y saxofón. En este mosaico de balcones en que se ha convertido la ciudad, a causa del Covid-19, podemos encontrar desde buenos conversadores hasta artistas de lo más variopinto, pero sobre todo, buena gente.⁠
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“Hola vecinos, somos Verónica y Jaime, del bajo izquierda. Si necesitas algo… comida, compra, farmacia, hablar… no dudes en llamarnos, estamos en casa. Un abrazo. Ánimo”. Así rezaba la nota que esta pareja colocó en su edificio de Lavapiés el primer día de confinamiento. Vesu (36), así la llama todo el mundo, es madrileña y está opositando para profesora; Jaime (39) es de origen vasco y dirige un coworking. Él siempre está de buen humor, teletrabaja y le gusta pintar para desconectar; a ella le está costando más habituarse a esta nueva situación, y pasa los días dibujando y leyendo. Les genera un poco de angustia que haya gente que lo esté pasando mal, y echan de menos a sus familias, pero le ponen energía positiva a la vida a ritmo de guitarra y saxofón. En este mosaico de balcones en que se ha convertido la ciudad, a causa del Covid-19, podemos encontrar desde buenos conversadores hasta artistas de lo más variopinto, pero sobre todo, buena gente.⁠
Martiniano (70) nació en Cáceres; pero lleva viviendo en la misma casa de Lavapiés desde 1969; así que es posible que no exagere cuando asegura que es “muy conocido en el barrio”. Fontanero de profesión; ahora jubilado; pasa el confinamiento junto a su mujer; su madre; su suegra y su hijo pequeño. Pueden parecer muchos para estar encerrados en un piso; sin embargo; le gustaría que su hijo mayor también estuviera ahí; en lugar de al otro lado del teléfono.Deben tomar más precauciones que la mayoría de sus vecinos; porque su esposa bajó a ayudar a uno de ellos; precipitadamente y sin protección; cuando enfermó hace unos días; . Así que ahora todos llevan mascarilla dentro de casa. Y aunque se le hace duro no poder salir a la calle; sale al balcón para seguir viendo esos rostros conocidos. Superaremos el Covid-19; pero ojalá que esos balcones maravillosos que hemos abierto no los cerremos nunca.
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Martiniano (70) nació en Cáceres; pero lleva viviendo en la misma casa de Lavapiés desde 1969; así que es posible que no exagere cuando asegura que es “muy conocido en el barrio”. Fontanero de profesión; ahora jubilado; pasa el confinamiento junto a su mujer; su madre; su suegra y su hijo pequeño. Pueden parecer muchos para estar encerrados en un piso; sin embargo; le gustaría que su hijo mayor también estuviera ahí; en lugar de al otro lado del teléfono.Deben tomar más precauciones que la mayoría de sus vecinos; porque su esposa bajó a ayudar a uno de ellos; precipitadamente y sin protección; cuando enfermó hace unos días; . Así que ahora todos llevan mascarilla dentro de casa. Y aunque se le hace duro no poder salir a la calle; sale al balcón para seguir viendo esos rostros conocidos. Superaremos el Covid-19; pero ojalá que esos balcones maravillosos que hemos abierto no los cerremos nunca.
La calle del Calvario, en el madrileño barrio de Lavapiés, parece hacerse más cuesta arriba estos días. El silencio que se oye es atronador, solo interrumpido par algún recado hasta la farmacia o a los contedores de reciclaje. Un silencio húmedo, un silencio inesperado. Un silencio aterrador, como el que muchos están sintiendo ahora ante la posibilidad de conagiarse de un virus que no sabíamos que existía...Pero que no se nos olvide que después de la tormenta siempre, siempre llega la calma.
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La calle del Calvario, en el madrileño barrio de Lavapiés, parece hacerse más cuesta arriba estos días. El silencio que se oye es atronador, solo interrumpido par algún recado hasta la farmacia o a los contedores de reciclaje. Un silencio húmedo, un silencio inesperado. Un silencio aterrador, como el que muchos están sintiendo ahora ante la posibilidad de conagiarse de un virus que no sabíamos que existía...Pero que no se nos olvide que después de la tormenta siempre, siempre llega la calma.
Mario (32) es de Guadalajara, pero lleva desde 2005 viviendo en Madrid. Estudió arquitectura, y trabaja en una agencia de comunicación que se dedica a organizar eventos. Una semana antes de que se decretara el confinamiento por el Covid-19, en su empresa les mandaron a casa a teletrabajar, y desde entonces ocupa las horas preparando cosas para el futuro. No siente ese "fear missing out" tan propio de su generación, el miedo a perderse algún plan, porque sabe que fuera de nuestras casas no hay ningún plan ahora. Y aunque lo más duro para él es no saber cuándo acabará esto, se siente contento por haber descubierto una forma nueva de relacionarse con sus vecinos, desde los balcones. Por eso se pregunta si de verdad hace falta que venga una pandemia para descubrir a las personas maravillosas que tenemos a nuestro alrededor.
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Mario (32) es de Guadalajara, pero lleva desde 2005 viviendo en Madrid. Estudió arquitectura, y trabaja en una agencia de comunicación que se dedica a organizar eventos. Una semana antes de que se decretara el confinamiento por el Covid-19, en su empresa les mandaron a casa a teletrabajar, y desde entonces ocupa las horas preparando cosas para el futuro. No siente ese "fear missing out" tan propio de su generación, el miedo a perderse algún plan, porque sabe que fuera de nuestras casas no hay ningún plan ahora. Y aunque lo más duro para él es no saber cuándo acabará esto, se siente contento por haber descubierto una forma nueva de relacionarse con sus vecinos, desde los balcones. Por eso se pregunta si de verdad hace falta que venga una pandemia para descubrir a las personas maravillosas que tenemos a nuestro alrededor.
María Luisa (83) y Ramón (83) estaban destinados a pasar la vida juntos. Los dos nacieron casi al a la vez, en el mismo bloque donde siguen viviendo hoy. A ella la parieron en el sótano para esquivar las bombas que caian en Madrid en 1937, en plena guerra civil.En este edificio cercano al congreso, crecieron ambos. Ella se enamoró de un artista, se casó y tuvo 4 hijos. Ramón estuvo enamorado de Maria Luisa toda su vida y cuando enviudaron, el reencuentro fue inevitable."Me enrollé con el hace 17 años"explica María Luisa con las mismas palabras que usaría una adolescente.Dicen que no llevan mal esta situación de confinamiento, que hay que conformarse, y que si alguien se aburrees porque tiene pocas perspectivas culturalesy no se les ocurre ponerse a leer o escuchar música.Ellos lo hacen a diario y viendo sus sonrisas parece ser un buen remedio contra la tristeza que causa el Covid-19.
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María Luisa (83) y Ramón (83) estaban destinados a pasar la vida juntos. Los dos nacieron casi al a la vez, en el mismo bloque donde siguen viviendo hoy. A ella la parieron en el sótano para esquivar las bombas que caian en Madrid en 1937, en plena guerra civil.En este edificio cercano al congreso, crecieron ambos. Ella se enamoró de un artista, se casó y tuvo 4 hijos. Ramón estuvo enamorado de Maria Luisa toda su vida y cuando enviudaron, el reencuentro fue inevitable."Me enrollé con el hace 17 años"explica María Luisa con las mismas palabras que usaría una adolescente.Dicen que no llevan mal esta situación de confinamiento, que hay que conformarse, y que si alguien se aburrees porque tiene pocas perspectivas culturalesy no se les ocurre ponerse a leer o escuchar música.Ellos lo hacen a diario y viendo sus sonrisas parece ser un buen remedio contra la tristeza que causa el Covid-19.
Susana (47) es madrileña “de pura cepa”. Estaba trabajando en una oficina de cambio de divisa cuando decretaron el Estado de Alarma. Limpiar la casa y hacer mucho ejercicio, como buena ex monitora de fitness, es lo que ocupa sus días ahora. Le agobia ver que este virus parece imparable, y sueña con despertarse un día por la mañana y gritar “ se ha acabado”. De voz enérgica y actitud decidida, el confinamiento se le hace especialmente duro. Echa de menos a su madre, a pesar de ser una mujer muy independiente. Hoy ha salido a su balcón a aplaudir, como cada día para sentir que juntos podemos vencer al Covid-19.
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Susana (47) es madrileña “de pura cepa”. Estaba trabajando en una oficina de cambio de divisa cuando decretaron el Estado de Alarma. Limpiar la casa y hacer mucho ejercicio, como buena ex monitora de fitness, es lo que ocupa sus días ahora. Le agobia ver que este virus parece imparable, y sueña con despertarse un día por la mañana y gritar “ se ha acabado”. De voz enérgica y actitud decidida, el confinamiento se le hace especialmente duro. Echa de menos a su madre, a pesar de ser una mujer muy independiente. Hoy ha salido a su balcón a aplaudir, como cada día para sentir que juntos podemos vencer al Covid-19.
Laura (40) nació en Oviedo y María (46) en Santander. Comparten piso en el corazón de Madrid. Y comparten también el mismo sentido de la vida: ambas son actrices, aunque María lo compagina con otro oficio para soñadores, el de librera. Laura pasa los días haciendo yoga y meditación; lee y escribe una obra de teatro y un monólogo, sin descuidar sus castings, para cuando pase la cuarentena. María ha trasladado su vida social a las redes, ahora que no puede abrazar a sus amigos. Echa de menos a sus compañeras de trabajo. Laura en cambio no ha notado una diferencia tan grande en su rutina diaria, porque lleva un año desempleada, pasando mucho tiempo en casa y haciendo cosas ella sola, las mismas que hace estos días, pero ahora en compañía de María… No iba a ser todo malo en tiempos del Covid-19.
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Laura (40) nació en Oviedo y María (46) en Santander. Comparten piso en el corazón de Madrid. Y comparten también el mismo sentido de la vida: ambas son actrices, aunque María lo compagina con otro oficio para soñadores, el de librera. Laura pasa los días haciendo yoga y meditación; lee y escribe una obra de teatro y un monólogo, sin descuidar sus castings, para cuando pase la cuarentena. María ha trasladado su vida social a las redes, ahora que no puede abrazar a sus amigos. Echa de menos a sus compañeras de trabajo. Laura en cambio no ha notado una diferencia tan grande en su rutina diaria, porque lleva un año desempleada, pasando mucho tiempo en casa y haciendo cosas ella sola, las mismas que hace estos días, pero ahora en compañía de María… No iba a ser todo malo en tiempos del Covid-19.
Antes de que nos tomáramos en serio el alcance de la epidemia de coronavirus en España, usar mascarilla por la calle parecía una moda banal y pasajera que incluso podíamos combinar con el estampado de la camisa. Solo unos días después se decretó el estado de alarma, el cierre de comercios y se restringió la libre circulación de personas en las calles. Un trozo de tela por muy estampada que fuese no podía detener al Covid-19.
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Antes de que nos tomáramos en serio el alcance de la epidemia de coronavirus en España, usar mascarilla por la calle parecía una moda banal y pasajera que incluso podíamos combinar con el estampado de la camisa. Solo unos días después se decretó el estado de alarma, el cierre de comercios y se restringió la libre circulación de personas en las calles. Un trozo de tela por muy estampada que fuese no podía detener al Covid-19.


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